sábado, 15 de abril de 2023

La Profecía del Mal: Capítulo 6

Los Motivos de una Confesión


El timbre metálico de la segunda campanada había devorado el de la primera, vibrando entre el silencio, desapareciendo entre sus pensamientos. La ansiada oscuridad por la que suplicó, aquella que implicaría que los horrores desaparecerían en la vigilia, por fin había envuelto sus ojos.

Pero tanto daba, pues sabía que la cruel realidad volvería en cualquier momento. No estaba en un sueño, al menos no en uno corriente. Aquel era un vacío amable, carente de la influencia de su “Otra Voz”, por lo que sus últimas horas eran reales y el despertar no traería consuelo. Al notar su ausencia, Claire vagó entre la apacible noche con hombros tensos, en guardia ante un posible ataque de las garras blancas.

Y, en lugar de sus afiladas hojas, halló una luz.

Al final del largo camino de su inconsciencia había claridad. Avanzó hacia ella, primero con premura y luego con desidia, pues pronto comprendió que jamás podría alcanzarla mientras aquella figura la ocultara.

Un tirón en su estómago se llevó su aliento y confusos pasos. Notó el frío contacto de las garras sobre su piel, reteniéndola mientras su propia silueta, su propia Sombra, cubría la luz como la luna en un eclipse.

Forcejeó entre su amarre, presa no de la curiosidad o la desesperación, si no de la necesidad por saber qué nacía de aquella luz. Un sentimiento que nacía de su pecho y quemaba sobre sus clavículas, doliendo más de lo que tiraban las zarpas.

―Eras tú todo este tiempo.

Sus esfuerzos murieron con aquella frase.

―Siempre tú ―continuó su propia y a la vez ajena voz―. Por eso buscaste. Por nosotros, por mí… Lo sabía. ¡Lo sabía! ¡Lo sabía todo este tiempo!

No hubo júbilo en aquellas palabras. Su voz gritó con familiar desesperación, cayendo sobre el inexistente suelo y llevándose la luz consigo. Claire apenas logró discernir un parpadeo de la imagen que formaba, distraída por la angustia de su Sombra: 

―Y entonces marchaste y ya no puedo saber.

―¿De qué hablas? ―logró pronunciar su propia garganta―. ¿A quién has visto…?

El instante de alivio cuando una de las garras la soltó se convirtió en terror al pasar a amordazarla. La oscura silueta se giró y fundió en la penumbra.

―No mereces saberlo ―escupió su otra Voz y Claire se estremeció―. No eres más que un cascarón vacío, un miserable constructo que ya ha tenido mucha más vida de la que merecía. No te otorgaré lo poco que todavía me pertenece. 

Su tono fue calmado y, sin embargo, teñido de ira. El eco de sus palabras reveló un odio tan profundo y abisal que le arrebató cualquier contestación a Claire. Sus músculos se paralizaron como los de un animal a punto de ser devorado, hundiéndose entre las garras que ya la apresaban. Sintió como su consciencia se deshacía entre el sueño, su mente disolviéndose entre el desmayo, si eso era posible.

Y entonces notó algo, un contacto sobre su mano derecha que se abrió, envolviéndola en un cálido abrazo. Una voz le hablaba y, a pesar de no comprender sus de palabras, supo que la llamaba. El vacío de su prisión comenzó a quebrarse conforme la realidad reclamaba su cuerpo. Sentía el peso de los párpados cerrados sobre sus globos oculares y la acogida de aquellas manos amables, tan diferentes a las frías y severas garras que solían acosarla.

La mano la soltó para acariciar su brazo, sus mejillas, con afable cariño. Conocía aquella piel y aquellos gestos, y dejó que calmaran su terror como un bálsamo trata las heridas. Finalmente, el ansia por aquel afecto pudo con ella y abrió sus pesados párpados a la luz. No le sorprendió ver la sonrisa de Blake tras ellos.

―Al fin te despiertas. Has dormido como el triple que yo.

La luz del techo cegó sus ojos y volvió a cerrarlos, lo que no impidió que sonriera. Quiso abrazarle al recuperar la vista, pero sus extremidades seguían rígidas. Sin necesidad de palabras, Blake se agachó y la rodeó torpemente con sus brazos, ayudándola a incorporarse con un afectuoso apretón. 

«No eres más que un cascarón vacío», recordó su mente. No le importaba. Envuelta por aquel cálido sentimiento, no se sentía tan hueca. 

Al separarse, Blake acercó la camilla que había tras él, dejando a Claire sentada sobre la suya. Se fijó en que ambos vestían un camisón de hospital. Un escozor que arrastraba de su sueño llevó su mano a la clavícula, descubriendo que la tenía vendada. 

―¿Cómo te encuentras?

Claire miró a Blake con cansancio. Tenía el pelo despeinado y algún mechón caía sobre su rostro. También tenía el cuello y hombros cubiertos de vendas. No parecía sufrir por ello. 

―Estoy bien, creo ―contestó―. Algo confusa. No te imaginaba como un Elegido, la verdad.

El peso de la realidad tensó el ambiente, difuminando la sonrisa de Blake. Claire lamentó sus palabras, aunque no podría haberlas evitado mucho más tiempo. Recordaba su sueño vívidamente y sospechaba la razón de aquellas vendas.

―Bueno, yo tampoco me lo esperaba de ti.

―¿En serio? ―rio Claire, sin júbilo alguno―. Era evidente: las pesadillas, mi magia… Incluso mi pasado era demasiado extraño. Era la que tenía más papeletas de los tres. 

―Supongo que sí ―admitió él, con aquella pálida imitación de sonrisa―. Aunque tus circunstancias no me libran de sospecha.

Sus pupilas rodeadas de bosque huyeron de las suyas. Claire las persiguió, buscando la razón de aquel extraño comentario. Primero halló que miraba sus manos, apoyadas sobre sus rodillas. Blake retomó su explicación, si bien su voz no parecía pertenecer al mismo Blake que Claire conocía. 

―Hay una parte de mi magia que ni siquiera Ángela llegó a conocer. Un don por el que comprendía el temor que sentía hacia su fuego. ―Blake contemplaba sus manos, cabizbajo, impidiendo que Claire se reuniera con su mirada―. Es tan intrínseco a mí que, por mucho que lo ocultara, en ocasiones salía a la luz. Todos estos años intenté evitarlo, esconderlo, mientras me mentía a mí mismo con que no tenía nada de malo. Funcionó durante mucho tiempo. 

»Incluso cuando nos escogieron como candidates me convencí de que lo hacían por vosotras, ¿sabes? Entonces llegó la explicación de Armiro… y no pude negarme nada. Comprendí que mi secreto era mi Habilidad, y la campanada se sintió algo natural.

Claire guardó silencio. A su mente volvieron las palabras de Blake en el tren, donde explicó que no temía ser un Elegido porque no se sentía como un monstruo. Creyó en su sinceridad y, sin embargo, el desconocido ante ella se lamentaba con la aciaga familiaridad de quien lleva años sufriendo. Por eso no le molestó su mentira: él había vivido en su engaño mucho más tiempo. 

―Siempre he sabido que era un Elegido, Claire, pero me lo callé porque quería creer que era como vosotras. Conocía tus pesadillas, veía las dudas de Ángela, y pensaba que yo era igual de inocente y confuso… Pero ayer dije “todo va a salir bien” sabiendo que mentía. 

Tragó saliva y su voz se rompió. La búsqueda de Claire se reunió con su anhelo y sus débiles piernas la llevaron a Blake. Sus brazos lo rodearon y él se dejó encontrar. 

―Tenía miedo, Claire. Maldita sea, sigo teniéndolo. No estaba preparado para esto, por mucho que quisiera creer en mi inocencia, por mucho que me esforzara a curar. Me aferraba a vosotras tanto por… ―Un hipido cortó sus palabras y Claire lo estrujó para calmarlo. Sollozó, y por fin le devolvió el abrazo―. Os quería… y sigo haciéndolo. Por eso evitaba pensar que algún día nos tocaría separarnos.

Había una capa más en aquella vida secreta que sus amigos ocultaron de ella, que la salvaron de conocer. Notaba el lamento y la disculpa en la voz de su amigo, en los temblores de sus dedos y, al mismo tiempo, Claire también quería pedirle perdón.

―Es culpa mía. Si no me hubiera negado a la magia, no habrías afrontado esto solo.

―¡No! ―la cortó él de inmediato. Se separaron y unieron de nuevo, las manos de Blake sujetándola de los hombros―. Ni de lejos. Si fuera cierto, se lo habría contado a Ángela. La culpa es mía por no tener el valor de decirlo.

Sus dedos perdieron fuerza, cayendo de nuevo junto a su mirada.

―Habríamos permanecido a tu lado —insistió Claire.

―Lo peor es que lo sé. Pero vuestra aceptación habría durado hasta que el Consejo nos alejara, o me viera obligado a marchar para no haceros daño.

―¿Nos habrías hecho daño? ―repitió Claire, calmada a pesar de la pregunta―. ¿Eso crees?

Blake tardó unos segundos en responder, momentos en los que pareció darse cuenta de lo absurdo de su afirmación. Finalmente, suspiró, aceptando su error.

―Pues claro que no, si tienes razón. Lo peor que he hecho fue… Es igual, es igual. El caso es que estaba demasiado asustado como para pensar con lógica. ―Su boca profirió una suave carcajada, sin dicha alguna―. Realmente me habría venido bien tu racionalidad en ese entonces. 

Los labios de Claire emitieron una sonrisa que Blake no llegó a ver. Buscó su mano en consuelo y, en su lugar, él la abrazó otra vez. El gesto abrupto no logró ocultar la mueca que despertó tras el roce de sus manos. 

―Tenía tanto miedo. Me aterrorizaba dejar de ser quién soy, de tener que marchar para no haceros daño… yo, un estúpido Sanador. Pero, por encima de todo, lo que más temía era no volver a veros. Por eso, cuando desperté y te encontré aquí yo… me alegré. 

»Se que está mal. Sé que es algo realmente egoísta por mi parte, pero no puedo evitar pensar que, si ambes somos Elegides, nunca estaré solo. Nos tendremos el uno al otro para soportar todo esto, aunque ojalá esta carga nunca hubiera caído sobre ti. No te lo merecías… No después de todo lo que te ha pasado.

Claire le dio unas palmaditas en la espalda y él se aferró a ella como si temiera que marchara tras su confesión. 

―Lo comprendo ―le dejó saber, con sinceridad―. O sea, después de todo lo que has sufrido en silencio, entiendo que sintieras eso al verme. No te preocupes.

Blake pareció relajarse, menos mal. Por eso, Claire no se atrevió a expresar la realización que emergió del mar de angustia que era su mente.

«Estamos juntos a costa de dejar sola a Ángela. Al final, uno de nosotros ha tenido que separarse del resto. ―Dejó que el aliento que había estado conteniendo sin querer surgiera de su interior, calmado, pues no podía llorar ahora que Blake necesitaba un hombro donde hacerlo―. Lo siento, Ángela, lo siento tantísimo».

Ella lo entendería, y sabía que parte de las lágrimas de Blake eran por ella. Por eso, en lugar de pronunciar tal cruel recordatorio, declaró:

―Como has dicho, al menos nos tenemos el uno al otro. Aunque seamos Elegides, mientras estemos juntos, todo va a salir bien.

A pesar de prepararse aquel consuelo, tuvo que esforzarse en creer que no era una mentira piadosa. Blake pareció agradecerlo, dejando que calmara su ansiedad y concediendo a ambos compañeros unos momentos de paz.

El olor de la piel de Blake le recordaba a su hogar, a la infancia que vivieron juntos y a sus paseos en el bosque con Ángela. A las tardes de invierno con los tres frente a la chimenea, compartiendo bromas y dulces recién horneados. Una helada nostalgia se apoderó de ella, recorriendo su cuerpo como un escalofrío. Nunca podría volver a aquellos días, ahora se daba cuenta, pues el afecto de sus lazos estaría manchado con su inminente destino.

Finalmente, Blake se apartó despacio. Contempló a Claire con aquella mirada forestal que no parecía pertenecerle: su alegría robada por lágrimas y probablemente la misma nostalgia que atormentaba a Claire. Tras limpiar el salado de sus mejillas, señaló sus vendas.

―No sabes lo que son, ¿verdad?

Claire ladeó la cabeza.

―¿El qué?

Como respuesta, Blake se descubrió el hombro derecho y retiró la venda que lo cubría. Unas finas líneas oscuras iban desde el inicio de su brazo hasta el del cuello. Claire las miró detenidamente y se fijó en que dibujaban diversas formas, todas confusas y pequeñas, como caracteres de un idioma desconocido. Tal vez fuera por la disposición de los trazos, pero estas parecían moverse lentamente cambiando su aspecto. El contacto visual con aquellas letras le producía una sensación extraña, mezcla de malestar, miedo y algo más que no supo definir, obligándola a apartar la mirada.

―Esta es mi Marca de Elegido. Es lo que aparece tras escuchar las campanadas de la Torre Central ―explicó Blake, volviendo a taparse con el camisón. Valoró la reacción de Claire antes de añadir, con cansado gesto―: A mí tampoco me hace demasiada gracia. Puedo buscar un espejo si quieres ver la tuya. ¿O aún no estás preparada?

 Como respuesta, Claire se quitó el vendaje. Ella no podía verlo completamente, solo al bajar la cabeza vio unas pocas líneas negras. Al tocar su clavícula, Claire notó su piel como siempre. Blake se estremeció y apartó la mirada. 

―Es extraño ―dijo él―. Tu Marca me produce escalofríos. Se me ha puesto la piel de gallina, en serio.

―Venga ya ―exclamó Claire―. La tuya tampoco es bonita que digamos. Por cierto, ¿qué hora es?

Blake se levantó de la cama y estiró los brazos. 

―Supongo que serán más de las cuatro. No he podido preguntar a nadie, pero tenía una ventana y la posición del sol…

Calló al ver la expresión de Claire. Al notar su mirada, ella explicó:

―He estado desmayada mucho tiempo. Si lo sumamos a lo de ayer, es como si no hubiera vivido estos días… Y tampoco he soñado nada.

―¿En serio? 

Claire frunció el ceño, acordándose de que mentía. Escuchó algo durante su análisis en el tanque, pero su angustia al despertar se llevó el significado entre burbujas y agua… Y también estaba la cautiva imagen que retuvo su Sombra. 

—Bueno, al menos no tuviste pesadillas —se adelantó Blake y Claire, sin ganas de explicar, no le interrumpió—. No es culpa tuya. Ayer te indujeron al sueño para las pruebas y hoy te ha noqueado la fuerza mágica más antigua de este mundo. Creo que tienes excusa. ―Claire se encogió ligeramente de hombros, y Blake le concedió una sombra de picardía―. Yo no tardé mucho en despertar. Igual estabas débil, te dije que desayunaras bien.

La intranquilidad de Claire se convirtió en un reproche y Blake abrió una sonrisa. Duró unos instantes antes de que el joven la rompiera para anunciar:

―¡Lo que me recuerda que tengo un regalito para ti!

Se agachó y recogió algo bajo la camilla de Claire. Al levantarse, se tomó un momento para hacer una ridícula reverencia antes de extender dos piezas de ropa oscura sobre las sábanas. 

―He tomado “prestados” un par de uniformes de aprendiz ―explicó Blake, con renovadas energías―. Hay muchos tipos de personas viviendo en las Sedes y se diferencian por la vestimenta. Este azul oscuro señala a los aprendices, aquellos que ayudan en tareas menores mientras son instruidos como guardias, funcionarios o futuros Consejeros. Si te fijas, es similar al que llevaban los Consejeros, pero de corte más sencillo y…

―Blake, eso no explica por qué los has traído. 

El chico parpadeó con fingida sorpresa ante la racional interrupción de su compañera. Ella aprovechó para valorar su aparente entusiasmo. Su ansiedad parecía haberse mitigado, y sus ojos ya no brillaban por lágrimas contenidas. 

―Evidentemente son para dar una discreta vueltecita. 

―¿Qué?

―¡Piénsalo! Es probable (deseable) que todavía no hayan revelado nuestras caras a la Sede ni que decir al mundo, así que esta podría ser nuestra última oportunidad de pasear en el anonimato. Para eso necesitamos ―sus manos hicieron una floritura para señalar a los uniformes― esto, porque ir en camisón es incómodo y sospechoso.

Claire negó con la cabeza.

―Tú mismo lo has dicho, Blake. Ahora mismo debemos ser las personas más importantes de todo el Bando Mágico. ―Se tomó un segundo para descartar la punzada de vértigo que golpeó su estómago―. Dudo siquiera que podamos salir de esta habitación.

―Dúdalo, pero te aseguro que es posible. ¿Cómo crees que he venido hasta aquí si no? ―Claire parpadeó, atónita, y Blake sonrió abiertamente―. ¡No hay nadie vigilando! Lo sé, a mí también me sorprende, por eso insisto en aprovechar la oportunidad. 

―Vale, vale. Pero… ¿de verdad es buena idea? Tiene que haber pasado algo para que no estén vigilándonos. No, espera, tal vez eso sea una razón para irnos.

Blake asintió, cada vez más apremiante. Maldita sea. Tenía que hacer de conciencia, pero sin Ángela y con sus propias ganas de marchar, le costaba no aceptar aquel uniforme.

―¿Tienes siquiera un buen motivo para hacer esto?

―Que no has comido nada en todo el día ―explicó él, con inesperada y fingida seriedad. Incluso le puso una mano en su hombro―. Lo hago por ti, mi querida Claire, no por motivos completamente egoístas como estar muriéndome de hambre mientras discutimos esto. 

Ahí estaba. La última razón que necesitaba. Claire fingió un tenso duelo de miradas antes de acabar asintiendo con dramático reproche.

―¡Perfecto! Pues coge un uniforme y cámbiate en el biombo de allí, luego voy yo. 

Claire profirió un sonoro suspiro antes de hacer caso a su amigo. Se consoló pensando que, tras ser Marcades como Elegides, las cosas tampoco podían empeorar mucho más.

Además, también estaba hambrienta.

 



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viernes, 7 de abril de 2023

La Profecía del Mal: Capítulo 5

 Revelación


El tiempo había muerto una vez más. Las fauces de las bestias se detuvieron a medio bocado, las hojas flotaban en el aire y los guardias llamaban a un monstruo en su puerta.

Era mentira. El mundo retenía su color, su corazón la agitaba con cada latido y el cuerpo de Blake cayó al suelo. Estaba inmóvil, eso sí, con la sonrisa congelada en los labios. Ángela también contuvo el aliento, pero se liberó de las ataduras de la impresión para arrodillarse junto a su compañero. 

Claire no lo consiguió. Sus piernas eran estacas de plomo y sus ojos, vidrio opaco. Impasible, contempló la reunión entre sus amigos con una sensación similar al encuentro con los cadáveres del tren.

Incapaz de hacer nada más que existir, convertida en una mera observadora.

―Blake… ―empezó Ángela, cogiéndolo por los hombros. Su voz desprendía una lejana firmeza, perdida tras el temblor de las sílabas pronunciadas―. Por favor, este no es momento para una broma. Despierta, por favor. 

Al intentar levantarlo, la cabeza de Blake cayó hacia atrás con inerte gesto. Solo un tenue movimiento en su pecho indicaba que seguía con vida. Ángela lo volvió a apoyar en el suelo. Tras algún parpadeo, Claire vio que también agitaba sus hombros. Lo llamaba una y otra vez, tanto que su nombre se volvió un eco sin sentido. 

«Tiene que ser una broma» se repitió también Claire. No había otra alternativa o verdad, a pesar de saber que Blake jamás bromearía en un momento así.

En algún momento, la llamada de Ángela se torció en angustiada negación. Las lágrimas quebraron su voz y su llamada fue una exigencia a gritos. 

―¡Blake! ¡Tú no eres un Elegido! ―declaró ella. Los puños de Claire se apretaron con fuerza, con frustrada comprensión ante la desesperada negativa―. ¡Siempre nos has ayudado a Claire y a mí! ¡Eres demasiado amable y bueno para convertirte en un monstruo! 

Pero el silencio fue todo lo que recibió como respuesta. Por fin, Ángela soltó sus hombros y sus manos colgaron inútiles a sus lados. Como la calma tras la tormenta, sus lágrimas cayeron como amarga lluvia y Claire logró romper su pasiva gelidez para abrazarla. Ángela no pareció notar su consuelo.

―¿En qué me deja esto a mí, Blake? ―le preguntó en un susurro. Una privada confesión, una que Claire se sintió culpable por escuchar―. Si tú, que curabas mis heridas, eres el monstruo… ¿Qué soy yo? Por favor, despierta…

«Tal vez esto sea una pesadilla ―pensó Claire, en un valiente intento por escapar de la realidad. Sus brazos se cerraron con fuerza sobre el tembloroso cuerpo de Ángela―. En algún momento la oscuridad reclamará este lugar y las garras me llevarán a la realidad. Siempre puedo despertar».

Sus ojos buscaron entre luminosas y enjoyadas paredes y solo encontraron sus reflejos sobre piedra pulida: una lastimera chica abrazada por una carcasa vacía, sin memoria ni valor para aceptar el destino ante ellas. Tragó saliva, mirando una vez más a Blake para asimilarlo. Las garras no la llevarían a ninguna parte: el primer Elegido había dado a conocer su existencia.

Y era Blake.

Un ruido seco cortó el llanto de Ángela con un hipido. La puerta se abrió. Merody y Armiro encabezaban su séquito de batas blancas. Por primera vez, Claire advirtió que en sus uniformes había una insignia, cuyo título se alternaba en Innovación e Investigación, e Investigación Médica. Una conocida emoción se abría paso en su líder, una expectación y asombro que brilló cruelmente ante la desesperación de ambas jóvenes. Armiro parecía, en principio, inexpresivo.

Todas las miradas estaban fijas en Blake.

―Al fin, tenemos al primero ―exhaló Armiro, liberando su contención: expresando un sentimiento que más que alegría, parecía alivio―. Nos ha costado años, pero hoy hemos revelado al primero de trece.

Claire lo miró fijamente, sujetando a Ángela como si también la examinaran a ella y pudiera así protegerla. Expuesto como una pieza de arte, Blake era contemplado con tanta fascinación como regocijo, pues a ojos del Consejo era el milagro que los salvaría. Unos aterrados celos se apoderaron de ella: sabía que iban a arrebatarle a su amigo y no podría hacer nada para evitarlo. 

La voz de Armiro volvió a la seca profesionalidad al girarse a su hermana.

―Acompañaré a tu equipo y al de Sheziss antes de informar a las Torres. 

―Lo sé. Sheziss debería tenerlo todo listo. ―Se giró a sus investigadores―. Ya habéis oído, marchad al Centro de Investigación de inmediato. Buscad su Marca de Elegido y vigiladlo hasta que despierte. Estad atentos a cualquier problema de respiración o bajada de tensión. 

Los investigadores rodearon a Blake. Ángela se revolvió entre sus brazos y Claire la agarró como si temiera que se la llevaran también a ella. Entonces, el odio de Ángela se compartió con ella, tan hirviente que notó como incluso los investigadores se detenían ante sus lágrimas. El repentino acceso de ira desesperada fue tan poderoso que su mente racional lo descartó como ajeno, antinatural, que no por ello irreal. De alguna forma, el fondo de su ser recordó con certera familiaridad la forma de detenerlo.

―No hay nada que hacer ―logró susurrarle a Ángela entre dientes. Todavía abrazaba su espalda, con más miedo que cariño―. No hay nada que hacer, solo déjalo. 

No comprendió la palabras de Ángela, aunque sí sintió su desdicha. El odio que se compartía entre ambas remitió y los investigadores hicieron su trabajo. Claire notó que parecían confusos, avergonzados incluso. Lo atribuyó a que también les sería duro contemplar aquella escena. 

Con suma delicadeza, levantaron el cuerpo de Blake y lo colocaron en la camilla recién traída. Al igual que cuando se golpeó en el tren, el joven parecía dormir plácidamente. Sus desesperados celos marcharon con él, pues Claire ya no reconocía en aquel cuerpo inerte el amable recuerdo de su amigo. 

¿Seguiría siendo el mismo cuando despertara? ¿Podría verle acaso? El miedo ahora era un amargo duelo de extraña nostalgia, y hundió la cabeza en los delgados hombros de Ángela. Ya no temblaban, tampoco lloraban. 

Armiro marchó junto a la camilla y Merody se quedó mirando a las chicas. 

―Dejad que acompañen a su amigo. Merecen hacerlo, es un honor para los tres. ―Entre los mechones color miel de Ángela, vio una empática tristeza en la mujer. Una misericordia que permaneció pese a sus siguientes palabras―: Además, también son candidatas. La Revelación no ha hecho más que empezar. 

Obedeciendo a sus motivaciones confusamente profesionales, Ángela y Claire se levantaron y marcharon tras la camilla. No veían a Blake entre las espaldas de investigadores y Claire lo prefería así. Caminaron con pasos sin alma, automáticos, con Armiro en cabeza junto a su guía y Merody cerrando la marcha con una seriedad impropia. 

Enseguida reconocieron los pasillos blancos y de olor a antisépticos del lugar donde Claire despertó el día anterior. Llegaron a una sala distinta, con un compartimento que actuaba como recibidor y del que se accedía a diversas habitaciones. Cada una contenía una cama y diversos aparatos. Claire reconoció algunos como instrumental médico. 

La comitiva las detuvo en el recibidor y Ángela y Claire observaron cómo Blake era conducido a una de aquellas habitaciones, aún inconsciente y custodiado por los investigadores. Armiro cerró la puerta tras ellos y corrió las cortinas, cubriendo la ventana de cristal que tenía.

 Merody les condujo a una salita igual que la del día anterior. Con gesto apresurado les indicó la cafetera y el cuenco de galletas por si querían almorzar, ignorando abiertamente el funesto gesto de las chicas. 

―Esperad aquí. Cuando tenga noticia de vuestro amigo, volveré.

Y marchó. Desde las paredes acristaladas vieron cómo se reunía con su hermano en la habitación donde yacía Blake. El reloj de pared marcó cómo los minutos pasaban en pesado silencio, las agujas moviéndose con cansado ritmo. La lentitud de aquel compás ató un nudo en su garganta y Claire acabó bajando la cabeza para evitar las náuseas. Ocasionalmente, Ángela rompía el despiadado paso del tiempo con sus sollozos, cada vez más espaciados entre sí. De vez en cuando, veía cómo investigadores abandonaban la puerta de Blake.

Ninguno se dirigía a la sala de espera. Sin más explicación que la ansiedad, los minutos siguieron pasando, tensando sus hombros, secando su garganta. Los dedos de Claire tiraron de su pelo en un esfuerzo por distraerse de los escenarios que cruzaban su mente. Intentó encontrar palabras para la inminente despedida de su amigo, un consuelo que limpiara las lágrimas de su amiga. Trató de imaginar su vida sin Blake y dio con la pena en los rostros de sus padres, recibiendo la noticia de sus labios. 

Inhaló y su aliento se cortó en un hipido que anunciaba llanto, sin embargo, las lágrimas no llegaron a caer. Estaba demasiado asustada para llorar. La tensión y la angustia pesaban sobre ella, atándola a aquel lugar, a aquel eterno instante. Quería huir, pero no había forma de hacerlo. No podía dejar así a su desdichada Ángela ni al mal bendito Blake.

No quería ir a ninguna parte sin ellos.

Las agujas del reloj siguieron su avance, carentes de piedad. Cuando miró y vio que casi había pasado una hora, creyó que sus ojos la engañaban. Liberada de su estupor, fue consciente de que Ángela ya no lloraba. Había cambiado su llanto por una expresión sombría, inescrutable a pesar de sus todavía vidriosos ojos. Estaba peor. 

Un nuevo sonido silenció al reloj. Armiro y Merody abandonaron la habitación de Blake, hablando en voz baja. Armiro marchó hacia la salida de los laboratorios. Merody alzó la cabeza y percibió a Claire, acudiendo a su encuentro en la salita. Saludó a las jóvenes con un gesto y Claire lo imitó como buenamente pudo, ya que su cuello estaba rígido por la tensión. Ángela no reaccionó a su llegada.

Tras sentarse, Merody ignoró el tic tac a su espalda en favor de su deslucido reloj de bolsillo. Claire se tomó un ocioso momento para inspeccionarlo. Plata, con muescas por el uso y un grabado en la tapa. Un ojo redondeado, cuyo iris imitaba un engranaje y su pupila se rompía por una estrella de cuatro puntas. Curioso.

―Blake Greenwood. Primer Elegido ―anunció la Consejera―. Cayó desmayado al minuto del inicio del hechizo. Consultaré los registros, pero creo que es un nuevo récord de velocidad. ―Merody cerró la tapa de su reloj y lo guardó en su bolsillo. Miró a las jóvenes. La compasión de sus ojos no lograba ocultar la emoción que temblaba en sus manos―. Este evento es un honor para vosotras: vuestro amigo es un héroe.

―Mi mejor amigo va a convertirse en un monstruo, no en un héroe ―escupió Ángela, aún con lágrimas secas sobre la cara. No levantó la voz, no lo necesitó para que Claire notara su furia―. No hay honor ni alegría en eso. Claire y yo hemos perdido a Blake para que vosotros ganéis un arma. Lo más parecido que celebraré hoy es su funeral.

Contradiciendo todo lo que Claire esperaba de aquella mujer, Merody dedicó una amplia sonrisa a ambas jóvenes. Una apertura que sus ojos lilas negaron con perenne melancolía y pena, que suavizó el desprecio que Claire recién compartía con Ángela. 

―Debéis entender que la existencia de la Profecía no es culpa del Consejo. Es un evento que data del Gran Eclipse, cuya Anunciación lleva celebrándose generaciones. Ser beneficiaries de su gracia siempre ha sido motivo de honor, dicha y orgullo. Ser Elegides significaba ser destinades a hacer grandes cosas, y tanto majestades como mendigos buscaban su ayuda ―suspiró, su vista deslizándose hacia sus dedos enguantados―. Vuestro amigo ha sido bendecido. 

―¡No, es distinto y lo sabes bien! ―exclamó Ángela―. ¡No es lo mismo…!

―Es lo mismo ―la cortó Merody, tan firme como amable―. Adquirir poder, da igual la forma. ―La mujer bajó la cabeza. Una de sus manos enguantadas acarició la otra―. Esto no es un memorándum de tu amigo, pues él seguirá existiendo, seguiréis compartiendo vuestra amistad. Da igual qué aspecto adquiera o cómo divague su mente, pareces buena persona y sé que seguirás queriéndolo. ¿No es así?

Ángela cortó su réplica. Merody había acertado. Claire sabía bien que su amiga jamás les daría la espalda, ni a Blake ni a ella. Sin embargo, no tardó en recomponerse con renovada frustración.

―No es eso de lo que hablo. ¡Yo nunca abandonaría a Blake, no como…!

La puerta se abrió y Ángela volvió a enmudecer. Andrew entró y fue recibido por la cortante tensión de la sala de espera. Miró a ambas chicas y un extraño… ¿alivio? Cruzó su rostro. Parecía que Ángela también había notado ese gesto, pues Claire notó cómo su furia pasaba a una vergonzosa calma.

―Acabo de enterarme ―le dijo a Merody―. El resto de Consejeros no se lo creían y me han mandado a corroborarlo.

―Es cierto ―confirmó ella―. Blake Greenwood es el Primer Elegido. Se ha activado el Hechizo de Búsqueda.

Andrew asintió. Sacó su comunicador y tecleó unos rápidos mensajes en la pantalla táctil. Después, se sentó junto a Merody y dedicó una mirada a las jóvenes.

―Con esto, no quiero decir que lo esperara de vosotras, pero me sorprende que haya sido Blake ―comentó―. Parecía un muchacho tranquilo, y tengo entendido que su Sanación tampoco es nada extraordinario. Las apariencias engañan, ¿no?

Claire pensaba lo mismo. La única persona que rivalizaba con la calma de Blake era ella misma, y ni siquiera logró mantener la mente fría durante el ataque del bosque. Él era alegre y amable. Tenía la misión de animar a los demás y nunca había sido violento. Las pocas veces que vio enfado en él fue en discusiones con Ángela, y estas siempre terminaban con una reconciliación.

Supo por la mirada de su amiga que pensaban similar… no, ella creía en la bondad de Blake con mayor fervor. “Si tú que curabas mis heridas, eres el monstruo… ¿Qué soy yo?” le había dicho en el Observatorio. Solo habían pasado unos días desde que sus amigos le confesaron sus poderes y, sin embargo, podía ver la extraña influencia que ejercían en su amistad. Para Ángela, su Elementalismo requería una temerosa contención, pues el fuego dañaba si no era domado, mientras que la Sanación de Blake era objeto de su admiración. Un don favorable con el que ayudaba a los demás. 

Y Claire había ignorado aquella capa de su relación durante toda su vida. Siempre sospechó que había un factor adicional en su amistad, algo escondido que no terminaba de deducir, pero no le dio importancia entre todas las cosas que ya ignoraba. Ahora, lamentaba que su interés no apareciera antes, pues tal vez podría haber mediado entre ellos.

Suspiró y Andrew la miró sobre sus gafas.

―¿Te encuentras bien? ―le preguntó con amabilidad, probablemente confundiendo su arrepentimiento con cansancio―. ¿Has recuperado la voz?

―Sí, puedo hablar perfectamente ―contestó ella―. Y me encuentro bien, físicamente hablando. 

―¿Ningún problema respiratorio? Son comunes en mestizos como tú.

―Ninguno.

Andrew sonrió y Claire notó su gesto sincero. Aquel hombre de verdad parecía preocuparse por ellas, e incluso advirtió que se aligeraba la tensión de sus hombros.

―No sé si lo has comentado con tus amigos, pero puedo aprovechar para hablarte un poco de la raza nayhade. ―Claire asintió sin pensarlo mucho. No le vendría mal una distracción tras casi una hora de agónico silencio―: Los nayhades son una de las ocho razas más curiosas a mi parecer, y la de mayor importancia para el desarrollo del Mentalismo, mi Clase de Magia. Como te conté, todos los nayhades nacen con el Talento desatado por su telepatía, pues las branquias de su cuello impiden la formación de cuerdas vocales. Este don es de corto alcance, similar al de nuestras voces, aunque siempre pueden potenciarlo en academias.

»Los nayhades completos nacen con unas aperturas bajo los pulmones que les ayudan a expulsar agua tras una inmersión. Pocos mestizos las heredan, por lo que os cuesta más hacerlo. Un precio por conservar el habla. Así pues, podéis sobrevivir tanto en tierra como agua, aunque la mayoría prefieren vivir en ambientes húmedos que les permita mantener las membranas entre sus dedos, entre otros beneficios para su salud.. Las de mestizos son mucho más débiles, así que es normal que se te secaran tan rápidamente. 

»Muestra de tu ascendencia es también tu palidez, con escaso rubor rojizo, típica de nayhades y algunos shirizas. Tu altura y fuerza son más pistas, pues los nayhades son la raza que más altura y potencial físico alcanzan. También resisten el frío de forma notable.

Claire aceptó aquella explicación con una mezcla de sincero interés y necesidad, pues el recuerdo de Blake sonriendo inconsciente seguía asaltando su mente. Dedicó un vistazo a sus dedos. Largos, finos y separados una vez más.

―Me cuesta hacerme a la idea de ser mestiza ―admitió, llevando una de sus falanges al cuello, tocando las ligeras muescas en su piel—. Siempre he vivido como una humana… Al menos que yo recuerde.

Merody intervino, también con empática expresión. 

―Tu amnesia ha jugado un papel crucial en mantener el secreto. Incluso entre mestizos, de costumbres más terrestres, es extraño que las branquias pasen tanto sin abrirse. No es saludable y, como dije ayer, si fueras solo nayhade dudo que hubieras sobrevivido tanto tiempo. ―Su gesto se torció en la misma pena que manifestó el día anterior―. En la mayoría de casos, el secado de las branquias viene de situaciones de maltrato o secuestros, de ahí nuestra preocupación.

―Entiendo ―asintió Claire, recordando la conversación de ayer―. Mi familia de acogida me trató bien. Ninguno sabíamos de mi naturaleza y tanto Blake ―el nombre le provocó un nudo en la garganta, un nudo que deshizo con una sonrisa triste―… como sus padres me cuidaron como una más.

―Me alegra oír eso ―dijo Andrew, cálidamente―. Creo que tenéis una amistad envidiable entre los tres. A pesar de las circunstancias, sois muy afortunados por haberos conocido.

Aunque Claire asintió, su gesto perdió fuerza conforme comprendió el alcance de aquellas palabras. Ángela pareció notarlo también, levantando la cabeza con el gris vacío de unas llamas que dejaron de arder.

―Ahora que Blake es un Elegido tendremos que separarnos de él, ¿no es así?

―No tiene por qué ―contestó Andrew con premura. Sin embargo, Claire notó que su sonrisa despidió una extraña compasión―. Es cierto que tendrá que pasar bastante tiempo con nosotros, pero esto no implica un adiós.

―Para empezar, tenéis que acompañarnos hasta el final de la Revelación porque seguís siendo candidatas ―intervino Merody―. El Hechizo de Marcado dura trece horas con esta Profecía. Después de eso, podréis acompañar a vuestro amigo durante la explicación de las Leyes. Dudo que Armiro se queje mientras guardéis silencio.

―Lo permitirá: merecen saber sobre el resto de Leyes Únicas ―declaró Andrew. La resolución de aquel hombre no solo sorprendió a Claire, pues Merody parpadeó ante tal insistencia―. Además, hay Leyes que probablemente ya conozcan, como la existencia de los Profetas ―dedicó una mirada rápida a Claire―… bueno, tal vez tu caso requiera alguna explicación adicional.

―Hablando de ti, Claire —intervino Merody—, probablemente necesitemos hacerte más preguntas sobre tu pasado. Armiro sigue empeñado en exponer las incoherencias del trabajo de Erekea, e incluso va a contactar con el Departamento de Servicios Mágicos de la Sede Noreste. ―Chasqueó la lengua―. Lo siento por el empeño de mi hermano. Si va a contactar con Erion es que realmente está obcecado con esto. 

―Finalmente, se requiere vuestra presencia en el funeral que se celebrará mañana en honor a los valientes guardias que os escoltaron hasta la Sede. Que sus cuerpos descansen en paz, aun desconociendo que cumplieron su deber.

Los rostros de Gart y Finn parpadearon en la mente de Claire. Les dedicó una silenciosa despedida que coincidió con el asentimiento que compartió con Ángela. 

―Como veis, de momento tenéis obligaciones aquí ―concluyó Andrew―. Y recalco que la separación no es definitiva. Es cierto que necesitaremos a Blake para pruebas y análisis, pero no es nuestro prisionero. Tendrá permisos para visitaros en Máline… e incluso podríais evitar la despedida uniéndoos al cuerpo de aprendices. 

Sus ojos castaños miraron a una y luego a otra, con aquel gesto reconciliador que seguro empleaba en sus mediaciones. Claire se sorprendió al comprobar que funcionaba.

―A Claire le vendría bien aprender bajo la tutela de nuestro equipo docente, yo mismo doy clases de Magia MEVI de vez en cuando —al encontrarse con la confusión de Claire, aclaró—: MEVI hace referencia a “Manipulación de Entes Vivos”, es la Clase de Magia que incluye el Mentalismo, a la telepatía. 

»También podríamos ayudar a Ángela con el dominio de su Elementalismo. Vuestra formación sería la excusa perfecta para acompañar a Blake durante sus pruebas.

Claire entrecerró los ojos valorando aquella salida, aceptando la calma que aportaba y limaba su angustia. Ciertamente, parecía una solución fiable que beneficiaba a ambas partes. No le importaba pasar tiempo en el Consejo si con ello podía seguir acompañando a Blake en su nueva vida. Es más, rechazar aquella oferta sería condenar a su amigo a la soledad. La mera idea de abandonarlo erizó el vello de su nuca, obligándola a asentir.

―Haremos eso ―declaró, con la seguridad de quien no tiene más opción―. Nos convertiremos en aprendices y…

―¿Hasta cuándo podremos estar a su lado realmente?

Claire enmudeció. Se encontró girando el cuello hasta poder ver el perfil de Ángela. Sus labios se habían detenido, esperando la respuesta que demandaba al Consejo. Su voz sonó tan neutra como su expresión y, sin embargo, Claire notó aquella exigencia, aquel odio contenido que amenazaba con desatarse.

―¿Cómo? ―preguntó Merody, tan sorprendida como el resto de presentes―. Ya hemos explicado el proceso. Prácticamente solo tendrá que estar a solas durante las pruebas y análisis médicos. 

―Es todo temporal. Las pruebas y visitas son solo un suspiro hasta que decidáis separarlo de nosotras.

―Señorita Ángela, no es nuestra intención secuestrar a vuestro amigo ―insistió Merody, su voz ahora con un intento de reconciliadora calma―. Blake Greenwood es un Elegido, un héroe bendito por la gracia de la Profecía. Si eso, lo que tiene es nuestro respeto.

―¡No! No es cierto y bien que lo sabes. Blake, nuestro amigo, es un chico maldito por la Profecía del Mal ―exclamó Ángela―. No es un héroe si no vuestra herramienta de guerra, así que ¿para qué necesitaría de nuestra compañía? 

»¡¿Cuánto tiempo nos dejaréis acompañarle realmente?! ¡¿Cuánto tardaréis en echarlo a los soldados enemigos?!

Y Claire comprendió. El Consejo las llamaba afortunadas por relacionarse con un héroe y, sin embargo, aquellos lazos serían un retroceso a la hora de ejercer como tal. 

―Blake es todavía menor de edad y todo soldado debe hacer voto de voluntad para ejercer como tal, Elegides incluides ―pronunció Andrew, con una calma visiblemente entrenada como mediador―. Es ilegal enviarlo a la Guerra por mucho que el Consejo necesite su ayuda. Además, carece de experiencia y ni siquiera sabemos cuál es su potencial como luchador. Es inviable, más allá de la legalidad y moralidad, pensar siquiera en eso.

―¡Pero ocurrirá! ―cortó Ángela, dando voz a los pensamientos de Claire―. Blake cumple en primavera. Le rogaréis, le chantajearéis o le obligaréis de alguna forma y entonces tendrá que marchar.

―Llegará un día en que Blake luchará si así lo desea ―puntualizó Merody. Claire observó que no estaba tan entrenada en aquellas mediaciones y su labio superior tembló con aquellas palabras. Tuvo un escalofrío―. No podemos obligarle. Valorad el presente actual, no es cuestión de preocuparos por el futuro ahora. Tenéis la opción de estar juntos, de estudiar y apoyarle en el proceso que se le viene encima…

―Ah, porque entonces así tendréis dos cabezas más para la guerra.

―¡¿Qué?! ―musitó Merody, visiblemente aturdida. Andrew se incorporó hacia adelante.

―Ángela, por favor. Te estás precipitando. De verdad no queremos obligaros ni a Blake ni a vosotras a nada, ni mucho menos haceros daño. El Consejo está para proteger a sus ciudadanos, es nuestra máxima prioridad.

De pronto, los tres pares de ojos se giraron hacia Claire, guardando silencio para escuchar su murmullo.

―La guardia es el brazo del Consejo, la que tiene la obligación de proteger a los inocentes ―dijo con voz átona, con la mirada perdida en aquel momento en el lago antes de la masacre. Ahora entendía aquellas palabras―. Pero les Elegides no están bajo su protección: esa es tarea de los dioses. 

Andrew parpadeó. Su aparente calma se rompió y sus labios solo dejaron salir un hilo de voz cuando preguntó:

―¿Cómo sabes eso?

―Me lo contó Gart, uno de los guardias que murió por nosotros. 

El agobio se reflejó una última vez en los ojos del Consejero antes de endurecer su expresión. Sus pupilas se volvieron ilegibles para Claire, sorprendiéndola tanto que casi ignoró la voz de Ángela.

―Mi mejor amigo va a convertirse en un monstruo ―repitió, de nuevo entre lágrimas―. Héroe o no, soldado o no, nada va a cambiar eso. Solo quiero estar a su lado.

Andrew se levantó para ponerle una mano en el hombro que, sorprendentemente, Ángela no rechazó. Sus palabras de ánimo sonaron ajenas para Claire. Su mente todavía intentaba procesar aquella realización, aquel nuevo futuro que llevaba una hora intentando asimilar. ¿Podrían estar a su lado? Vivir en el Consejo y acompañar a Blake… ¿de verdad podían hacerlo?

¿O solo era otro sueño?

No. Su otra Voz había caído. 

―Son las dos ―declaró, de pronto―. Las dos de la tarde.

Ángela apartó sus dedos llorosos para revelar la lacrimosa confusión de su rostro. A pesar de la mundana afirmación, entendía su reacción. Algo en su tono ausente, durmiente casi, había alertado tanto a la joven como a los Consejeros. 

Con inmediata palidez, Andrew se giró al reloj de pared. Merody se saltó aquel paso. 

―Has oído algo, ¿verdad?

Claire entrecerró los ojos. Aquel tañido etéreo seguía reverberando en su cabeza. Dos lejanas notas. Si estuvieran en Máline, alzaría la vista al cielo y buscaría el reloj del ayuntamiento.

―Las campanas del reloj ―contestó con extraña seguridad. 

Entre el hueco de sus párpados, vio como aquellas personas murmuraban algo. No necesitó aclarar su visión o escucharlos para saber que negaban haber oído nada. Su alma sabía que aquellas campanas cantaban por ella, otorgándole un número y cerrando sus ojos como una corta nana. Su cuerpo se desplomó sobre el sofá, y los zarandeos que soportó se sintieron como una lejana brisa.

Perdió la consciencia y la Profecía anunció así su segunda Elegida. 



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Hola buenas Pues se ha quedado buen día para volver a abrir este blog y contaros qué es de mi vida. Como podéis suponer por mi silencio de.....