Ignorancia
―Has descubierto que portamos una
poderosa magia y, sin embargo, lejos de temer ahora quieres saber.
Claire frunció
el ceño. Aquella Voz, la suya propia, resonaba con burla entre las sombras.
―Todos estos años te has mantenido ajena
al conocimiento. Lo has ignorado a cambio de tu seguridad, de nuestra
seguridad. ―Instintivamente, Claire buscó la fuente de aquella Voz, pero
parecía proceder de todas partes menos su propia garganta―. Extorsionada por el
miedo has cumplido dicha tarea de forma excelente. Y ahora, tras el pánico y la
batalla quieres saber. ¿Por qué?
―Porque la ignorancia es muerte más allá
de mi hogar ―respondió Claire.
Por experiencia, sabía que callarse solo
conseguiría que la voz liberara las garras. No, era mejor darle conversación
hasta aburrirla, permitiendo que marchara en relativa paz. Aun así, mantuvo un
vistazo vigilante a la nada que la rodeaba. Con angustia, comprobó que la
oscuridad era tal que ni siquiera veía sus propias manos. Le costaba tragar
saliva. Sentía la misma presión que cuando había mucho méner, mucha magia, en
el ambiente. Probablemente la había.
―No puedo seguir negando que soy maga,
estos sueños son una demostración de ello. ―La Voz hizo una exclamación de
fingido interés y Claire siguió―. Mis propios amigos lo son y yo misma maté a
un animal con este poder. Por mi bien debo…
Una carcajada cortó su recién descubierta
motivación.
―¿Qué…? ¿Qué te hace tanta gracia?
―Que enumeres méritos ajenos como si fueran
propios. ―La sorna de su tono le provocó un escalofrío―. Tú, que ni siquiera
sabes quién eres, no deberías apropiarte de lo que desconoces, y más cuando
puedes seguir lamentándote gracias a mí.
Sus labios no lograron dar con una
respuesta rápida.
―Fuiste tú… ―balbuceó―. ¿Fuiste tú la que
me salvó?
―Por desgracia no tuve más opción. Mi
existencia está ligada a la tuya. Por mucho que me duela, necesito que sigas
respirando.
―¿Permitiste que hiciera magia?
La Voz volvió a reír.
―Tu miedo lo ha estado impidiendo todos
estos años.
―Miedo que me provocabas tú,
¿verdad?
―¡Si sabrás pensar y todo! ―Claire apretó
los dientes y reprimió una respuesta, pues la voz siguió―: Ya lo sabías, solo
buscabas la confirmación, ¿verdad? Pues hay una razón para mis actos. Es por
nuestra seguridad, por una promesa que eres incapaz de recordar, como tantas
otras cosas. Tampoco mereces conocer de esta, así que ahórrate las
preguntas.
Claire miró a su alrededor, esperando las
garras. No esperaba un golpe bajo y debería haberlo hecho. Su frustración era
tal que deseaba marchar ya, aunque fuera arrastrada por las garras. Por
supuesto que había atribuido su miedo a sus pesadillas, pero estas seguían
siendo sueños. ¿Tanto impacto tenían en la vigilia?
Había una forma de comprobarlo.
―Libérame del miedo.
―¿Perdón?
―Libérame del miedo ―repitió―. Déjame
acceder a nuestro poder y comprobar las diferencias entre la ignorancia y el
saber. Hasta entonces, no creeré en esa “promesa olvidada”. Además, tú misma
has empezado a levantar esa prohibición, ¿no es así? He saboreado la curiosidad
porque tú también la sientes.
A pesar de la negrura que devoraba su
cuerpo, cegaba sus ojos y oprimía su pecho; Claire sintió que aquella Voz
sonreía. Era una sonrisa que carecía de la amabilidad de Blake o la calidez de
Ángela. Era calculadora, era despiadada.
Y nacía de su interior.
―Me duele admitirlo, pero tienes razón…
aunque no por lo que crees. Las tornas han cambiado, mi vasija. El silencio me
inquieta, así que requiero de un recipiente que conozca los peligros más allá
de este insulso pueblo. Necesitarás poder. Necesitarás saber. Pues, aunque las
posibilidades sean remotas, si podemos… tendrás que valerte por ti misma para
devolverle el favor.
Gritó. Sus manos ahora desaparecieron tras
el blanco filo de las garras. Su claridad era tal que cegaba entre la
oscuridad. Forcejeó por instinto, aunque la razón le recordara la inutilidad de
tal acción. Dolió cuando la atraparon, dolió cuando la arrastraron.
―Prometo que dejaré que experimentes
conocimiento y magia sin temor, mi reflejo, aunque sea por unos pocos soles.
Espero que a nuestro reencuentro hayas logrado grandes cosas… Aunque tampoco
tengo mucha esperanza en ti ―Claire volvió a gritar, pero su angustia no
rivalizó con las carcajadas de la Voz―. ¡Hasta pronto!
Entre el negro, solo se distinguía los
cepos que la arrastraban a ninguna parte. Sus brazos, su torso, incluso su voz
acabó devorada por aquella nada cada vez más pesada.
Y, por fin, un ruido la llamó a la
realidad.
La urgencia de la puerta la instó a
levantarse de la cama, ya espabilada por el ruido y el susto al final del
sueño. Al descorrer las cortinas en busca de luz, se sorprendió al ver que
apenas amanecía.
«¿Y este madrugón, Blake? ―pensó,
dirigiéndose hacia la puerta―. Creo que jamás te he visto despierto tan
temprano. Supongo que será cosa de tus padres».
Un atisbo de remordimiento cruzó su mente,
ya que la temprana visita podría deberse a la preocupación de la pareja. Si
aquel era el caso, lamentó tanto su desasosiego como su compañía, pues su
último sueño requería una charla a solas con Blake.
Abrió la puerta y descubrió que tendría
que aplazar la sesión de terapia onírica, no por la presencia de los Sanadores,
si no por los desconocidos que recibió. Los tres iban armados con lanzas de
punta plateada, no las porras de la policía al servicio del Reino. En sus
uniformes encontró un símbolo que reconoció por las enseñanzas de su infancia:
un yelmo plateado sobre una estrella de ocho puntas. Era el signo de la Guardia
Central, el brazo de la ley del Consejo Mágico. Mientras asumía aquella escena,
la persona al frente le preguntó:
―¿Es usted Claire Máline, residente de
Máline?
―Solo uso Claire ―murmuró rápidamente―:
Pero sí.
Logró devolverle la mirada a aquella
persona. Tenía un nombre femenino en su placa, una mujer. Tras ella había
alguien con nombre compuesto y su camarada tenía uno típico neutro: un nombre
de nacimiento.
Este últime le comentó algo en voz baja a
su compañero. Aunque sus palabras no llegaron a oídos de Claire, por su actitud
pudo imaginarlas: Su apellido impostado delataba que carecía de familia, y su
palidez que era forastera.
―Una alerta ha dado voz al extraordinario
potencial mágico que posee, lo que la pone bajo sospecha de ser candidata a
Elegida de la actual Profecía. Por ello, será acompañada a la Sede del Consejo
Mágico más cercana, la Sede Sureste, para verificar si su poder es digno de tal
cometido. Por favor, acompáñenos.
El tiempo volvió a detenerse a ojos de
Claire. Su corazón se paró abruptamente y su respiración se contuvo a mitad de
la exhalación. Tanto el color como su mente permanecieron con ella, sus
pensamientos repitiendo aquellas palabras una y otra vez.
Candidata a Elegida… ¿Cómo? Ni siquiera
sus amigos la habían visto hacer magia, pues llegaron después. ¿Se lo contarían
a sus padres? ¿Habrían dado estos el chivatazo? No, no podían haberla
traicionado así. Tanto la familia de Blake como la de Ángela la conocían de
toda la vida, la querían. No serían capaces.
En algún momento, el granate y gris de los
uniformes ante ella le recordó que el tiempo seguía su curso. La mirada de la
guardia, con intención amable pero igualmente apremiante, la instó a asentir y
dejarse conducir hacia el coche de caballos que la esperaba al final del
camino. Ni siquiera preguntó por cambiarse de ropa o recoger algo de equipaje,
pues el torbellino de pensamientos en su mente le hizo olvidar el frío matinal.
Entre teorías y posibilidades nació la
idea de escapar. Si pudiera parar el tiempo de verdad, tal y como el día
anterior… Pero un vistazo a sus captores le hizo descartar aquella idea. A
pesar de su agilidad y magia, se enfrentaba a personal entrenado: acabarían
encontrándola e incluso podrían añadirle cargos por eludir a la justicia. Sus
recién descubiertos poderes tampoco eran una elección. Si bien quería probar la
libertad prometida en su sueño, temía descontrolarse como Ángela. Ignoraba cómo
usar sus dones y estos eran potencialmente letales, mejor dejarlos para
situaciones de vida o muerte.
Sumida en sus pensamientos, subió al coche
dócilmente. Allí, la líder le mostró unas esposas y, con amable
profesionalidad, le explicó:
―Debo ponerte esto. Es por precaución y
protocolo. Sentimos las molestias.
No tenía otra opción, así que Claire
tendió los brazos y dejó que le pusieran aquellos extraños brazales negros.
Casi al instante, notó como sus fuerzas flaqueaban, teniendo que esforzarse por
no caerse. Tardó unos segundos en acostumbrarse a aquella extraña debilidad y
sentimiento de contención.
―Son brazaletes de inhibición, bloquean
la manipulación del méner ―le explicó la guardia, con un ligero deje de
preocupación―. También se llaman “esposas anti-magia” por ese motivo. De nuevo,
sentimos las molestias.
Por suerte, no tardó en acostumbrarse a
aquel raro bloqueo y durante el trayecto se dedicó a mirar por la ventana. La
líder y une de sus compañeres la escoltaron dentro del compartimento con seria
profesionalidad, mientras el otro hacía de cochero. No preguntaron nada más. Su
misión se limitaba a llevarla hasta la estación de tren, como le comunicaron al
poco de marchar.
Las calles estaban más vacías que el día
anterior, probablemente por la hora y el frío matutino. Igualmente, aceras y
calles se alumbraban por farolas alimentadas por fuego elemental, y de algunos
hogares se entreveía la luz de lámparas encantadas. Máline no era grande, así
que la estación cubierta de nieve y escarcha, hermosa a pesar de su simpleza,
pronto apareció tras el cristal. La visión de aquel lugar, construido en piedra
oscura y madera ennegrecida por el paso de los años, adquirió un funesto
significado para ella.
El coche se detuvo suavemente y su escolta
la ayudó a bajar, guiándola después al interior del edificio. La vieja estación
carecía de pasajeros y estaba llena de guardias y policía armada. Un reloj con
el cristal lleno de polvo marcaba las ocho y cuarto. En el andén esperaba un
único tren, el más hermoso que Claire hubiera visto jamás (aunque tampoco había
podido contemplar demasiados). Era de hierro oscuro y decoraciones en placa
verde, con ligeros grabados dorados bajo las ventanas. Pudo entrever su
interior a través de ellas, elegante y acogedor. También parecía haber guardias
dentro, así que Claire apartó la vista y entonces cruzó miradas con Blake y
Ángela.
Su escolta dejó que se acercara a sus
amigos. También iban en pijama, aunque cubiertos por chaquetas. Claire lamentó
no haber cogido abrigo, aunque no lo necesitaba de momento.
―¿Nos han traído por lo de ayer? ―les
preguntó entre susurros.
―Eso estábamos discutiendo —respondió
Blake, encogiéndose de hombros—. Parece lo más probable.
—Entonces fue por mi culpa ―siguió Ángela,
temblando de frío―. La única pista que tienen son los cuerpos… Bueno, las
cenizas. Y ningún encendedor o mago del pueblo dio la alarma, así que entiendo
que sospecharan de mí ―suspiró y centró la mirada en sus amigos, como si de
repente descubriera que estaban ahí―. ¡Un momento! Entonces, ¿qué hacéis aquí?
―Porque no conocen al autor del cuerpo
monocromo ―respondió Claire, al mismo tiempo que ella misma se daba cuenta― y
Blake y yo somos los principales sospechosos por llevarnos contigo. ―Ángela
bajó la cabeza, casi avergonzada, y Claire se giró hacia Blake―. Lo siento por
haberte… por haberos involucrado en esto. Es mi magia la rara, ¿no?
―No, no es eso. No tenéis nada de lo que
disculparos, chicas ―negó Blake. Puso una mano en el hombro de cada una―. Tu
magia es peculiar y la de Ángela poderosa, sí, pero en circunstancias normales
no estaríamos aquí ninguno de los tres. Ya oíste ayer en el bar, están
desesperados y ven Elegides en todas partes. Solo ha sido mala suerte.
Blake les dedicó una sonrisa
tranquilizadora que pareció funcionar. Ángela asintió, desterrando la culpa de
su rostro, y Claire se permitió guardar sus temores.
―Solo ha sido mala suerte y desesperación
―insistió él―. Quiero decir, míranos. Nos han sacado de casa en pijama, sin
dejar que nos acompañaran nuestras familias. Apenas pude despedirme de Blumy y
odio dejarle solo con mis padres. Nunca le dejan salir al jardín por si se come
las flores… ―suspiró y miró a Claire. Un pensamiento desterró su abatimiento―.
Bueno, no será para tanto. Pasaremos unos días en la Sede y volveremos tan
tranquilos.
―Por suerte nos tenemos a los tres ―apuntó
Claire.
―¡Exacto! ―Una sonrisa pícara cruzó el
rostro de Blake―. Podríamos usar esta oportunidad para seguir con tu educación.
Claire tardó en devolverle la sonrisa.
Había notado un titubeo en su voz, en sus ojos.
―Es verdad, ¡podemos explicarte el
funcionamiento del Consejo de primera mano! ―exclamó Ángela, bastante más
emocionada que ella―. Puede que no sea tan emocionante como aprender magia,
pero…
El entusiasmo de Ángela fue interrumpido
por la llegada de un guardia.
―Disculpad, debéis subir al tren. Ya es la
hora.
La escolta se dividió con la inminente
partida. Un par de guardias acompañó a Claire y sus amigos a uno de los vagones
y el resto se distribuyó a lo largo del tren.
«Extraño ―pensó, mientras le tendían una
mano para subir―. Al final será cierto que las esposas eran por protocolo, al
igual que el volumen de la escolta. Supongo que a sus ojos solo somos críos.
¿Cambiaría si supieran lo que hizo mi magia…?»
Sus funestas cavilaciones desaparecieron
al contemplar el interior del vagón que, por la expresión de sus amigos,
entendió que era realmente lujoso. El material predominante en las decoraciones
era madera oscura, con motivos florales tallados. Los asientos estaban
cubiertos por cojines verdes, color que también se extendía por el papel de las
paredes. La iluminación era cálida y, si no fuera por la estación tras las
ventanas, Claire habría pensado que se encontraba en el vestíbulo de un hotel,
de una mansión tal vez. Nunca había pisado ni uno ni otro, pero supuso que
lucirían similares.
Dos nuevos guardias se acercaron a
quitarle las esposas. Al ver cómo Claire contemplaba sus alrededores, el más
cercano a ella explicó:
―Este es un tren de uso exclusivo para el
Consejo, específicamente para conducir a candidates a Elegide a la Sede
Sureste. Lleva funcionando desde hace más de seis Profecías. ―La mirada del
hombre acompañó a la de Claire, que se detuvo en un par de mesas al fondo―.
Allí tenéis desayuno y luego os serviremos almuerzo. Ser candidates a Elegide
es un honor, así que acudid a nosotros si necesitáis cualquier cosa.
«Un honor ―se repitió Claire, mientras el
hombre se reunía con su compañero en un par de asientos―, dice mientras
marchamos sin pertenencias ni la despedida de nuestras familias. Extraño
concepto del honor tienen aquellos al servicio del Consejo».
Antes de servirse el desayuno, los
guardias les tendieron ropa de recambio. Claire lo agradeció mentalmente y
Ángela expresamente, y ambas coincidieron que habría sido extraño visitar una
sede del gobierno en pijama. Condujeron a cada joven a un compartimento
distinto para cambiarse. Las prendas eran bastante básicas: pantalón y zapatos
oscuros, junto a una camisa gris con la estrella de ocho puntas en el pecho,
símbolo del Consejo.
Al probársela, Claire hizo una mueca al
comprobar que era tela fina, apropiada para el acogedor calor del tren, pero no
para el crudo invierno del exterior. ¿Estarían viajando a un lugar más cálido?
Por si acaso, tomó la chaqueta oscura que venía con el conjunto y se la puso
sobre los hombros. Por un momento, echó en falta sus bufandas y lamentó no
haber podido llevárselas.
El compartimento era pequeño y compartía la
estética del vagón-recibidor. Al sentarse en la cama, se dejó caer y la
comodidad la tentó a dormirse. Lo descartó enseguida. Ahora mismo necesitaba la
compañía de sus amigos, no la de sus pesadillas, por mucho que estas la
tentaran con pedacitos de información. Además, de nada le serviría dormir si
aquella voz dijo que se ausentaría por unos días.
Decidió volver al vagón común y remediar
su cansancio con café. Sus amigos también se habían cambiado y Ángela llevaba
dos tazas en sus manos: chocolate caliente para Blake y café con leche para
ella. Tras dejarlas en la mesa y dedicarle una sonrisa a la recién llegada,
volvió junto a Blake para contemplar cómo apilaba comida en un plato ya
rebosante.
―Todavía no me creo que seas capaz de
comer en un momento así ―comentó Ángela, sin una pizca de asombro. Ni se inmutó
cuando un tercer bollito alcanzó la cúspide de la montaña de galletas―. ¿Cómo
lo haces?
―Es sencillo, mi estimada Ángela
―respondió con dramatismo y sin mirarla, ya que tenía la atención puesta en equilibrar
el nuevo bollito―. Pillo comida, la pongo en el plato y después me la como. El
segundo paso es ligeramente más complicado que el resto por mi avaricia, pero
distribuirlo con otro plato sería una afrenta a mi honor.
―Ahí te cabe una magdalena para mí ―señaló
Claire.
—Y dos… Bueno, tal vez no. No, no, ¡no!
La inestabilidad de la montaña de
carbohidratos convenció a Blake para distribuir el contenido en un segundo
plato junto a Claire, que ambos llevaron a la mesita que escogió Ángela. Aunque
la ausencia de carnes denotaba que Blake escogió el desayuno, se había
preocupado en poner dulces que les gustaran también a sus amigas. Las galletas
de crema de cacahuete impresionaron a Claire, y Ángela les dedicó un aprobado
alto a las tartaletas de frutos rojos. Por recomendación de Blake, Claire
aceptó abrocharse el cinturón de los asientos.
―¿Esto nos salvará si el tren se sale de
las vías?
―Sí, ayuda a tenerlo fijo en los raíles
―rio Blake.
―Es la primera vez que veo un tren con
cinturones ―añadió Ángela.
―Creo que es porque se diseñó durante una
de las guerras monocromas y necesitaban garantizar la seguridad de les
candidates.
―Ah, pues como ahora ―bufó Ángela.
Blake puso los ojos en blanco.
―Tan solo abrochaos. Soy hijo de
Sanadores. Me tomo la seguridad muy en serio, ¿vale?
Como si afirmara las palabras de
Blake, el tren dio una sacudida que asustó a Claire, calmándose solo cuando
siguió la mirada de Ángela hacia la ventana. Estaban saliendo de la estación,
despacio, como si la propia maquinaria quisiera despedirse de la modesta
Máline. Las farolas eran puntos de luz entre la niebla y el vapor del tren,
cada vez más lejanos conforme la fría blancura las engullía. La ventana estaba
helada, y los dedos de Claire se quedaron pegados en ella por unos segundos.
Había empezado a llover, y las gotas de agua parecían competir en su carrera
sobre el cristal. A través de la llovizna y la nieve, Claire vio como el pueblo
que la acogió se alejaba cada vez más deprisa y una extraña sensación se
apoderó de ella. El vértigo y la aguda nostalgia le hicieron preguntarse si
alguna vez volvería a Máline, y en seguida negó con la cabeza ante el
dramatismo de la duda.
Tras un último vistazo, Máline desapareció
entre la marea verde y gris que formaban los árboles que la rodeaban. Fue como
si el propio bosque hubiera devorado el tren.
Volviendo la vista al interior del vagón,
Claire comprobó que su escolta más cercana seguía siendo de dos personas, ambos
hombres. Se mantenían al margen, charlando tranquilamente, sin prestar
demasiada atención a los jóvenes.
«Tampoco es que les hiciera falta ―pensó
Claire―. No vamos a saltar del tren para huir. Las ventanas están selladas… y
no estamos tan locos».
Aún así, tras comprobar las distancias,
susurró a sus compañeros:
―¿No os parece poca vigilancia? Hay como
treinta guardias y solo dos aquí.
―Son suficientes para nosotros ―contestó
Ángela―. El grueso de la escolta es para protegernos, no para supervisarnos o
impedir nuestra huida.
―¿Protegernos? ―repitió Claire―. ¿De qué?
―Es complicado ―siguió ella. Su
característica vivacidad cambió a una expresión reflexiva mientras encontraba
las palabras adecuadas―. Aunque Máline y la mayoría del Reino de Sidera está
lejos del conflicto armado, el mundo entero es un campo de batalla. La
aparición de la nueva Profecía y sus Elegides se presentó como un punto de
inflexión a la contienda, y los tres Bandos les desean por distintos motivos.
El Consejo Mágico, sin ir más lejos, pretende emplearles como armas de guerra
para lograr la victoria.
Claire parpadeó. Aunque había escuchado
fragmentos sobre aquel tema a lo largo de su vida en Máline, no dejaba de
sorprenderle.
―Quieren usar niñes para luchar en la
Guerra. ¿En serio?
―Bueno, técnicamente niñes ya no son
―comentó Blake, encogiéndose de hombros―. El tiempo de Elección de las
Profecías es de cinco años y esta salió hace veinte, por lo que les Elegides
tienen entre diecisiete y veintidós años ya. Hace tiempo que habrán escogido su
nuevo nombre u optado por mantener el primero, aunque la costumbre sea hablar
de Elegides y candidates con la e ―chasqueó la lengua―. Acabo de caer en que
cumplimos el requisito de la edad.
―Sigue siendo bastante dudoso moralmente
―replicó Claire.
―No lo niego. Es más, las malas lenguas
dicen que incluso aprovechan la búsqueda de Elegides para incorporar a les
candidates como aprendices del Consejo o ejército. ―Claire abrió los ojos con
sorpresa y Blake la calmó forzando una sonrisa despreocupada―. No sé cómo será
en el caso de les Elegides, pero no pueden obligarnos a luchar siendo civiles.
No te preocupes.
―Es cierto, aunque dudo que solo sean
rumores ―añadió Ángela, en voz notablemente más baja.
―Bueno, que intenten enrolarnos a ver qué
pasa ―rio Blake―. Me veo el primer día de entrenamiento yendo a la enfermería
con el pelo quemado.
Un puntapié “cariñoso” le robó una
exclamación a Blake.
―¡Ay! Vale, lo siento, lo siento.
Una pequeña discusión saltó entre los dos.
Claire no participó, recogiéndose en si misma para memorizar bien aquella
información. ¿Tanto poder tenían les Elegides como para ser empleades en la
Guerra? ¿Por eso el Consejo parecía tan desesperado en encontrarles?
Ángela asintió cuando verbalizó aquella
pregunta.
―Eso se dice, pero no es algo único a esta
Profecía. Quiero decir, todas han dado mucho poder a sus Elegides, solo que,
esta vez, parece centrarse en su aptitud para el combate.
―Porque les convertirá en monstruos
―siguió Claire, y Ángela desvió la mirada, visiblemente incómoda. Había visto
aquella expresión cientos de veces entre sus vecinos al salir el tema―.
Entiendo entonces que la prisa del Consejo no es solo para emplearles en la
Guerra, si no también para evitar que los otros Bandos hagan lo mismo.
―Sí y no ―contestó Blake, con cautela―. No
descartaría que compartiéramos intenciones con los Neutrales, pero los
Metaloides buscan abolir la magia. Sus leyes, que en muchos de sus países
también son mandamientos religiosos, prohíben el uso de cualquier cosa que
moldee la energía mágica conscientemente, por lo que quieren matar a les
Elegides por más motivos que dar ventaja al Consejo. ―Claire frunció el ceño,
mirándole con interés―. Se declararon culpables de un par de atentados en
Derakonia con candidates: nunca llegaron a sus Sedes para la comprobación.
―Los asesinatos a candidates son escasos y
normalmente ocurren en las fronteras, por eso en Sidera no hemos tenido
atentados ―continuó Ángela―. Es posible que nazcan magues con padres de Talento
bloqueado, pero es mucho más raro. Antes que en el Bando Metaloide, les
Elegides probablemente nacieron entre Mágicos o incluso Neutrales.
―A lo de si el Consejo está desesperado o
no, pues los ejércitos están mermándose y han perdido varios archimagos en la
última década ―bufó Blake―. ¿Te suena la Sangría Azul? ―Claire inclinó la
cabeza, invitándole a explicarse―. Verás, gran parte del prestigio de una casa
real viene de su linaje mágico, por lo que siempre mandan altos nobles a la
guerra. Hace unos… ¿siete años? Los Metaloides mataron a cinco monarcas en
apenas unos meses. Mi padre dice que el Rey de Retarguia sigue guardándole el
luto a su esposo tras tantos años, y tanto Zes’Haris como Derakonia han tenido
conflictos tras sus respectivas pérdidas…
Claire asintió despacio. Después de
Sidera, Retarguia era el nombre que más le sonaba: de allí procedía la familia
paterna de Blake.
El muchacho no tardó en notar el gesto
pensativo de Claire, quitando peso a la conversación con gesto risueño:
―Y aquí llevas tu primera clase oficial de
magia y geopolítica. ¿Cómo lo llevas? ¿Alguna pregunta más?
Claire meditó su propuesta unos instantes.
Durante aquella conversación, el humor de Ángela convirtió su sonrisa en una
mirada funesta. La joven había intentado ocultarlo, centrándose en su desayuno
y evitando mirar a sus compañeros, pero Claire siguió notando la tensión de sus
hombros y la inquietud en sus ojos oscuros. Aunque decía reconfortarse en la
estadística, le incomodaba el tema de la Profecía.
En cambio, Blake parecía tranquilo. Era
tranquilo en sí. Pocas cosas podían alterarlo y, al parecer, aquella
conversación no era una de ellas. Incluso en la pelea de ayer logró enmascarar
sus nervios hasta que le pidió huir y el miedo se reveló en sus suplicantes
ojos.
La conversación de ayer le ayudó a
entender ambas posturas. Ángela expresó sus temores hacia su magia, difícil de
controlar, por lo que comprendía que temiera y asociara aquel poder al de una
Elegida. Pero Blake… No, en serio. ¡¿Cómo podía estar tan tranquilo?!
―¿Cómo estás tan seguro de que no eres un
Elegido?
Blake parpadeó antes de fijar la mirada en
Claire. Su sorpresa era genuina.
―Mm… Porque si me estuviera convirtiendo
en un monstruo ya lo habría notado, no es un cambio del día a la noche. Como no
ha ocurrido, sé que no lo soy. ―Blake se encogió de hombros―. Quiero decir, no
me han crecido garras ni tengo sed de sangre o algo así. Es más, soy un humilde
vegetariano con sed de chocolate. Este está realmente bueno.
Terminó de hablar con una sonrisa y se
apartó unas migas de galleta de la mejilla, antes de volver a su taza. Ángela,
quien había estado vigilando a los guardias innecesariamente, volvió por fin la
cabeza hacia sus amigos. Claire pensó en repetir la pregunta, pero se contuvo
al recordar su incomodidad ante el tema.
Por eso se sorprendió cuando ella contestó
igualmente:
―Yo es que soy demasiado guapa para ser
una Elegida. ―Claire sonrió y casi se le escapó la risa cuando Blake se
atragantó con el chocolate―. ¡Blake, te va a caer otro puntapié!
―¡Es que no me lo esperaba! ¡Ja, ja! ¡Lo
siento! ¡Ay!
―Si normal que no temas ser un Elegido con
lo tonto que eres. Así ha salido Blumy copiándote. ―Ahora fue el turno de
Claire para reírse, y Ángela le dedicó una cálida sonrisa―. Sé más positiva,
Claire. Tú que eres tan racional, recuerda que la estadística está de nuestra
parte. Si no, alude a tus sentimientos: tú tampoco te sientes como un monstruo
¿verdad?
El recuerdo del cadáver monocromo volvió a
la mente de Claire. Había muerto muy rápido… De forma casi indolora, se atrevió
a pensar. No parecía un acto cruel como su mente sugería que actuaría un
monstruo.
―No, no me siento como tal.
―Entonces no tienes por qué preocuparte.
Tómatelo como un viaje entre amigos, tu primera vez fuera de Máline. Si
quieres, en volver lo celebramos con una fiestecita.
Claire asintió y volvió la vista a la
ventana, distraída. Poco recordaba de los mapas del Bando Mágico más allá que
se dividía en nueve Reinos, y tras el cristal no había elemento discernible.
Había notado el descenso montaña abajo del tren, por lo que no le sorprendió la
desaparición paulatina de la nieve. El velo que confundió con niebla pronto se
tornó lluvia, y esta amenazaba con dar paso a un potente aguacero.
El traqueteo del tren y el tenue sonido de
la lluvia sobre la ventana se mezclaba con las voces de sus amigos,
transmitiendo a Claire una extraña calma. Había vivido aquella situación tantas
otras veces en los hogares de sus amigos y, sin embargo, ahora estos quedaban
atrás.
¿Cómo de lejos estaban ya?
—No lo sé —le contestó Blake, al
verbalizarlo ella—. Llevaremos una media hora de viaje.
—¿Habremos salido ya de nuestro Reino?
—Si tuviera una brújula te lo diría, o si
la lluvia permitiera ver el sol un poco. —Acompañó sus palabras de un vistazo a
la ventana. Sus reflejos cruzaron miradas un momento antes de rendirse—. Ni
idea, aunque no vivimos lejos de la frontera Norte.
—Seguimos en Sidera —objetó Ángela—.
Nuestra Sede es la Sureste y vivimos cerca del límite Norte de su
jurisdicción.
—¿Y a cuánto queda de Máline?
—No se sabe —sonrió Ángela, lo que provocó
un confundido parpadeo de Claire—. Su localización es secreta gracias a un
complejo sistema de ocultamiento mágico. Ni civiles ni enemigos pueden entrar o
saber de su localización exacta.
—¿Cómo es eso?
—Conexión a la Red de Méner y muchos
Recitadores trabajando, supongo —contestó Blake, encogiéndose de hombros—. Solo
sabemos de su localización aproximada por los nombres: Noreste, Noroeste,
Sureste y Suroeste.
Claire frunció el ceño.
—Creía que todo el mundo sabía dónde
estaba la capital y el gobierno.
—Los de cada Reino sí, pero el Consejo es
un organismo distinto. —Blake chasqueó la lengua, dándose un momento para
encontrar la explicación que dar—. Los monarcas se encargan de hacer cumplir
las leyes noma, con la policía y sus tribunales reales, mientras que el Consejo
dirige asuntos de naturaleza mágica: las Academias, los oficios mágicos (como
los guardias), la Red de Méner… De eso no tenemos en nuestro pueblo, pero
permite mantener activos aparatos mágicos en las ciudades. Funciona con la
colaboración de las Torres de Dioses…
La mirada de Blake se desvió
tentativamente hacia Claire ante aquella mención, descubriendo que, como
esperaba, había entrecerrado los ojos. Se encogió con un gesto culpable.
—Tampoco sabes de ellas, supongo. —Aunque
le sonaban ligeramente, Claire negó y Blake siguió su explicación—: Son la
tercera institución que rige el Bando Mágico. Alimentan la Red de Méner y velan
por Elegides y Profecías, entre otras cosas. También están ocultas,
sobrevolando el continente, y sus nombres completan la rosa de los vientos
junto a las Sedes: Norte, Sur, Este y Oeste. —Blake le dedicó una mirada
comprensiva a Claire—. Lo bueno de eso es que no te costará mucho aprender los
nombres. ¿Te has enterado más o menos bien?
Claire asintió.
―Hay nueve Reinos y luego cuatro Sedes y
cuatro Torres que forman ocho. ―Frunció el ceño―. Nueve y ocho, ¿no os da rabia
que no coincidan los números?
―¡Sí, gracias! ―exclamó Ángela―. ¡Llevo
pensándolo desde niña! Y encima Blake no lo ha dicho, pero hay una Sede y Torre
Centrales, así que ni siquiera se cumple lo de la “rosa de los vientos”.
―Agh, no las había mencionado porque son
edificios que solo se ocupan durante reuniones y eventos excepcionales
―masculló Blake.
―Hablando de “eventos” ―volvió Ángela, con
un brillo en los ojos que advertía peligro―, ¿creéis que podremos asistir al
Baile de Fin de Año?
―¿Baile? ―repitió Claire, y Blake se
apresuró a contestar:
―¿No creo? Quiero decir, solo somos
candidates a Elegide. Nuestra relación con el Consejo es meramente temporal.
―¿Y si consigo convencerles? Vamos, mis
madres siempre han hablado maravillas de los bailes del Consejo, y el de Fin de
Año es de los más espectaculares. Lo único es que no llevo vestido conmigo,
pero aún quedan un par de días. Seguro que apaño algo.
―Cielos, espero que nos suelten antes de
eso ―exclamó Blake―. Los aprendices y Consejeros no merecen que les persigas
para bailar… ¡Ay!
Un movimiento bajo la mesa advirtió de
otro puntapié hacia Blake. Durante unos instantes, el mueble ocultó una intensa
pelea de pataditas y maldiciones de la que Claire se apresuró en apartarse,
desviando la vista hacia la ventana. Seguía sin verse nada interesante. Solo
niebla, lluvia, y unos árboles oscuros similares a los de los bosques
malinenses.
―¡Ay! Con esa te la has ganado ―exclamó
Ángela quien, sin embargo, de pronto endulzó la voz―: Ahora solo le pediré
bailar a mi querida Claire. Tú tendrás que ir lo suficientemente elegante como
para que considere tomarte de la mano.
―Iré en pijama si así consigo que no me
pises también bailando. ¡Toma esta!
Otro golpecito y otra queja que ocultaba
una risa tonta. La niebla se disipó un poco y Claire pudo observar el paisaje.
Parecía que las vías habían subido por una pequeña colina, y entre el oscuro
verde y el aguacero, un destello reflejó las luces del tren. ¿Un lago tal vez?
Y aquella estructura ennegrecida…
Risas y pensamientos se enterraron bajo un
chirrido metálico que reverberó por todo el vagón. Sin previo aviso, el tren
comenzó a frenar en un intento desesperado de mantenerse sobre las vías. Las
luces se apagaron tras parpadear unos instantes, sumiéndoles en una agónica
oscuridad donde Claire solo podía guiarse por los chillidos de sus amigos. Su
cuerpo quiso salir despedido del asiento y el cinturón lo retuvo en su sitio,
clavándose en su carne y huesos. El impacto expulsó el aire de sus pulmones. Un
golpe sordo y otro frágil indicaron que los platos se habían roto. Un
escalofrío subió por su espalda al no reconocer la voz de Blake entre los
gritos. Cuando el tren dio la sacudida final, Claire no podía despegar los
dedos de la madera, temiendo un último tirón. Tomó aire. Dolía respirar.
―¡¿Qué narices acaba de pasar?! ―chilló
Ángela a su lado―. ¡¿Estáis bien?!
Al fin, Claire logró separar las manos del
asiento, alargándolas en busca de Ángela.
―Lo estoy ―le contestó, y apretó su mano
para reforzar sus palabras.
―¡Guardad la calma! ―escucharon de fondo.
Era uno de los guardias―. Voy a encender las luces con el suministro de
emergencia.
Pasos y un clic metálico. Claire lo
reconoció y también desabrochó su cinturón con manos doloridas. Ángela
permaneció inmóvil a su lado.
―¿Blake…? ―lo llamó, con voz queda.
Claire rodeó la mesa, dando con el cuerpo
de su amigo. Al notar su cara, algo se pegó en sus dedos. Sus pies crujieron
entre trozos de platos rotos.
―Sigue aquí, pero creo que se ha golpeado
con algo. ¿Blake? ¡¿Me oyes?!
Las luces volvieron y unas sombras
delataron que los guardias habían acudido a su lado. Claire no se giró a
mirarlos. Aún tenía las manos sobre los hombros de Blake, manchados de restos
de comida y trozos de porcelana. Había sangre goteando de su frente. Sus ojos
cerrados.
Gritó.
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