Pesadillas
28 de Dunoctis, 22 años tras la Anunciación de la llamada "Profecía del Mal"
El vértigo por la caída le afectó como si fuera algo
más que una observadora. La oscuridad lo devoró todo: luz, olores y la celda a
sus pies.
―No. Por favor, no ―suplicó sin voz, pues
sabía lo que le esperaba.
Arrastrada a un vacío sin fin, su cuerpo
quedó suspendido en la oscura nada. La idea de volar o caer la aterrorizaba por
igual. Quería regresar a la apática penumbra del otro sueño, pero su tiempo
había pasado y el rutinario vacío la había reclamado. Desesperada, se aferró al
último hilo de serenidad que aún rozaba sus dedos y buscó la fuente de sus
miedos. Si los veía venir, tal vez podría soportarlos.
Sus oídos le pitaban por el silencio, pues
ni siquiera escuchaba sus propios jadeos. La voz no aparecía y con creciente
ansiedad, se preguntó por qué. ¿Tendría hoy piedad? ¿Se habría aburrido de
ella?
Supo que así era cuando las garras se
cernieron sobre su cuerpo, hoy sin previo aviso, imposibles de eludir a pesar
de su guardia. Se clavaron en sus piernas y la hundieron hacia arriba o hacia
abajo, no lo sabía. Su filo lo único blanco entre la oscuridad.
Gritó como hacía todas las noches y, en
algún momento, el frío dio paso a la calidez de sus lágrimas.
Poco a poco notó que había luz sobre ella.
Era una mañana de invierno, logró recordar, pero aquella débil claridad se
sintió como un bendito sol de verano. Se cerró sobre sí misma, abrazándose
mientras su respiración se normalizaba.
―Solo ha sido un sueño. No hay nada que
temer. Estoy a salvo.
Repitió aquel mantra varias veces,
luchando por centrarse en la realidad. En algún momento, captó un familiar
movimiento en sus pies y lo siguió para olvidar los pinchazos del pecho. Blumy
entró en su campo de visión, dándole los buenos días con un gruñido. ¿Le habría
dado una patada durmiendo? Por la actitud del comepesadillas parecía que
sí.
―Te lo mereces por no haber cumplido tu
trabajo.
Evidentemente, el animalillo no entendió
sus palabras, pero sí pareció advertir las lágrimas de sus mejillas y se
acurrucó a su lado, sus orejillas y pelo azul haciéndole cosquillas. Por unos
segundos dejó la mente en blanco, reconfortada por la seguridad de su casa y el
ronroneo de su compañero. Entonces, llamaron a la puerta.
―¡Claire! ¿Estás ahí? Blake y yo te
estábamos esperando, ¿estás bien?
¿Se había hecho tarde? Buscó el reloj con
la mirada y comprobó que era casi mediodía.
―¡Estoy aquí! ―contestó―. Puedes pasar.
Tanto ella como Blumy escucharon el sonido
de las llaves en la puerta, y este último saltó de la cama para dar la
bienvenida a la recién llegada. Ángela entró poco después en la habitación con
el comepesadillas en brazos. Había empezado a gimotear, el muy canalla.
―¿Qué le has hecho a Blumy? ―preguntó
Ángela, señalándolo.
―Puede que le haya dado una patada.
―¡¿Qué?! ¿Por qué? Blake te lo prestó para
ver si te ayudaba a dormir mejor, no para usarlo como saco de arena.
―Pues parece que prefiere comerse las hortensias
a mis sueños.
Ángela le dedicó una mirada de
preocupación con sus ojos oscuros. Dejó a Blumy en el suelo y se sentó a su
lado en la cama.
―¿Te encuentras bien? ―Claire se encogió
de hombros―. Si necesitas descansar o estar a solas podemos quedar otro
día.
Claire le devolvió la mirada a su amiga.
No se había quitado su abrigo, y este tenía manchas de humedad allá donde la
nieve se había posado. Su pelo estaba perfecto, con el flequillo rubio recto y
la melena protegida por la capucha que se había bajado al entrar. Bajo las
pecas de sus mejillas había una sonrisa tranquilizadora que resultó efectiva.
Sabía que no le preguntaría por sus sueños, pues era un tema que consideraba de
mal agüero, pero su presencia bastaba para reconfortarla. Incluso su pequeña
cabaña parecía más acogedora con su visita.
―No, me vendrá bien hablar con Blake del
tema ―contestó, al final. Al contrario que Ángela, su otro amigo siempre
mostraba fascinación por su agenda onírica.
―¡Si quieres puedo traerlo a casa y pasar
el día aquí! ―insistió ella―. ¡Si necesitas descansar, claro!
―No, me vendrá bien estirar las piernas…
―Cortó sus palabras al ver la expresión de Ángela, el temblor medido en su
sonrisa―. Un momento, tú eres la que no quiere ir al bosque, ¿verdad?
―¡Exacto! ¡Y no sé cómo queréis ir
vosotros dos! ―saltó ella―. ¿Sabes el frío que hace fuera? Hoy es día de estar
en casa tomando un chocolate o yendo a ver la última colección de invierno…
―Ya hicimos eso la última vez.
―¡Es igual! No es justo que tengamos que
hacer de recaderos para la botica.
―Los padres de Blake no pueden ir porque
están ocupados atendiendo a los enfermos ―siguió Claire, con calma―. Además,
ahora que es invierno ni él ni yo no tenemos trabajo en el campo. Nos viene
bien el dinero… ―Ángela iba a reprochar, pero Claire se adelantó―. Y se lo debo
tras todo lo que han hecho por mí.
«Especialmente por eso último» pensó, pero
no hizo falta decirlo. Ambas lo sabían.
―Está bien, está bien ―accedió Ángela,
levantándose de la cama. Claire la imitó―. Asegúrate de abrigarte bien, de
verdad que hace frío.
Claire aceptó el consejo y, tras recoger
la ropa de su cómoda, pasó al baño a asearse. Ángela la esperó en la
cocina-salita, pues la pequeña cabaña donde vivía no tenía mucho más espacio.
Al menos contaba con aseo, agua caliente y una chimenea que le permitía
soportar el frío invierno de Máline.
Aun así, optó por el agua fresca para
lavarse la cara y desterrar el cansancio de su rostro, lo que no bastó para
borrar las oscuras sombras bajo sus ojos. Entre las ojeras y su palidez
natural, aquellos iris claros llamaban demasiado la atención. Suspiró, pues
poco podía hacer mientras sus pesadillas siguieran empeorando. Solo le quedaba
acostumbrarse a su imagen cansada y ausente, e ignorar miradas curiosas.
Tampoco es que le importara demasiado su
aspecto de todos modos. Ella misma se cortaba el pelo priorizando la comodidad
a la estética, con el flequillo a un lado y el largo por los hombros. Tanto su
jersey como pantalones eran oscuros y mullidos, escogidos por su movilidad y
resistencia al frío. Ángela se preocupaba más por sus pintas que ella misma,
protestando al verla salir sin peinar y sacando un cepillo del bolso para
arreglarle el cabello.
Tras ponerse chaqueta y capa, se detuvo un
momento ante el colgador de la puerta y acabó escogiendo su bufanda azul.
Ángela puso los ojos en blanco. Según ella, le quedaba mejor la morada, pero se
acercó a colocársela bien refunfuñando con cariño.
Abrió la puerta de la cabaña y las
campanadas del mediodía anunciaron su partida. Marcharon hacia el pueblo, la
fuente de aquel sonido, y el camino de tierra húmeda y nieve pronto se cubrió
de adoquines igual de resbaladizos. Los oscuros árboles de las afueras, bien
conocidos por Claire, dieron paso a figuras igual de altas de hierro. Todavía
no habían apagado las llamas de las farolas, probablemente por las nubes que
cubrían el cielo.
Claire hizo una mueca y desvió la mirada
hacia el frente, haciendo que Ángela le estrujara el brazo en un gesto
comprensivo. Los escasos hogares de las afueras, construidos en madera y
piedra, actuaban más como almacén de cosechas que para alojar personas. La
mayoría de malinenses prefería convivir más allá del puente que dividía los
campos del pavimento. Era allí donde les esperaba Blake, sentado en el banco
habitual y devorando con ganas uno de los bocatas que llenaban su
mochila.
―¡Ey! ¿Qué estás haciendo? ―le gritó
Ángela, corriendo los últimos metros que les separaban―. Eso era para la
comida, ¡y ni siquiera nos has esperado!
―¡Ja! ¡No te preocupes! Sabía que me daría
hambre a mediodía así que preparé un bocadillito extra ―dijo Blake, agitando el
pan a medio comer. Los ojillos de Blumy siguieron el almuerzo con la mirada y
obedeció cuando Blake lo llamó a su regazo―. Además, es apto para Blumy.
Dejó el trozo de pan con el comepesadillas
y se levantó para recibir a Ángela quien, a pesar de poner los ojos en blanco,
aceptó el abrazo que les dio a ambas. Claire también respondió a su estrujón y,
al separarse, Blake le revolvió el pelo en un gesto cariñoso.
―¿Cómo está nuestra sonámbula favorita?
―Necesitando un café ―respondió Claire de
inmediato.
―Perfecto, porque el bocata no me ha
bastado para entrar en calor, así que podríamos pasar por el bar a tomar algo
y… ―se giró hacia Ángela, teatralmente― de mientras, cierta personita puede
curiosear la tienda de enfrente.
A pesar de la radiante sonrisa de Blake,
Ángela le respondió con un tirón de orejas.
―No conseguirás comprarme con esas, mozo.
―¡Ay! ¿Ni siquiera un poquito? Muérdago
es tu tienda favorita, ¿no?
―Porque es la única. Y tampoco compensa la
tarde que nos espera entre tierra y nieve ―refunfuñó ella, aunque no tardó en
quitarle importancia al asunto con un gesto—. Pero agradezco tu intento de
soborno.
Tras dejar que Blumy se acomodara en su
capucha, Blake encabezó la marcha hacia el pueblo. Los hogares alcanzaban hasta
dos pisos en el casco urbano, sin perder la modesta esencia de piedra y madera
que compartían con las casas y almacenes externos. De muchas viviendas colgaban
enredaderas y hierbas perennes que se mecían esperando florecer en primavera.
La nieve se acumulaba al borde de las aceras, derritiéndose y ensuciándose con
el paso de los transeúntes y algún que otro carro tirado por caballos u otros
animales de carga.
Con el frío, los pasos ajenos al grupo
eran escasos, pues la mayoría de gente se concentraba bajo el bullicio del
mercadito o preparando la comida en sus respectivos hogares. Los cazadores
hacía tiempo que habían marchado a por las piezas del día, y los que regresaban
de las rondas nocturnas se reunían con campesinos y ociosos en el bar del
pueblo.
Blake y Claire se despidieron de Ángela y
ocuparon la mesa habitual, en un rinconcito que los alejaba del barullo del
mediodía. La mesera los saludó desde la distancia y comenzó a preparar sus
bebidas sin que se las pidieran, de la costumbre ya conocía sus gustos. Algunos
campesinos saludaron a los jóvenes, pues se conocían de trabajar juntos en las
cosechas, pero dejaron que ambos amigos pudieran charlar tranquilamente.
―Otra pesadilla, ¿no?
Y entre el sonido de tazas y cotilleos
podían hablar sin ser escuchados. Tratar sus sueños y pesadillas era una tarea
desagradable para Claire, pero necesaria por su extraña naturaleza. Su recelo
le impedía compartirlos con alguien más que sus amigos y, de ellos, solo Blake
parecía capaz de escucharla. Aunque Ángela lo había intentado, su incomodidad
ante el tema le impedía ayudarla. Claire no la culpaba por
ello.
Asintió y Blake colocó a Blumy sobre su
regazo para quitarse la chaqueta, húmeda por la nieve. Tenía las orejas,
puntiagudas y ligeramente alargadas, enrojecidas por el frío como sus mejillas.
De cada una de estas nacían dos marcas atigradas que se extendían hacia su
mandíbula, verdes y ligeramente rugosas al tacto. Blake no era un humano como
Ángela, pues solo su madre lo era. Su padre, al igual que otros residentes de
Máline, era de raza elvan, diferenciándose de los humanos por su porte delgado,
orejas características y las marcas verdosas que siempre se heredaban a su
descendencia. También tenían costumbre de dejarse el pelo largo, costumbre que
Blake no siguió, su pelo castaño claro corto gracias a Ángela.
Tampoco había heredado la complexión
delgada de su padre, pareciéndose más a la de su madre e incluso la propia
Claire: ambos eran de hombros anchos, con facilidad para ganar músculo en las
épocas de trabajo en el campo. Sus ojos, que en elvan siempre eran claros,
lucían casi tan oscuros como los de Ángela, con unas ligeras vetas verdes
salpicando su iris. A Claire siempre le había gustado pensar que tenían el
color del bosque.
―Ha sido una noche completa. Los dos tipos
de sueños, ambos bastante vívidos. ―Tragó saliva y, por un momento, sintió que
esta se atascaba en su garganta―. Aún puedo sentir las garras arrastrándome al
vacío… Preferiría no hablar de ese. De todos modos, la voz no dijo
nada.
―¿De verdad estás bien? ―Claire asintió y
Blake se relajó―. ¿Y el otro sueño?
―La chica se marchó.
―¿Cómo?
Claire frunció el ceño, intentando
recordar los detalles perdidos entre la duermevela y el vacío de sus
pesadillas. Descubrió que no le costó recuperar fragmentos de aquella escena.
―Recuerdo una despedida o, al menos,
pedazos de ella. Las dos voces de siempre se daban un adiós. Creo que eso era
lo que llevaban preparando todo este tiempo. ―Blake asintió, animándola a
continuar―. El chico abrió una puerta de luz que no llegaba a brillar y sus
siluetas se reflejaron en ella. El niño gris y…
―La chica de pelo violeta. ¿Pudiste
distinguir algo más de ellos?
―De ella… Carine, no mucho. Está bastante
delgada y tiene la piel morena, creo. Me cuesta verlo en la oscuridad del
sueño.
―Por el pelo debe ser humana con
ascendencia multiaris ―murmuró Blake, para sí. No obstante, ante la mirada
inquisitiva de Claire, negó con la cabeza para que continuara su historia.
―El niño sigue igual. Todo su cuerpo es
gris y tiene la boca tapada por vendas. A pesar de ver directamente su reflejo,
su imagen estaba distorsionada, como si se fundiera entre las sombras del
sueño.
―Pero su voz…
―Siempre es la más nítida de los dos
―terminó por él y se dejó apoyar en el respaldo de la silla. De pronto, algo
más acudió a su cabeza, el preludio a la pesadilla de siempre―. Escuché su voz
incluso cuando la apagada luz de la grieta engulló a la chica y él cayó al
suelo. Decía esperar volver a verla… Luego el olor a magia lo engulló
todo.
Blake extendió la mano hacia la suya, un
gesto de consuelo que fue interrumpido por la llegada del camarero con las
bebidas. Blake le dio las gracias y parpadeó en asentimiento a Claire, que le
restó importancia a su último comentario.
«Era una magia distinta ―se obligó a
pensar, a pesar de sus inquietudes―, el olor y la presencia eran diferentes a
lo que suelo ver por Máline y, sin embargo, siento que me es familiar…».
Sorbió el café y dejó que el sabor
caliente y amargo despejara su cabeza y nariz, centrándose en el presente. Al
bajar la taza, notó que Blake había dejado de mirarla para prestar atención a
la conversación en la barra, e hizo lo propio.
―…creemos que los restos pertenecían a un
grupo de lagatevas, pero la cantidad hallada no explica toda la sangre que
había en el claro, y más considerando que la nieve y lluvia de anoche habrían
limpiado la tierra… ―Claire miró a Blake, sorprendida, y él asintió
compartiendo su asombro. Reconoció a la interlocutora como una de las cazadoras
del pueblo. En ocasiones había visto a su grupo en el bar―. Me preocupa pensar
qué podría haber dejado a los animales en tal estado.
―¿Seguro que eran lagatevas? ―preguntó
otro cazador, perteneciente al grupo nocturno―. Los cerdos brumosos están
intranquilos últimamente, podrían ser presa fácil para una jauría de lupicanes
bien organizados.
―No, los pocos restos que quedaban eran
demasiado pequeños para pertenecer a esas bestias ―negó ella―. Es más, tampoco
creo que fuera obra de lupicanes. Suelen conformarse con los tejidos blandos… y
de los lagatevas apenas quedaban huesos, todos mordisqueados. —La señora hizo
una mueca—. A algunos incluso les faltaba el tuétano del interior.
El otro cazador frunció el ceño, un gesto
a medio camino entre la confusión y preocupación que se extendió entre la
barra.
―En fin, no recomiendo pisar la parte
exterior del bosque de momento, al menos de noche. Y vengo de informar a la
alcaldesa, así que si esto llega al Consejo o Capital tal vez se tomen
medidas.
Claire le dedicó una mirada a Blake y este
asintió con un gesto. Uno que Claire interpretó como un “estaremos bien”, a
pesar de las palabras de la cazadora.
―Desgraciadamente ―empezó otra persona,
que Claire reconoció como funcionarie del ayuntamiento―, aunque has hecho bien
informando a la alcaldía, no creo que llegue al Departamento de Control de
Plagas. Bien es sabido que al Consejo solo le interesan dos cosas: la Guerra y
la Búsqueda, y desde hace años Máline no manda ni soldados ni candidates a
Elegide. No les interesamos.
―Qué se le va a hacer. La vida en Máline
es sencilla, los noma nos bastamos sin hacernos magos ―dijo la dueña del bar,
encogiéndose de hombros―. Los pocos que tenemos trabajan para nuestra
seguridad, encendiendo farolas o como boticarios. ―Desde la barra, la dueña
saludó a Blake con la cabeza y él devolvió el saludo por compromiso, encogiendo
sus orejas―. Y si ya somos pocos magos adultos, jóvenes ni te cuento.
―Se llevaron a un chiquillo hace un
tiempo, ¿no?
―Y a tres. Si otra cosa no, pero chavales
monstruo ven por todas partes.
―He oído que hacen expediciones hasta
tierras Metaloides para buscarles.
―Es cierto! Mi hija, la de la Sede
Noreste, me contó que mandaron a un grupo hasta Tarset para acogerles… Y si son
magues, mejor que estén con nosotros que con metaloides…
―Creo que al Consejo le mueve más la
Profecía que el altruismo, Miranda.
«La Profecía ―se repitió Claire, ignorando
el barullo en la barra―. Con cada año que pasa, se vuelve un tema más
recurrente».
¿Cuánto tiempo más podría esquivar aquella
información? Bajo su petición, su educación solo cubrió lo indispensable para
sobrevivir en Máline. Aquello que no comprendía, como la magia y la Profecía,
no era necesario para sus tareas en la botica y los campos, y por ello lo
evitaba y temía.
Lo único de lo que no podía huir era de
sus pesadillas, de origen inequívocamente mágico, pero al menos tenía a Blake
para desahogarse e intentar comprenderlas.
No solo su amigo parecía comprensivo con
aquella faceta suya, pues tanto Ángela como él rechazaron el camino de la magia
por ella, y obviaban aquellos temas en su presencia. Los propios padres de
Blake, ambos boticarios y magos, evitaban emplear las artes de la Sanación ante
Claire.
Es más, cuando quiso darse cuenta, Ángela
había entrado en el bar llamada por un gesto de Blake. La mirada nerviosa que
dirigió a la barra se convirtió en una cálida sonrisa hacia Claire, acompañando
la mano que le tendió.
―¿Nos vamos?
…
La amabilidad de Ángela terminó cuando, nada más poner
un pie en el bosque, Blake dijo las siguientes palabras:
―Camaradas, hoy nada de alejarse mucho de
aquí. Hay ataques de lupicanes muy feroces y no quiero dar más trabajo a mis
papis recomponiéndonos.
Después, todo fue cuesta abajo.
―¡No me puedo creer que hayas querido
seguir con el trabajo después de haber escuchado eso! ¡Nos estás poniendo en
peligro con tu maldita expedición! Si me tienen que recomponer tus padres que
así sea, ¡porque tú tendrás que cargar con la culpa!
Era la séptima vez que Ángela exclamaba
algo similar. Para acompañar su protesta, se había sentado en un tronco
mientras Blake y Claire recolectaban sus útiles. De no conocer a sus amigos,
Claire se habría preocupado por el enfado de su compañera, pero entre reproches
seguía poniendo pucheros para pasarle bayas a Blumy (y a Claire).
―Estamos a salvo ―canturreó Blake,
recogiendo un par de raíces entre la nieve―. Lo único que puede atacarnos aquí
son las espinas de las zarzamoras.
―¡Tu optimismo sí que es un peligro! ¡Las
jaurías de lupicanes son de las peores cosas que hay en este bosque!
―¡Ni siquiera Blumy tiene miedo! ―siguió
Blake, vigilando al comepesadillas que correteaba por el suelo, la boca roja de
comer grosellas―. ¡Míralo qué feliz y tranquilito!
―¡Porque es tonto y no detecta el peligro!
―No es cierto, es un bichito muy listo. ¿A
que sí, pequeñín?
―¡No ha tenido un solo pensamiento en su
vida!
―¡Eh, un respeto!
―Blake, lo siento, pero sabes que Ángela
tiene razón.
―¡Claire, no ayudas insultando al
pobrecillo!
Claire le respondió sacándole la lengua y
llamó a Blumy tentándolo con un trocito de jengibre. Le encantaba su olor, pero
siempre olvidaba su sabor picante hasta que era demasiado tarde.
Definitivamente no era muy inteligente, pero seguía siendo adorable. De fondo,
la discusión seguía como un familiar ruido al que su cerebro se había
acostumbrado ya.
―… podríamos haberlo aplazado a mañana,
¿no crees? O hasta tener algo de información sobre ese ataque. Tus padres lo
comprenderían por tal de no tener más faena con nosotros.
―Mañana no podría ser, ¿recuerdas? Tengo
otras tareas pendientes…
La voz de Blake había bajado hasta el
punto en que a Claire le costaba distinguirla, pero algo había llamado su
atención tras los arbustos. Con Blumy en un brazo y con el otro gateando sobre
la tierra húmeda, avanzó entre la maleza hasta la fuente de aquel extraño
ruido.
―Siempre puedes aplazarlo ―siguió Ángela,
ahora también en susurros―. Son tus padres, podemos ir otro día a eso.
Blumy hizo un ruidito inquieto y Claire lo
dejó en el suelo para que diera la vuelta. Ella siguió avanzando, preguntándose
qué era aquel extraño olor y de dónde venía aquel destello entre la maleza.
―Tienen bastante trabajo últimamente y no
quiero saturarlos ―explicó Blake―. Ya sabes cómo son los inviernos con las
gripes y… ¿Claire?
Cuando la voz de sus amigos llegó por fin a
sus oídos, gritando su nombre, Claire no pudo contestarles. Había perdido el
habla, la capacidad de moverse, el aliento incluso. La criatura estaba igual de
inmóvil frente a ella, oscura con un atigrado verdoso, destacando sobre la
nieve, pero camuflándose entre el bosque. Era más grande que cualquiera de los
perros o lupicanes domésticos que hubiera visto jamás, aunque su pelaje lo
distanciaba de dichos animales. El ruido que la había atraído eran sus jadeos,
que pronto se convirtieron en un gruñido de amenaza. Dos de sus colmillos
sobresalían de sus fauces, goteando una saliva del color y olor de la
bilis.
No tenía ojos. Una placa metálica recubría
la parte superior de su cráneo y esta reflejaba la luz y su miedo. El hocico la
apuntaba directamente a ella y el rumor de sus gruñidos se abrió en un rugido
sobre su cara.
Y un grito se alzó sobre su sentencia,
oponiéndose al alarido de aquella criatura. El aliento pútrido del monstruo y
el sutil aroma del bosque fueron arrasados por un olor que no encajaba en
aquella escena. Con un gemido, la bestia retrocedió y fue entonces cuando
Claire comprendió por qué seguía viva.
Aquella criatura estaba ardiendo.
Todavía conmocionada, Claire se dejó
arrastrar por Blake mientras aquel amasijo de carne se retorcía entre alaridos
y llamas. Durante los escasos minutos donde la criatura se debatía entre la
vida y la muerte, ninguno de los presentes hizo nada por poner fin a la tortura
del animal. La mente de Claire se debatía entre el terror y la confusión, y
solo cuando la bestia por fin sucumbió al fuego, se permitió volverse hacia sus
amigos.
Blake tenía una mano apoyada en su hombro,
un contacto del que ni siquiera se había percatado, y la otra rodeando la de
Ángela. Ella era la única que permanecía de pie, con dos lágrimas secas sobre
sus mejillas y el brazo extendido hacia los restos ardientes. En su boca
todavía parecía resonar su grito cuando murmuró:
―Lo he matado ―y, con aquella afirmación,
se giró hacia ellos. Sus lágrimas se reavivaron―. Lo he matado. Lo he vuelto a
hacer. Lo siento… Blake, lo siento…
Los labios de Claire pronunciaron un “qué”
mudo, ahogado por el salto de Blake para abrazar a la temblorosa Ángela.
―Está bien, Angi. Todo está bien.
―Solo quería asustarlo ―sollozó ella,
negando contra su pecho―. Parecía enfermo, quería hacerlo huir, pero antes de
darme cuenta… Estaba tan cerca de Claire… No pude controlarlo.
―Enfermo o no, era peligroso. Le has
salvado la vida y eso es lo que importa.
Ángela rompió a llorar y se aferró a Blake
con fuerza, aceptando las palabras de consuelo que le susurraba. Tras unos
instantes, ambos abrieron los ojos y cruzaron miradas con Claire, de cuyo
desconcierto por fin surgió una afirmación.
―Ángela lo ha quemado. ―Nadie lo negó. Era
cierto. Frunció el ceño antes de continuar―. ¿Cómo?
―Lo siento ―contestó ella, con voz
temblorosa―. Ojalá te hubieras enterado de otra forma.
Su siguiente pregunta se cortó con un
rugido familiar, e instantes después tres monstruos más aparecieron. A pesar de
que carecían de ojos, Claire no pudo evitar sentirse observada.
Sus amigos retrocedieron hasta alcanzarla
y Blake se arrodilló junto a ella. Blumy aprovechó para trepar hacia la capucha
de Claire con un chillido de miedo.
―Blake ―murmuró ella―, ¿qué clase de
animales son?
―No son animales ―respondió Ángela en su
lugar, con extraña seguridad―. Dudo que sean siquiera entes vivos. Usan visión
de ánima.
Esa última frase iba dirigida a Blake y
este asintió. Claire advirtió de que torció el gesto, como si tampoco
comprendiera aquella información.
Uno de los tres seres se agazapó para
saltar hacia ellos y Ángela respondió alzando una mano. Con el gesto, la maleza
a sus pies ardió en un implacable muro de fuego que disuadió a las bestias.
Claire contuvo la respiración y Blake la animó con una palmadita en su hombro,
ayudándola a levantarse con él.
―Ángela, ¿cuánto tiempo puedes mantener
eso?
―El suficiente para que agarres a Claire y
huyas hacia el pueblo.
Blake se envaró, avanzando de nuevo hacia
Ángela.
―Sabes que no pienso dejarte aquí tirada.
―Lo harás porque no tienes forma de luchar
contra ellos ―respondió ella. Sus lágrimas se habían secado con el calor y la
determinación―. He practicado lo suficiente, puedo…
―Puedo luchar. ―Ángela hizo una mueca que
no disuadió a Blake―. Mientras entretengamos a estas cosas, Claire puede correr
sola a buscar ayuda, pero tú necesitarás cobertura que les mantenga en su sitio
y te cure si te alcanzan.
Uno de los engendros echó a correr hacia
la derecha y Ángela lo mantuvo con una bola de fuego que salió directamente de
su mano libre. Masculló una maldición entre dientes.
―¡Haz lo que quieras, pero saca a Claire
de aquí ya! Tú me das igual porque aguantarías, pero si la muerden… ¡O la quemo
sin querer no me lo perdonaré!
Blake se giró hacia Claire y ella por fin
logró reaccionar y negarse.
―Yo tampoco tengo forma de luchar, no
puedes pedirme que huya sin vosotros. Algo podré…
Como respuesta, Blake abrió su bolsa y
extrajo una vaina de cuero envejecida. Claire reconoció aquella daga larga como
propiedad de su familia. Negó igualmente y Blake la guardó en el cinto para
tomar sus manos.
―No es huir si no rescatarnos, Claire.
Llévate a Blumy y corre por el camino de vuelta. Conoces el sendero, lo hemos
recorrido cientos de veces y eres la más rápida de los tres. Llega a Máline y
pide ayuda a quien sea, así podrás salvarnos.
―¡No! ―negó ella otra vez―. Si me voy y
morís sin mí…
―Y eres la única que puede hacerlo…
―Blake…
―… Porque yo debo curar a Ángela cuando el
fuego no baste para contener a esos monstruos. ―Claire enmudeció y Blake
asintió lentamente, forzando una sonrisa que pretendió tranquilizarla―. Somos
magos, Claire. No te preocupes por nosotros y corre. Todo va a salir bien.
Todo pasó demasiado deprisa. Ángela gritó
cuando uno de los engendros le mordió la pierna, lo suficientemente osado para
atravesar las llamas. Al hedor putrefacto se unió el de la carne y pelo quemados.
Blake tardó un instante más en fijar la mirada en los azules ojos de Claire, y
en ella se grabó el suplicante color del bosque. Con un último apretón de manos
la soltó y corrió hacia Ángela ya con la daga en mano, asestando un tajo a la
bestia que ya había recibido quemaduras como castigo.
Lo siguiente que supo Claire es que estaba
corriendo, huyendo del infierno a sus espaldas y perdiéndose entre ramas
húmedas por la nieve. Blumy había bajado a sus brazos y lloraba entre ellos. El
aliento de ambos se condensaba por el frío.
Esquivó las raíces del conocido sendero,
apartó con manos enguantadas las ramas que le molestaban sin pensar, pues su
mente estaba ocupada en aquella realización.
«Blake y Ángela son magos».
Exhaló con fuerza, aún atrapada en el torrente
de imágenes y sensaciones de su cabeza. Recordó aquel día donde la presión de
la magia era tal que apenas podía respirar, donde el escaso aire que inspiraba
también llevaba cenizas. La reminiscencia provocó un pitido en sus oídos que
erizó el vello de su nuca y, por un segundo, Claire temió perder la
consciencia.
Pero esta vez siguió corriendo,
recordando. Regresó a la primera vez que descubrió a los padres de Blake
sanando a un enfermo con luz. Contuvo una mueca al confundir una sombra con las
garras de sus pesadillas. Escuchó las últimas palabras que se dedicaron las
personas de sus sueños, innegablemente de origen mágico, y también las que
había escuchado en el bar.
Hablaban de la Guerra y la Profecía… ¿Y
qué era esta realmente? ¿Qué era siquiera la magia y por qué la temía cuando el
resto dependían de ella?
«No, ahora no es el momento».
Ya tendría tiempo de resolver sus
inquietudes más adelante, cuando los tres estuvieran a salvo. Ni siquiera se
permitió cuestionarse cómo Blake podía decir su mantra, su “todo va a salir
bien”, incluso en aquella situación.
Los aullidos de los monstruos eran cada
vez más lejanos y, por suerte, tampoco escuchó gritos humanos. Blumy seguía
llorando, pero las escasas lágrimas de Claire habían desaparecido, borradas por
una determinación fruto de la urgencia.
En algún momento dejó de escuchar la
batalla del bosque y se permitió unos segundos para reducir el paso y recuperar
el aliento, la mirada atenta a su alrededor. Descubrió que le dolía la garganta
de correr con el frío y el vaho se acumulaba ante sus ojos. Blumy había dejado
de gimotear y ella le acarició la cabeza en consuelo.
―Todo va a salir bien ―le dijo en voz
baja, esperando que sus palabras tuvieran el mismo efecto que las de
Blake.
Pero lejos de calmarse, el animalillo se
sobresaltó, y Claire advirtió que no fue por ella. Algo se acercaba entre las
hojas, y tragó saliva al reconocer el rumor que había atraído su atención al
principio.
Valoró sus opciones con una calma que
estaba lejos de sentir realmente: ¿Intentaba seguir corriendo? A pesar del
inactivo invierno, aún tenía la resistencia suficiente para aguantar en
carrera. Sin embargo, si aquella criatura la había seguido hasta allí
probablemente la alcanzaría por más que acelerara. Un escondite era mejor
alternativa, aunque los arbustos parecían demasiado bajos en aquella zona y
agacharse limitaría sus opciones para defenderse. Tenía el cuchillo que usaba
para recolectar raíces y hierbas en la mochila. Nunca lo había usado
ofensivamente, pero…
Su vista se fijó en un árbol cercano. Las
primeras ramas robustas estaban relativamente cerca y parecía fácil de trepar,
con el follaje lo suficientemente espeso para camuflarla.
Colocó a Blumy en su capucha y se impulsó
haciendo el menor ruido posible. La criatura todavía no la había detectado.
Extraño, pues ella podía verla perfectamente entre la maleza.
«No, espera. No tiene ojos ―comprendió,
mientras terminaba de auparse a las ramas―. Deben guiarse por el olfato, ¿y tal
vez este falle por la humedad?»
Por si el oído también le servía, intentó
calmar su respiración e indicó con un gesto a Blumy que hiciera lo mismo. Un
rumor a sus pies le advirtió de que el engendro había llegado a la base del
árbol, y un vistazo le mostró cómo vigilaba sus alrededores sin olfatear el
suelo a sus pies. Qué curioso, parecía guiarse por la vista, a pesar de carecer
de ojos. Recordó que Ángela había mencionado que usaban algo llamado “visión de
ánima”, y se preguntó a qué se referiría.
Pues, para su sorpresa, sirvió para
detectarla.
El hocico de la criatura apuntaba
directamente hacia Claire, capaz de verla a pesar de la placa metálica que
tenía por vista. Mostró sus encías con un gruñido y retrocedió con calculada
pausa, como si midiera la altura a la que se encontraba su próxima presa.
―No puede saltar tan alto ―murmuró
Claire―. No puede.
Ante la sorpresa de Claire, el monstruo no
solo saltó si no que golpeó el árbol con tanta fuerza que casi se cayó ella.
Reprimiendo el miedo que agitaba sus manos, se aferró a la rama donde antes
había estado sentada. Contuvo el aliento al volverse hacia la bestia, mientras
esta volvía a tomar impulso. Su cuerpo se había deformado dolorosamente por el
impacto, pero no pareció importarle cuando volvió a correr y estamparse contra
el tronco, robando un grito de angustia de Claire. En su capucha, Blumy luchaba
por agarrarse a la ropa con sus pequeñas patas.
Sus chillidos y los gruñidos de la bestia
ahogaron los gritos de Claire al recibir el último golpe. La sacudida fue tan
potente que sus manos acabaron soltándose, precipitándola al suelo entre ramas
y hojas.
En la caída, apoyó todo su peso sobre la
pierna derecha, forzando su tobillo en una posición que le cortó la respiración
por el dolor. Sin tiempo para comprobar el golpe, se alejó arrastrándose hasta
que su espalda dio con el tronco del siguiente árbol.
Así, sentada sobre tierra y nieve, con el
tobillo lastimado por la caída, manos llenas de astillas y Blumy temblando en
su regazo, esperó a la muerte que le proporcionarían aquellas fauces. Ignoró el
cuchillo en su mochila, ¿de qué le serviría contra aquellos colmillos que se
acercaban a ella? De sus filos comenzó a supurar un líquido verdoso, y Claire
reconoció el hedor acre que notó al principio. Recordó que Ángela dijo algo
sobre si estaban vivas, y Claire se encontró coincidiendo con ella.
La boca se abrió y un olor a podrido borró
sus pensamientos.
Iba a morir.
Su inusual curiosidad por aquella alimaña
no importaba. Blumy, la bestia y ella contenían la respiración. Sus últimos
momentos se alargaron lo suficiente como para permitirle buscar algún arrepentimiento
del que lamentarse.
Y en su lugar, reapareció la curiosidad.
Aquella que había desterrado por el miedo y la incertidumbre tanto tiempo,
volvía como una cruel burla del destino. Para su propia sorpresa, Claire la
aceptó y se preguntó:
«¿Por qué no estoy muerta?»
Todo parecía haberse detenido en aquel
instante: las mandíbulas del monstruo estaban quietas a mitad de bocado, Blumy
ya no temblaba y tampoco escuchaba sus sollozos. Las hojas que caían de los
árboles permanecían suspendidas en el aire, como el par de lágrimas que
enfriaban sus mejillas.
Parpadeó y el mundo siguió estático. Solo
ella parecía darse cuenta del parón a su alrededor, de que había tiempo antes
del bocado que arrancaría sus entrañas.
Su siguiente parpadeo le arrebató la idea de
escapar. El bosque se sumió en la oscuridad, y la luz olvidó el color en su
inmediato regreso. Aquel momento robó el pardo y verde de árboles y hierba,
dejando solo una extraña monocromía. Entonces las hojas siguieron su descenso,
Blumy volvió a temblar en su regazo y el monstruo cayó ante ella.
Con el corazón en un puño bajó la mirada
hacia la bestia, cuyos colores, ahora grises, todavía hacían juego con el
bosque. Su pecho no se movía, pero tampoco recordaba que lo hubiera hecho
antes. No tenía herida alguna, salvo las contusiones que se hizo a sí mismo. El
único cambio evidente era la pérdida de color y, sin embargo, Claire tenía la
certeza de que yacía muerto.
Así, con la mirada perdida en aquel cuerpo
sin vida y con Blumy sollozando en su regazo, los pensamientos de Claire se
concentraban en una única frase:
«¿Qué acaba de pasar?»
No supo cuánto tiempo estuvo allí,
contemplando el cadáver y olvidando el objetivo de su huida, pero poco a poco
el mundo recuperó el color que le pertenecía. Las hojas caían sobre su cabeza y
Claire las ignoraba. Blumy terminó guardando silencio junto a ella, y lo único
que seguía sin cambiar era aquel cuerpo monocromo. En algún momento, escuchó el
familiar sonido de los pasos de Ángela y Blake, y dejó que estos la abrazaran y
ayudaran a levantarse. Oía sus voces, hablándole, pero las sentía demasiado
lejos para contestar. Perdida en sus pensamientos, solo volvió en si cuando
Blake intentó moverla y el dolor del tobillo le recordó que estaba viva.
―… debe habérselo doblado de alguna forma,
hasta que volvamos no podré sanarlo… ¿Claire? ¡Claire! ¿Nos oyes? ¿Qué ha
ocurrido?
Claire parpadeó, despejando dolor y
abstracción. Imitando la figura de Ángela contra las cenizas, levantó el dedo y
señaló el cadáver a sus pies.
―Lo he matado. De alguna forma, lo he
matado.
Tras pronunciar aquellas palabras, logró
por fin devolverles la mirada a sus amigos. Tenían las puntas del pelo
abrasadas, cortes, quemaduras y sus correspondientes manchas de sangre y
ceniza. Sin embargo, lo peor era la extraña mirada que le dirigían a Claire,
envuelta en un silencio que solo Ángela se atrevió a romper.
―Lo importante es que los tres estamos
vivos. Todo ha salido bien.
…
Consiguieron regresar a la cabaña de Claire cuando
empezaba a anochecer. No querían forzar el ritmo por el tobillo lastimado y las
pintas del grupo, motivo que los llevó a rodear el pueblo hasta su destino. Por
suerte, en la linde del bosque no encontraron más alimañas, y las heridas de
Blake y Ángela no parecían tan fatales como para necesitar ayuda
temprana.
Sea como fuere, mantuvieron un perfil bajo
hasta que llegaron a la solitaria cabaña. Ángela abrió la puerta y Blake
condujo a Claire hasta el sofá. Una vez allí, la ayudó a sentarse y Blumy se
acurrucó a su lado. Le quitó la bota y examinó la contusión con los
conocimientos heredados de sus padres. La propia Claire había aprendido también
de ellos, y asintió cuando Blake llegó a la misma conclusión:
―Es solo una torcedura. Lo sospechaba,
pero no quería examinarla hasta que estuviéramos a salvo. Te pondrás bien en
unos días ―la sonrisa tenue que le dirigió se bajó, con algo similar a la
vergüenza―, o en una noche si me dejas aplicar Sanación.
―Hazlo. ―Se encogió de hombros―. Ya
después de lo ocurrido hoy…
Blake asintió y alzó las manos, sin
mirarla a los ojos. Sus dedos rozaron el hematoma formado sobre su tobillo y
una extraña sensación de calidez se extendió a su piel. Notó un ligero cosquilleo
que asoció al intercambio de energía nacido de la magia, y, cuando Blake se
apartó, se permitió mover un poco el pie. Dolía menos.
―Como sabes, esto es Sanación de curas,
sirve para tratar heridas ―le explicó, mientras aprovechaba para tratar un
corte propio en el brazo―. Hay recitaciones para dolencias específicas, pero
mis padres no han llegado a enseñarme muchas, así que la practico
instintivamente. ―La herida se cerraba limpiamente mientras hablaba y Claire se
preguntó si aquella explicación sería para calmarla a ella o a sí mismo—. La
Sanación utiliza la luz para potenciar la capacidad regenerativa de nuestros
cuerpos. Es rápida en heridas superficiales, las visibles, pero más difícil de
dirigir en torceduras y demás golpes internos…
La voz de Blake, que había ido perdiendo
fuerza con su discurso, se apagó mientras se dejaba caer en su silla.
―Y, como sabrás de ver a mis padres, es
agotadora ―terminó―. Sospechando que tenías una torcedura, no quería
arriesgarme a curarte en el bosque y quedarme así también…
―¿Desde cuándo sabes Sanación? ―le
interrumpió Claire, incapaz de esperar. Blake la miró y ella se volvió a
Ángela―. ¿Desde cuándo podéis hacer magia?
―Claire, escucha… ―empezó Blake, pero
Claire siguió.
―¿Y por qué no me lo contasteis?
Pero la respuesta le llegó antes de que la
pronunciaran sus amigos. Bastó una mirada para que Claire lo comprendiera:
«Temía la magia, e intentaron ocultarme de ella». Algo en su interior se
regocijó en recordarle que siempre supo que “algo ocultaban”, y Claire tensó su
expresión, intentando ignorar la culpa de sus amigos y aquella vocecilla. En
algún momento, Ángela encontró su voz:
―Tanto Blake como yo somos magos de
nacimiento. Lo suyo estaba claro: siendo hijo de dos Sanadores, evidentemente
iba a nacer también con el Talento desatado. Lo sabías, ¿no es así?
―Claire asintió lentamente y Ángela siguió―. Lo mío es más complicado. Mis
madres no son magas: son noma. Ni siquiera quisieron ir a una academia a
desatar su Talento para probar suerte en el camino de la magia. En algún
momento de mi infancia, empecé a hacer Elementalismo de fuego, por lo que debí
nacer con el mío desatado de alguna forma. A veces ocurre.
Guardó silencio y devolvió la mirada a sus
compañeros. Al mirarlo, Claire descubrió que Blake parecía tan sorprendido como
ella.
―No sabía que tus poderes aparecieron de
una forma tan repentina ―dijo él―. Creí que simplemente naciste Elementalista.
Ángela se encogió de hombros.
―Es algo raro. Mis madres no recuerdan que
hiciera fuego hasta los seis años, pero no pasé por las condiciones para
desatar mi Talento yo sola. Lo más probable es que naciera maga y, por
alguna razón, no hiciera magia hasta tan tarde. ―Desvió la mirada. Parecía
incómoda―. Como sabes… Bueno, al menos tú, Blake, mi Elementalismo no es algo
de lo que me sienta orgullosa. Al no haber tenido oportunidad de instruirme, me
cuesta controlar mis propias llamas. Ni siquiera serviría de encendedora porque
chamuscaría las farolas. ―Suspiró, devolviéndoles por fin la mirada―. Estuve
instruyéndome junto a Blake en Sanación, para ver si sus padres podrían
reconducirme a otra Clase, pero lo de hoy me ha recordado el alcance que tienen
mis poderes. No sé cómo sentirme al respecto.
―Deberías estar orgullosa ―logró decir
Claire―. Tú misma lo has dicho: Todo ha salido bien.
Ángela asintió lentamente. No parecía
convencida.
―Yo opino lo mismo, Angi. Has estado
estupenda contra esos… lo que sean. ―Ángela torció el gesto, pero aceptó la
mano de Blake en su hombro. Tras unas palmaditas, se volvió hacia Claire―. Y
creo que ambos te debemos una disculpa.
―Deberíamos habértelo contado hace mucho
―siguió Ángela―. Habría sido todo mucho más fácil si supieras que estábamos
instruyéndonos, pero temíamos que…
―¿Qué me apartara de vosotros? ―aventuró
Claire y la mirada incómoda de sus amigos le dio la respuesta―. ¿O que me
sintiera mal por ello?
―Un poco de ambas cosas ―admitió Blake―.
Sabemos que la magia es un tema difícil para ti y no queríamos forzarte su
cercanía con todo lo que has pasado. No nos parecía justo.
―Aunque tampoco estuvo bien mentir ―exhaló
Ángela.
―Creo que ha sido un fallo de los tres
―Blake y Ángela la miraron y Claire continuó―: Me sabe mal que me hayáis
ocultado algo tan importante todo este tiempo, pero puedo comprender que lo
hicisteis para protegerme. Tal vez la culpa sea mía por no haber sabido
afrontarlo.
Al instante, Blake y Ángela negaron con
cabeza y palabras, pero Claire volvió a interrumpirles.
―Es igual, es igual. El caso es que, tras
lo ocurrido hoy, ya no quiero evitar este tema. Quiero decir, es algo intrínseco
al mundo que nos rodea, lo que me incluye. ―Blake y Ángela se miraron el uno al
otro―. Al fin y al cabo, sabíamos que yo también era maga, ¿no?
Blake asintió.
―Sabíamos que tenías el Talento desatado,
sí, pero no si era de nacimiento. Como evitabas el tema, tampoco conocíamos tu
Clase de Magia. Por tus sueños sospechábamos que eras una Onírica o incluso
Vidente. ―La expresión pensativa de Blake se ensombreció un poco―. Sin embargo,
lo que has hecho hoy…
―¿Qué ocurrió exactamente? ―inquirió
Ángela.
Claire frunció el ceño, ordenando sus
pensamientos en palabras.
―No lo sé. Tuve que subirme a un árbol
para esconderme de uno de los animales y, aun así, uno me encontró y me hizo
caer. Cuando quise darme cuenta lo tenía delante, y en un momento todo se
detuvo. La bestia, las hojas, el viento… incluso Blumy parecía haber dejado de
respirar. Todo perdió el color y lo recuperó en otro parpadeo… Todo menos el
animal, que murió por ello, de alguna forma.
Blake y Ángela guardaron silencio unos
instantes.
―¿Recuerdas pronunciar algo? Aunque fuera
de forma inconsciente ―preguntó Blake, y Claire negó con la cabeza―. Entonces
no es magia recitada.
―Pero seguro es magia oscura. No sé hasta
qué punto “paraste” el tiempo, aunque por los resultados diría que fue
Elementalismo de… ¿sombras? ―teorizó Ángela―. Y pareces bastante buena en
ello.
―El Elementalismo es la Clase de magia que
moldea y comanda los elementos de forma intuitiva, es decir, sin emplear
recitaciones ―explicó Blake, al ver la duda en el rostro de Claire―. El
Monocromático es aquel que opera en la escala de blancos y negros: luz,
claridad, tinieblas, sombras y oscuridad; y es menos frecuente que el Primario,
donde se mueve Ángela.
―Ni eso, solo sé quemar cosas.
―Bueno, ya me entiendes.
Ante el silencio de Claire, Blake
aprovechó para dar un segundo repaso a sus heridas y a las de Ángela. Claire se
quedó absorta mirándolo, los cortes cerrándose entre la ropa quemada y las
manchas de ceniza. Después volvió a suspirar y sentarse, visiblemente cansado.
Ni él ni Ángela parecían tener forma de arreglar la tela estropeada, y los tres
necesitaban un baño para eliminar el sudor y olor a quemado.
―¿Qué le vais a decir a vuestros padres?
―preguntó Claire.
―La verdad: nos han atacado unos animales
raros y hemos tenido que pelear ―contestó Blake―. Tal vez mañana me acompañen a
visitarte para comprobar que estás bien. Y supongo que pasaremos a contarle a
la alcaldesa que ya conocemos a los cazadores de lagateva.
―No estoy muy segura de… ―empezó Ángela,
pero negó con la cabeza ante la mirada de sus compañeros―. Es igual. Blake, si
pasáis a ver a Claire avisadme y voy con vosotros.
Blake asintió y miró a Claire para
confirmar que estaba de acuerdo con aquella propuesta. Unos segundos después,
sin embargo, tensó su expresión para decir:
―Entonces, ¿quieres que te instruyamos
sobre magia?
Aquellas palabras, pronunciadas con
cautela, provocaron una reacción extraña en Claire. Sintió como el extraño peso
que debería presionarla ante la pregunta hubiera cedido ligeramente,
permitiéndole el beneficio de la duda antes de la negación. Al mirar a Ángela
se encontró la misma expresión de cuidado y ligera curiosidad que la de su
compañero, y a su mente regresó la imagen de su amiga protegiéndola de los
monstruos. Su piel recordó también la calidez de la Sanación, e incluso se
sorprendió al descubrir que no buscaba enterrar el momento donde las sombras
cubrieron bosque y tiempo.
No podía olvidar la conmoción que sufrió
aquel día años atrás, y los sueños y pesadillas de sus noches seguían
confundiendo su mente. No obstante, ahora sentía que, tal vez, podría empezar a
comprenderlos.
―Sí, puedo intentar aprender.
Y la sonrisa de sus compañeros le hizo ver
que había elegido el camino correcto.
―Es más, podéis ser mis instructores de
magia y de cualquiera de las otras cosas que evité en las clases.
Las sonrisas se convirtieron en sorpresa.
―Eh… ¿Enserio?
―Sí, Blake. Así, si nos matan a la
próxima, no moriré como una cobarde inculta.
―No te digas eso ―la regañó Ángela, y
ambas se permitieron sonreír―. De verdad, los traumas no son cosa de broma,
¿verdad, Blake?
―Yo solo sé que estoy muy orgulloso de ti
―exclamó él―. ¡Te has ganado un abrazo, sonambulilla!
Apenas tuvo tiempo de exclamar antes de
que Blake se le echara encima, estrujándola con un abrazo más típico de un oso
que de un muchacho.
―¡Cuidado con su pie, tonto! ―exclamó
Ángela, antes de unirse.
Y así, durante los cálidos segundos que
duró aquel abrazo, Claire se permitió olvidar el olor a quemado de sus amigos y
el miedo que había sentido y aún amenazaba con brotar de nuevo. Sabía que
tardaría en eliminar completamente el temor que le producía la magia y aquello
que morara más allá de su hogar en Máline. Sin embargo, por fin sentía que
aquellas garras que atenazaban su vida como lo hacían las de sus pesadillas,
permitían algo más de libertad. Entre risas y algún beso en su frente, Claire
cerró los ojos y solo se arrepintió de su decisión cuando Blake y Ángela se
acercaron después. Tenían una efusiva determinación en su mirada.
―¿Por dónde deberíamos empezar a dar
nuestras clases, Blake?
―Mm, los fundamentos de la energía mágica
o méner son asequibles. También podemos introducirla a las Clases.
―Yo me encargo del Elementalismo, tú de la
Sanación y luego nos repartimos las demás, ¿vale?
―Perfecto, y algo de geografía para
calentar mañana estaría ideal.
Claire torció un poco el gesto.
―¿Seguro que dará tiempo…?
―Somos muy eficientes, jovencita ―rio
Blake―. ¿Algo en especial sobre lo que quieras aprender?
Su primer impulso fue negarlo, pero los
recuerdos del día formularon una petición:
―La Profecía ―contestó, y la sonrisa de
sus compañeros se desvaneció―. Quiero saber sobre ella, qué es… y si podría
afectarnos.
Comprendía aquellas reacciones. Sabía que
la Profecía era un tema peliagudo ya no solo para ella, sino también para los
propios vecinos del pueblo. Aunque surgiera su nombre en las noticias o
comentarios del día, estos iban siempre con un matiz de amargo respeto.
―La Profecía es un evento que surge cada
cierto tiempo y nombra un determinado número de Elegides ―contestó Blake, al
final―. Cada edición de la Profecía da unos poderes o cambios distintos a
aquelles que escoge como Elegides, y estes siempre son niñes magues de
nacimiento.
―Como vosotros… y probablemente yo.
―… y otres millones de niñes a lo largo
del planeta ―siguió Ángela, intentando relajar su expresión―. El don de esta
Profecía es problemático, sí, pero no por ello debemos perder de vista las
probabilidades. No te preocupes por ello.
―Aunque lo hablaremos mañana de todos
modos ―aceptó Blake, levantándose del sofá y llevándose a Blumy a la capucha―.
Se hace tarde, y probablemente a Ángela y a mí nos espere una larga charla con
nuestros padres. Con suerte podré camelarlos un poco con la cosecha que he
podido salvar. Asegúrate de dormir mucho para que ese tobillo sane, Claire.
―Lo intentaré. Buenas noches, chicos.
―Oh, ¡espera! ―Blake dio un paso hacia
ella y le acercó a Blumy hasta ponérselo casi en la cara. El animalillo se
había quedado dormido―. ¿Quieres tenerlo otra vez? Igual hoy tiene hambre y te
alivia las pesadillas.
Claire recordó la soberana patada que le
había metido al animal esa misma mañana y la tensa tarde que había tenido
después. Tal vez le tocaría a ella consolar al bichillo.
―Mejor no, gracias.
―Tú misma. ―Tras encogerse de hombros,
devolvió a su mascota a la capucha y se reunió con Ángela en la puerta―. ¡Hasta
mañana!
―Adiós ―despidió ella, con una sonrisa que
a ojos de sus amigos fue sincera.
Se cerró la puerta y la soledad se cernió
sobre ella. Apenas eran las seis de la tarde, pero se dio una ducha rápida, mordisqueó
algo de fiambre y pan que tenía en la despensa y se acostó en la cama. Sabía
que, con el sueño, volverían las pesadillas, pero prefería aquella experiencia
a quedarse despierta con las dudas que asolaban su cabeza.
«Las Profecías otorgan un don a sus
Elegides, y estes siempre son personas nacidas magas ―pensó en silencio―. Esta
es llamada la “Profecía del Mal” porque sus Elegides serán convertides en
monstruos. Ese es su regalo, el don que reciben».
Sus amigos habían evitado aquel detalle
cuidadosamente. Sin embargo, a pesar de haber estado evitando oír sobre la
Profecía, era imposible obviar lo que más aterraba a aquellos que mencionaban
su nombre. Aquel don… No, aquella maldición podría caer sobre cualquier
inocente capaz de moldear el méner, de hacer magia. Ángela decía que las
posibilidades eran mínimas y tenía razón, pero tanto ella como sus compañeros
habían presenciado demasiadas “situaciones extraordinarias” como para
consolarse con la seguridad de la estadística.
Si ella o alguno de sus amigos eran
escogidos…
Un escalofrío recorrió su espalda.
No quería ni pensarlo.
Ir a:
Anterior: Prólogo
Siguiente: Capítulo 2
No hay comentarios:
Publicar un comentario