Leyes Sagradas
Los efectos de la maldición
sobre la inconsciencia son horribles. No puedo dormir ni soñar. Desmayarme es
lo más parecido a cerrar los ojos y abrirlos en otro tiempo. Mi cuerpo se
mantiene estable. Mi mente, no tanto. Aun cuando mis pensamientos se difuminan,
sigo sabiendo que estoy paralizado, consciente de mi inconsciencia,
completamente solo.
¿Cuánto tiempo
ha sido? ¿Cuánto llevo a solas?
…
¿Realmente
lo estoy?
La oscuridad se tragó aquella silueta
difusa, sus grises fundiéndose en el eterno negro. Su propia y ajena voz
murmuró algo, pero sus palabras se perdieron. Solo comprendió un lejano eco de
desesperada impaciencia.
Aquella urgencia se perdió entre el torrente
de recuerdos sobre el que flotaba, sin fuente de luz ni sentido de la
orientación. No abrió los ojos, pues sabía que al otro lado le esperaba el
conocido vacío. Mientras tanto, su mente la entretenía rememorando vivencias y
traumas. Pisó el pegajoso rojo sobre la madera del tren, procedente de los
cadáveres de su escolta, y lo tocó al comprobar la herida de Blake. Recordó sus
ojos del color del bosque, el mismo que ocultaba a los asesinos de los
desdichados guardias. Sus cuerpos se consumieron con las llamas naranjas de
Ángela, bajo las que también ardieron los monstruos enfermos. Podía oler aquel
hedor putrefacto consumiéndose entre el fuego, y el rumor de Blumy temblando en
su regazo. Cuando buscó su pelaje azul, encontró a sus propios ojos devolviéndole
la mirada en el espejo. Eran del color del hielo, siempre lo habían sido.
Pero aquella mueca cruel no era su
sonrisa.
Abrió los párpados y descubrió que no
había oscuridad tras ellos, que su cuerpo flotaba también en la realidad.
Parpadeó varias veces, acostumbrándose a lo irreal filtrándose a la vigilia. El
agua era un velo borroso y tardó en distinguir elementos a su alrededor.
Figuras ataviadas de blanco paseaban por una estancia también blanca. Algunos
focos parpadearon, obligándola a entrecerrar los ojos. Encontró dos personas de
inusual negro entre la pulcritud del lugar.
Una de ellas era la única que no la
miraba. Se trataba de un borrón negro con una chispa lila en la cabeza, como
algún tipo de flor mustia. La otra sombra se había juntado con alguien de
blanco y dos borrones grisáceos. Su boca tragó agua al reconocer el familiar
castaño y miel del cabello de sus amigos. Aquellos colores la despertaron
finalmente, y extendió una débil mano hacia ellos.
Un muro se lo impidió. Tardó un par de
toques más hasta que su mente, cansada, comprendió que estaban separados. Fue
entonces cuando bajó la mirada lentamente hacia su mano, descubriendo que no
era como la recordaba.
Sus dedos estaban unidos por una fina y
translúcida membrana.
Se asustó y retiró el brazo de cristal.
Tardó unos confusos segundos en apreciar que, a pesar de flotar en el agua, no
le “faltaba el aire”. El corazón le dio un vuelco. Por una vez, deseó estar en
una de sus eternas pesadillas, pero la claridad negaba cualquier intento de
autoengaño. Aquella era la luminosa realidad.
Por fin, reunió el valor necesario para
volver a mirar sus nuevas y temblorosas manos. La membrana era fina, de piel y
sin irrigación sanguínea, como si su pellejo se hubiera extendido entre sus
dedos. Bajo ellas, sus pies descalzos habían cambiado a una forma similar,
pataleando por inercia.
Aturdida, comprobó que las paredes a su
alrededor la contenían en una especie de tubo. Algunas formas distorsionadas se
acercaron al cristal, y Claire se apartó por instinto.
Al revolverse, un tirón en el pecho le
reveló la existencia de los cables. Uno nacía de un parche sobre su corazón y
atravesaba su camisa, la misma de ayer, conectándola a lo alto del tubo. De su
cabeza nacían otros dos que se posaban sobre sus sienes y se unían con el
anterior. Finalmente, uno en su brazo atravesaba su piel: una vía. Al
entrecerrar los ojos descubrió que más cables la esperaban más allá del tubo,
conectados a extrañas máquinas que supuso monitoreaban sus vitales.
Al buscar otros cables, encontró algo
todavía más extraño. Los laterales de su cuello estaban seccionados por amplios
surcos, dos a cada lado, que se movían al compás de su respiración. El contacto
con aquellos cortes le dio arcadas y retiró la mano rápidamente.
Su pecho temblaba a causa de sus latidos y
sabía que, de no ser por el agua, estaría hiperventilando. Miró a su alrededor
mientras aquellas sombras desconocidas se reunían sin dejar de observarla.
Aunque oía sus murmullos de todas partes, no lograba comprender palabra. Entre
la marea blanca había perdido de vista a sus amigos y cerró los ojos deseando
la conocida y amarga oscuridad de sus pesadillas.
Y entonces sonó la alarma. El agua comenzó
a descender arrastrándola al fondo del tubo. Sus pies se apoyaron temblorosos
en el suelo y cayeron junto a su cuerpo cuando su nariz dejó de inspirar agua.
El cristal se levantó y los murmullos se volvieron ensordecedores.
Su tos ahogó todo intento de comprender
sus palabras. Las franjas de su cuello se contrajeron como una soga, bloqueando
la salida del agua y la entrada de aire. Su cuerpo se encogió sobre si mismo y
se dejó caer al suelo. El rostro y el pecho empezó a dolerle por toser con
tanta fuerza y, en el fondo de su mente, se preguntó por qué ahora que tenía
aire era incapaz de respirar.
Entre el ahogamiento apenas notó a
aquellas manos desconocidas sobre su espalda, cuyo contacto repelió
inconscientemente mientras se revolvía. En algún momento, estas agarraron sus
brazos con firmeza, y poco a poco logró notar la calidez que emanaban al tocar
su espalda. El agua por fin subió por su garganta y manó de sus labios,
despacio, casi con gentileza, hasta una última arcada.
La presión de su cuello por fin
desapareció. Claire tomó una bocanada de aire antes de dejarse caer, agotada y
acogida entre extraños. Tardó unos largos segundos en recuperar del todo el
aliento, pero logró entreabrir los ojos buscando a sus amigos. Dos personas,
una de blanco y otra de negro, impedían el paso a Blake y Ángela. La de pelo
violáceo se acercó, aunque por su gesto no parecía mirarla.
Las manos la ayudaron a incorporarse con
medida delicadeza, y notó una toalla cubriendo sus hombros. Empezaron a
quitarle los cables con tironcitos que se perdieron entre una extraña sensación
de calor, más intenso que la Sanación de Blake, y su ropa empezó a secarse sin
quemar su piel.
Claire se dejó ayudar, pues no creía tener
fuerzas ni para ponerse en pie. Su respuesta más efusiva ocurrió cuando alguien
intentó examinar las franjas de su cuello y se revolvió inconscientemente.
―¡Claire!
Alzó la cabeza buscando a Blake y lo
encontró forcejeando con quienes lo retenían. Sus miradas se cruzaron y, de un
último tirón, logró escapar para abrazarla ante la sorpresa de quienes los
rodeaban.
La abrazó sin importarle que todavía
estuviera empapada, o que sus manos y cuello no fueran los que recordaba. La
estrujó entre sus brazos como siempre había hecho y Claire, conmovida, se
aferró a él con sus nuevos dedos. Entre su pelo vio como las otras dos personas
cedían y también dejaban marchar a Ángela a su encuentro.
Ángela sollozó y Blake tembló sin llegar a
llorar, uniendo las espaldas de ambas con desesperado afecto. Claire quiso
corresponder a sus palabras de ánimo y consuelo, pero no logró encontrar su
voz. Decidió apoyarse en ellos y cerrar los párpados, acogida entre su cariño.
Fue un largo abrazo y, sin embargo, se sintió tan corto que al separarse sus
manos quisieron recuperar el contacto.
El equipo que la había tratado guardaba
las distancias y Claire agradeció su consideración. Las otras tres personas,
las dos que estuvieron hablando con sus amigos y la de pelo violáceo, se
acercaron a los jóvenes y esperaron a que estos se pusieran en pie. Al
intentarlo, las piernas de Claire fallaron y Ángela y Blake le hicieron de
apoyo.
―Ve con calma ―le pidió Blake, apoyando su
frente en la suya. Aprovechó la cercanía para bajar la voz―. Ángela me lo ha
contado todo. Nos llevaste hasta la orilla tú sola.
Claire parpadeó, sorprendiéndose de
reconocer que era cierto. Quiso hablar, pero de su garganta salió aire sin
sonido alguno. Blake le indicó con un gesto que se calzara con las zapatillas a
sus pies, disimulando así sus susurros.
―Ángela se desmayó al poco y yo solo tuve
unos instantes de lucidez. Ni siquiera sé cómo le apliqué Sanación… Así que, si
seguimos vivos, es gracias a ti.
―Nos has salvado ―se unió Ángela, rodeando
su brazo con los suyos. El gesto le costó y Claire advirtió la venda bajo sus
ropas, cubriendo el hombro del flechazo―. Gracias, Claire.
«No es cierto ―pensó, pues su boca solo
logró emitir un quejido―. Os estaba arrastrando a una muerte peor. De no haber
sido por aquella persona, no estaríamos aquí».
Si quien les salvó no hubiera eliminado a
sus enemigos… Ni siquiera quedarían pedazos reconocibles de ellos. Intentó forzar
su memoria, recordar algo en su rostro, y solo encontró la fugaz imagen de sus
hojas atravesando la carne. Aun sin la capucha, sus rasgos se nublaban entre la
lluvia y su agotamiento. Solo distinguió su cabello, corto y negro…
Como el de la persona ante ella. Era del
mismo color que su atuendo, compuesto por camisa, pantalón y chaqueta. Sobre su
corazón, bordado en hilo plateado, estaba la estrella símbolo del Consejo.
«Así que logramos llegar después de todo…»
Sus labios se movieron, intentando pronunciar
las palabras que no llegaron a atravesar su mente. Aquellos ojos castaños le
dedicaron una mirada comprensiva:
―No puedes hablar todavía, ¿verdad?
Claire parpadeó, sorprendida de que
tuviera razón. Intentó formular las preguntas que la turbaban: “¿De verdad no
puedo hablar?” “¿Visteis a alguien con dos espadas? Tendría más o menos tu
altura”. Todas las cuestiones murieron en su garganta, convirtiéndose en un
silencioso suspiro. Rendida, asintió y aquel individuo se giró hacia sus camaradas.
―Merody, ¿cuánto tiempo tardará en hablar?
La mujer, pues Claire reconoció su nombre
como femenino, se acercó al grupo. Fue una de las personas que retuvo a sus
amigos, la que llevaba la bata blanca. Bajo ella, vestía una camisa y pantalón
idénticos a los de sus acompañantes.
―No debería tardar más que unas horas
―aventuró ella, encogiéndose de hombros―. Me gustaría dar un tiempo exacto,
pero es la primerísima vez que veo a una nayhade permanecer tantos años sin
abrir las branquias. Tú mismo lo has visto, Andrew, ¡estaban cerradas con piel
y todo!
―Es raro, lo admito ―el de pelo negro se
giró hacia Blake y Ángela―. ¿Sabíais algo de esto? ―ambos negaron, y sus ojos
se entrecerraron―. Y sus tutores…
―¡Tampoco lo sabían! ―exclamó Blake.
Claire notó un apretón en su brazo―. Nadie del pueblo lo sabía, ni siquiera la
propia Claire.
Su interlocutor esperó su respuesta y
Claire contuvo el aliento. Deseó devolver a aquella mirada algo más que un
asentimiento que confirmara las palabras de Blake, pero sin voz, no pudo ni
preguntarle qué era un nayhade. Por suerte, el hombre pareció creerles y dio un
largo suspiro. A pesar de la seriedad de su mirada, pareció aliviarse con su
respuesta. ¿Cuánto le habrían contado sus amigos sobre su situación?
Se giró hacia Blake, quien le había cogido
de la mano para curiosear la membrana entre sus dedos. Ángela apoyó la cabeza
en su hombro. De pronto, recordó que había más gente en aquella sala, y un
ligero rubor cubrió sus mejillas.
Unas manos enguantadas pidieron su mano y
Blake la liberó para que Merody la examinara.
―No te preocupes por esta membranita ―le
dijo, y después la miró a los ojos. Sus iris eran de un extraño lila―. Se caerá
sola cuando te seques bien. Son cambios típicos en mestizos de nayhade.
Claire entrecerró los ojos. Otra vez
aquella palabra. Aquella cara le dedicó una sonrisa cómplice y su propio rostro
pasó a la sorpresa. Una tercera persona entró en escena, aquella cuyo cabello
era de un violeta apagado.
―Una mestiza de nayhade viviendo en el
centro de Sidera, en las llanuras donde solo humanos y elvan desean vivir. No
estaba errado: Los registros de Erekea hablaban de esta chica, a pesar de que
jamás mencionaron su naturaleza nayhade.
Su voz palidecía en comparación a la
anterior, que canturreaba para sí mientras examinaba los dedos de Claire.
Carente de musicalidad y emoción, expelía sus pensamientos sin entonación
alguna.
La tal Merody se encogió de hombros,
arrugando ligeramente la bata blanca.
―Entonces podemos asumir que sus branquias
ya se cerraron por entonces ―convino―. Lo cual es tan extraño como
irresponsable… Tal vez consecuencias de maltrato físico. ―La consternación de
Claire impactó sobre el gesto de Merody, con una pena fruto de la compasión―.
Agradece a tu naturaleza mestiza, jovencita. De ser una nayhade completa, dudo
que estuvieras aquí con nosotros.
―¿Tu equipo ha visto de qué más es
mestiza? ―inquirió la voz inerte.
―No tenemos el análisis de sangre todavía,
pero ángel no es. Carece de runas. Será nayhade y humana. ―Merody se giró hacia
ella, tan bruscamente que los bucles platinados de su melena brincaron―. Y, por
su cara, diría que tiene muchas preguntas.
Aquel de extraño cabello centró por fin su
mirada en ella y Claire descubrió que seguía sin verla. Sus pupilas habían sido
consumidas por el opaco gris de sus iris, y tenía el gesto ausente de un
invidente.
―Yo también las tengo, todas las que mi
antecesora no llegó a pronunciar. ―Se cruzó de brazos y sus dedos, largos y
pálidos, tamborilearon sobre su chaqueta negra―. Eres una hija sin familia, con
el apellido implantado de un pueblo que no te vio nacer. Tu Talento revela
que probablemente seas de ascendencia maga, sin embargo, nadie conoce tus
progenitores, origen o edad… ¿salvo tú, tal vez?
Claire tragó saliva, incapaz de responder
en más de un sentido. ¿A qué venía aquella pregunta? Notó como los dedos de
Ángela se tensaban sobre su brazo, pero fue otra persona quien intercedió por
ella.
―Esa dureza es innecesaria, Armiro ―espetó
la primera voz, calmada y firme.
―No es dureza. Como diplomático que eres,
Andrew, conocerás el valor de la honestidad y la razón de estas preguntas. Si
no vas a cuestionarte la identidad y origen de esta joven, préstame la jefatura
de tu Departamento durante la conversación.
―Ni en broma ―bufó el de pelo negro―. Si
lideraras Diplomacia tendríamos una guerra por cada Reino del Bando.
―Dime, niña, ¿de dónde eres realmente?
―siguió Armiro, ignorando a su compañero―. ¿Has estado mintiendo a los demás?
¿Qué secreto ocultas al Consejo?
No podía responder, pero devolvió a
aquella acusadora y ciega mirada su mejor expresión de hastío. Su mueca solo se
perturbó por lo que musitó Melody a espaldas de su compañero…
―Armiro, deberías escuchar…
―¡Ella no ha mentido en ningún momento!
¡Ya lo hemos dicho! ¡Somos testigos!
El grito de Ángela cortó el habla de la
mujer. Armiro no se inmutó, pues no podía ver la amenaza en el semblante de la
joven maga. Blake le tomó el relevo, aferrándose también a una confundida
Claire.
―¡Es cierto! Claire sabe tanto como
nosotros porque es amnésica. No tiene recuerdos más allá de su vida en
Máline.
Armiro no les dedicó ni un gesto. El gris
de sus eternos iris estaba fijo en Claire, y esta correspondió a su inerte
intento de mirada.
Contuvo el aliento cuando supo que
realmente la estaba viendo. Sus ojos no captaban luz, color o forma y, aun así,
sabía que era observada. Algo en su interior se quedó inmóvil, como si con ello
pudiera esconderse de tal extraño examen unilateral pues, sin pupilas, Claire
se vio incapaz de leer sus intenciones. Cuando aquel inescrutable rostro se
retiró, apenas pudo esconder su alivio. Armiro se giró hacia Andrew y este
contestó a su silenciosa pregunta:
―El testimonio de sus amigos concuerda con
los registros de Erekea. La chica no miente, es amnésica.
Armiro chasqueó la lengua.
―Uno puede soñar. Quería comprobar si
mentía, arreglar la incompetencia de mi predecesora. Ya me había hecho
ilusiones.
―¿Puedo quedarme con mi Departamento,
entonces?
―Por supuesto. No soportaría liderar a un
grupo de cotillas.
―Y tampoco se te daría bien tratar con
tantos entes vivos ―suspiró Merody. Después, se giró hacia el resto de batas
blancas, como recordando que seguían presentes―. Podéis marchar, chiquis,
habéis hecho un gran trabajo. Decid en la cantina que la mirienda cae de
mi cuenta.
Un murmullo se extendió entre los batas
blancas, agradeciendo el gesto de su jefa mientras abandonaban la estancia. Con
una sonrisa, Merody indicó una salita cercana a la puerta y los tres la
siguieron. Claire frunció el ceño, desconfiada por el cambio de actitud de
aquellos adultos. En un momento, su expresión cambió a una mueca al tropezar y
por suerte Blake la sostuvo a tiempo. Les dedicó un gesto preocupado a sus
temblorosas piernas.
―Puedo cargar contigo si quieres.
Claire agradeció el gesto, pero rechazó el
ofrecimiento. Aceptó su hombro y el de Ángela como apoyos y se dejó caer en el
sofá una vez llegaron a la salita.
La puerta se cerró tras ellos. Casi al
instante, el ordinario ruido de una cafetera encendiéndose le provocó un arrebato
de nostalgia. Deseó volver a las mañanas en el bar, lejos de aquella
desconocida estancia.
Merody le pasó tazas con café a Andrew y
este las fue repartiendo por la mesa, acompañándolas de una jarrita de leche y
terrones de azúcar. Claire dio un sorbo al suyo. Tostado y aromático. Al menos
estaba bueno.
―Entonces, ¿habéis tomado testimonio a los
chicos?
Andrew negó a la pregunta de Armiro. Le
sirvió un vaso de agua y se sentó a su lado, mientras buscaba algo de sus
bolsillos. Extrajo unas gafas y, tras ponérselas, centró su atención en los
jóvenes frente a él.
―Solo algunos detalles. Estuvieron en
tratamiento hasta hace poco más de unas horas. Cuando llegaste al laboratorio,
acababan de darles de alta.
―Es más, ni siquiera nos hemos presentado
―hizo notar la mujer, tras sentarse al otro lado de Armiro―. Mi nombre es
Merody Caenor. Soy la directora del Departamento de Investigación Médica de la
Sección Sureste del Consejo. Mi equipo y el de un compañero, Sheziss Sedare, es
el que lleva vuestro tratamiento y recuperación. Acudid a nosotros si tenéis
problemas.
La mujer les dedicó una sonrisa
encantadora que dio paso al gesto amable de Andrew.
―A mí podéis llamarme Andrew. Soy líder
del Departamento de Diplomacia de la Sección Sureste. Mi tarea con vosotros es
evitar que mis compañeros se pasen de la raya durante nuestras conversaciones.
―Eh, es Armiro el problemático ―objetó
Merody―. Yo iba a emplear un discreto formulario para mis preguntas.
―Mi nombre es Armiro Caenor ―siguió el
recién nombrado―. Alto cargo de la Sección Sureste, en la posición de Mensajero
Celestial. Mi objetivo con vosotros concierne el propósito de vuestra llegada a
la Sede: la posibilidad de que seáis candidates a Elegide. Sin embargo, dada la
presencia de la joven Claire, me gustaría aplazar dicha cuestión para indagar
sobre su pasado. ¿De acuerdo?
Los tres guardaron silencio. En algún
momento, intercambiaron miradas y los cotillas ojos de sus amigos le revelaron
a Claire que pensaban lo mismo. Fue Blake quien se atrevió a decirlo:
―¿Sois hermanos? ¿En serio?
―Dudo que sean matrimonio ―remató Ángela.
Armiro parpadeó con algo remotamente
similar al hastío, la primera emoción real que Claire reconoció en su rostro.
Merody contuvo una carcajada.
―Hermanos ―contestó él―. Así es.
―Siempre igual ―rio ella―. Luego Zoelynne
se queja de que tardamos en las reuniones con candidates. Normal, si tenemos
que explicar esto siempre.
―Creía que no ibais a decir el apellido
por eso ―inquirió Andrew, con una ligera sonrisa.
―Se me escapó por costumbre ―confesó
Merody―. Somos hermanos, sí. Yo soy la heredera de la casa Caenor y Armiro es
mi hermano pequeño (a pesar de su aburrido cargo superior). No os extrañéis
tanto, tenemos hasta la misma nariz.
―Centrémonos por favor ―insistió Armiro.
―Aunque él tiene mejor humor.
Andrew se contuvo por no escupir su café,
lo que provocó una risita por parte de Merody. Incluso Claire alzó las
comisuras de sus labios, escondidos tras su taza. A pesar de los intentos de
Armiro, la reunión carecía de total formalidad, lo que le permitió relajarse un
poco. ¿Sería una estrategia para ganarse su confianza? ¿O serían realmente
amigos tras sus uniformes? Tanto Andrew como Merody compartían miradas
cómplices, pero los ojos de Armiro seguían inescrutables a su examen.
Un golpecito llamó su atención. Armiro
había aprovechado la pausa para beber agua y justo dejaba el vaso en la mesa.
―Como decía, primero me gustaría tratar el
tema de la amnesia de Claire. Como mis compañeros os han comentado, hace unos
años tuvimos un aviso de la llegada de una niña amnésica a vuestro pueblo, de
edad, procedencia y nombre desconocidos. El registro destaca que la niña tenía
una potente aversión a la magia, al punto que la canalización de energía en sus
cercanías la inducía a ansiedad, estrés y un posible shock. ―Claire entrecerró
los párpados. El hombre la miraba sin verla, con aquellos ojos ciegos que
parecían ignorar la tensión de su rostro para leer sus secretos―. La chica
evitaba la magia por esa razón, a pesar de tener el Talento desatado. Las
causas se relacionan con un posible síndrome de hipersensibilidad al méner,
estrés postraumático o a las condiciones de su llegada. ¿Podríais aportar algo
más?
Blake y Ángela miraron a Claire y ella se
encogió de hombros. Los puntos más importantes de su historia ya habían sido
contados, y prefería que los siguientes los revelara gente de confianza.
«Tal vez sirva para recuperar mi memoria»,
añadió para si misma.
―Fuimos Ángela y yo quienes encontramos a
Claire ―empezó Blake, tras el permiso de su amiga―. Estaba tumbada sobre hierba
chamuscada, en la zona boscosa del sur del pueblo. El aire estaba cargado de
energía mágica, tanto que me lloraban los ojos. La presión del aire pesaba
sobre nuestras cabezas y, de no haberla visto yacer en el suelo, habríamos
vuelto a casa huyendo de aquel lugar.
»Lo primero que nos llamó la atención fue
su piel. Era muy pálida, sin el ligero rubor que tenemos los humanos y elvans
de nuestro hogar. Vestía con una túnica blanca y manchada de ceniza y sangre,
tan quemada que no consiguieron analizar su procedencia. También tenía un
extraño brazalete en la muñeca derecha.
»Habíamos salido de excursión al bosque a
recoger útiles para la botica de mis padres y estos nos acompañaban. Al
avisarles, recogimos a Claire y marchamos de vuelta a nuestro establecimiento.
Las madres de Ángela acudieron con la policía y la entonces alcaldesa,
manteniendo fuera a los curiosos que querían acercarse.
»En la botica, el brazalete que llevaba en
su muñeca profirió una frase: “Estado: correcto. Nombre del sujeto: Claire”, y
la grabación se cortó con un chasquido. El brazalete se abrió, humeante y roto,
y la niña abrió los ojos.
»Sus primeras palabras fueron en un idioma
que no comprendimos. Después nos miró a cada uno de los presentes y habló en
arcashi: “¿Quiénes sois?” “¿Dónde estoy?” Su última pregunta fue “¿Quién
soy?”
Claire apretó la mano de Blake en un gesto
de agradecimiento. Era extraño escuchar su historia en boca de otro, pero ni
ella misma habría podido contarla mejor.
―Mis padres le explicaron todo cuanto
pudieron mientras la alcaldesa informaba al Consejo. Vuestre enviade tardó unos
días en llegar. Para entonces, ya le había sugerido a Claire que se quedara con
el nombre del brazalete y ella aceptó. Mis padres la acogieron como tutores
legales en nuestro hogar. Dada su condición y a pesar de su aversión a la
magia, era el lugar más seguro donde podía vivir: las madres de Ángela viajaban
por trabajo a menudo y, como Sanadores, mis padres podían vigilar su salud.
»Le enviade nos tomó declaración con todo
lo que sabéis y se llevó el brazalete. Nunca recibimos más noticia del Consejo
y Claire siguió viviendo en Máline con nosotros. Los tres asistimos juntos a
clases para la formación básica juvenil con mis padres y un profesor del
pueblo, como estipula la legislación en Sidera…
Blake se giró hacia Claire, pidiéndole
permiso para seguir la historia. Claire se tomó un momento para valorar que
hubiera preparado aquella conversación por si algún día les pedían
explicaciones. Tras asentir, él siguió:
―Pero Claire rechazó no solo las lecciones
sobre magia, si no también aquellas sobre geopolítica, incluso algunas de
historia. Su aprendizaje solo aceptaba como válido lo que servía para vivir en
Máline y rechazaba lo demás como hacía con la magia.
Los tres adultos guardaron silencio, pero
Blake dio por terminada la narración. Fue Andrew quien comenzó las preguntas.
―¿De qué nivel de desconocimiento
hablamos?
―Conoce cosas como las bases del méner y
la estructuración del Bando ―respondió Ángela―. Aunque parte de eso se lo
contamos hace poco. Últimamente se ha mostrado más receptiva a aprender,
incluso nos ha preguntado ella misma. ―Su tono se emocionó ligeramente y Claire
bajó la vista, abrumada.
―Me alegro ―sonrió Andrew.
―¿Algún detalle que quieras aportar,
Claire?
Claire le dedicó a Merody una mirada de
confusión. Sabía perfectamente que no podía hablar, ¿por qué le preguntaba a
ella? Andrew intervino, aunque su respuesta la dejó igualmente extrañada.
―Con su aversión a la magia, dudo que sepa
emplear la telepatía nayhade. ―Merody murmuró una disculpa. No obstante, el
aturdimiento de Claire le inspiró otra pregunta al hombre―: Es más, ¿sabes algo
sobre los nayhades?
Claire hundió aún más la mirada en el
suelo.
―¡No te preocupes, chiqui! ―exclamó
Merody, visiblemente culpable―. De momento no necesitas saber mucho más de lo
explicado ahora, aunque deberías intentar la telepatía. Todos los nayhades
nacen con ella. Es la única forma que tienen de comunicarse, pues las branquias
de sus cuellos impiden la formación de cuerdas vocales. ―Claire la miró,
visiblemente apurada, y la mujer se apresuró en explicar―: Las de mestizos son
más rudimentarias y podrás hablar cuando se te “acomoden” de nuevo, lo que no
impide que hayas heredado el don telepático.
―Prueba a enviar tus pensamientos a otra
persona. Ya lo haces cuando hablas, pero sin el intermediario de tu voz…
Armiro carraspeó.
―O puede intentarlo en otro momento.
―O puedes intentarlo con tus amigos
―accedió Andrew―. Si no te aclaras con ello, puedes acudir a mí más tarde. Soy
Mentalista.
«La telepatía es lo primero que
aprendemos».
Claire parpadeó de la impresión. Ninguno
de sus amigos parecía haber escuchado la voz de Andrew en sus cabezas. Cuando
lo miró, este le guiñó el ojo con complicidad.
De pronto, tanto aquellos iris castaños
como la comprensiva expresión en su rostro le recordaron a otra persona. Dio un
ligero respingo, casi asustada por aquella revelación y sus implicaciones con
su amnesia.
Entonces deseó poder hablar y confiar a
aquellos ojos que sus temores nacían de sus sueños, de una cruel versión de su
voz… Una Sombra de su propio ser, como la había imaginado a veces. Sin embargo,
¿qué pensarían aquellos desconocidos de su historia? Apagó aquella idea con
cautela, pues nunca había usado la telepatía y temía que sus inquietudes se
filtraran más allá de su cabeza.
―Hay algo más ―comentó Ángela a Andrew,
para sorpresa de Claire―. Desde joven, Claire siempre ha tenido pesadillas.
La recién nombrada se quedó inmóvil, maldiciendo
aquella casualidad. Las pesadillas eran un tema demasiado personal y Ángela
conocía bien su recelo. ¡¿Por qué lo había mencionado?! ¡¿Acaso Andrew se había
ganado ya su confianza?!
«¿O tal vez sabe que es la única forma que
tiene de ayudarme? ¿Pidiendo ayuda a otros más capacitados? ―Ángela le dedicó
un gesto que solo su familiaridad le permitió leer como disculpa. A pesar de
comprender sus motivos, Claire no podía obviar su disgusto―. Oh, Ángela. La
próxima vez espera a que pueda explicarme por mí misma».
―¿De qué tipo? Podemos concertar una cita
con un Onírico si lo necesitas ―incidió Andrew, pero Claire no correspondió a
su afabilidad―. Uno de nuestros compañeros lo es. Se pasa las reuniones
durmiendo y todo.
―Dudo que sea buena idea perturbar el trabajo
de Araekloss con esto y, lo más importante, puede esperar ―irrumpió Armiro.
Claire lo agradeció en silencio―. Me veo en la obligación de recordaros (a los
cinco) la verdadera razón de nuestro encuentro. Fuisteis llamados a la Sede
Sureste por la posibilidad de ser candidates a Elegides, y lo prioritario es
explicaros el proceso del examen que haremos en unas horas.
―¿No pensarás hacerlo de madrugada?
―Merody, es de urgencia…
―Urgencia es que los niños estos han
pasado por uno de los eventos más traumáticos de su vida y apenas se han
recuperado físicamente. Cielos, ni siquiera hemos podido oficiar el funeral a
quienes dieron su vida por protegerlos. Mueve el examen a la una del mediodía.
Armiro guardó silencio, como el resto de
participantes en la conversación. La jovialidad había desaparecido del rostro
de su hermana, cuyo ceño se frunció en apremiante seriedad. Inconscientemente,
Claire se preguntó hasta qué punto había fingido su alegría durante la
conversación.
―Mañana, a la una del mediodía, asistiréis
a la Ceremonia de Revelación ―accedió el hombre, pronunciando despacio. Merody
relajó su expresión―. Se os convoca por la posibilidad de que seáis candidates
a Elegide, y dicha suposición se basa en las Leyes Sagradas Generales y Únicas
que parecéis cumplir. Las Generales son comunes a todas las Profecías, mientras
que las Únicas varían con cada edición ¿Habéis escuchado alguna vez de dichas
Leyes?
Ángela asintió, aunque fue Blake quien
contestó.
―Mis padres nos hablaron de ello alguna
vez. Sé que una de las Leyes Generales es que todes les Elegides tienen el
Talento desatado de nacimiento, y que las Profecías se anuncian tras la
muerte de le últime Elegide de su edición.
―Muy bien ―felicitó Armiro, sin emoción
alguna en sus ojos―. Me congratula ver que aun viviendo en un pueblo perdido de
la mirada de las Torres conozcáis tanta información. Tanto en villas como
ciudades, la gente tiende a ignorar las Academias y perderse entre cuchicheos.
Supongo que tener padres Sanadores… y familiares en la capital de Retarguia
ayuda a mantenerse informado, ¿no?
Blake entrecerró los ojos. Claire sabía de
las conexiones de Blake y le sorprendió que las trajeran a la conversación. No
obstante, Armiro siguió hablando sin darle más importancia:
―Durante la Anunciación de las Profecías
se dictan las nuevas Leyes Únicas. Tras esto, comienza el proceso de Selección
de Elegides, que dura cinco años. Dado que la actual Profecía fue anunciada
hace veintidós, les tres estáis en el rango de edad de les Elegides actuales.
―Su cabeza se inclinó ligeramente hacia Claire―. Bueno, en el caso de la joven
mestiza tenemos que asumir tanto su edad como la procedencia de su magia. Otro
factor a la candidatura es que les tres tenéis sangre humana en una proporción
similar a la mitad.
―¿Es esa una condición? ―preguntó Ángela―.
Si ha habido Elegides de otras razas anteriormente.
―Efectivamente. Este requisito es
intrínseco a esta Profecía, incluido en una de sus Leyes Únicas. Como veis,
estas no solo comunican el Destino o don que otorga la Profecía a sus
siguientes Elegides, pues también pueden exigir requisitos para tal posición.
―Esta Profecía solo ha dictado tres Leyes
Únicas. Una para el Destino, como es habitual, y otras dos como
requisitos ―desarrolló Andrew―. Las últimas se resumen en “serán trece les
Elegides de esta Profecía, de linaje ángel o humano en al menos una de sus
mitades”. Aunque las malas lenguas hablan de la desesperación del Consejo,
somos fieles a los requisitos que pide la Profecía. Son leyes inmutables, no
tienen excepciones. Sin embargo, las laxas condiciones no limitan demasiado el
número de candidates, así que también nos guiamos por factores como la
particularidad de sus poderes o su desarrollo cognitivo-físico.
― “Les Elegides tienden a madurar psíquica
y físicamente más rápido que otres niñes de su edad” ―recitó Armiro quien
entrecerró los ojos―. Tales palabras se extraen de una de las Leyes Generales.
Merody, ¿podrías describírmelos por encima?
―Iba a hacer un discreto formulario,
¿recuerdas?
―¿Altura? ―demandó Armiro igualmente―.
¿Vello facial? ¿Fecha de la primera menstruación?
―¡Armiro!
―Metro setenta y cinco. Me aplico un
tónico para evitar la barba. No tengo menstruación ―respondió Blake, con la
precisión y la costumbre de un hijo de Sanadores.
―Espera, ¿te aplicas un tónico? ―preguntó
Ángela, sacada de su estupor.
―Me da una pereza horrible afeitarme.
―Ah, así que si es para evitar faena sí
que te cuidas la piel ―bufó Ángela―. Luego cuando te paso la crema para los
granos se queda acumulando polvo.
―Ángela es una enana de metro
cincuenta.
Los dedos de la joven se dispararon hacia
la oreja de Blake más cercana a su posición. Claire esquivó su trayectoria
hundiéndose en el sofá, con la acostumbrada paciencia fruto de la convivencia.
Blake nunca era lo suficientemente rápido. Andrew pretendió ignorarlos, aunque
era evidente que sonreía por lo bajo.
―El cuestionario es irrelevante si vais a
hacer la Ceremonia mañana mismo, ¿no?
―Tienes razón, así que no hace falta que
contestéis ―suspiró Merody (“¡es metro cincuenta y tres!”, se oyó decir a
Ángela)―. De todos modos, a primeras parecéis muchachos normalillos, sin
ofender. ―Justo tras decir eso, sus iris violáceos se fijaron en Claire y
Blake, de nuevo en sus sitios―. Bueno, los dos mestizos tenéis un buen nivel de
musculatura. No es raro en nayhades, pero en elvans…
―También estarían las pruebas intelectuales,
aunque tras este desorden dudo que sean necesarias.
Armiro torció ligeramente el gesto.
Alguien le había pisado el pie y solo Claire pareció percatarse. Merody, con
medida paciencia, ignoró la mueca de su hermano y examinó su reloj de bolsillo.
Era bonito, aunque su cubierta plateada tenía muescas por el uso.
―Tengo que reunirme con mis compañeros de
trabajo, alguien tiene que pagar las cervezas. ―Inclinó la cabeza para ver a
Andrew―. ¿Os importaría conducirles a sus habitaciones? Los tres necesitan
descansar para afianzar la Sanación aplicada.
Andrew aceptó la propuesta y la reunión
llegó a su conclusión. Merody se despidió de ellos en el pasillo y marchó en
dirección opuesta. Andrew y Armiro encabezaron la marcha, uno al lado del otro.
Por cómo se orientaba, parecía que el Alto Consejero tenía mejor visión de lo
que Claire creía. Al principio lo atribuyó a la costumbre de caminar por el
edificio, pero esquivaba con facilidad a la gente con la que se cruzaba. En una
ocasión, sin embargo, Andrew lo tomó del brazo con discreción para evitar un
carrito con útiles de laboratorio.
Hablaban en voz baja, y Claire afinó el
oído con un placer cotilla del que Ángela se enorgullecería.
―Está abusando de su poder como
heredera.
―Si es por lo de esta mañana, buscarte
pareja es su deber como jefa de vuestra casa.
―Tanto tú como ella sabéis que es mentira.
Lo tiene todo calculado, como lo de reprocharme mi trabajo.
―Tú también has intentado mandar sobre el
suyo (y el mío). Simplemente pretende que seas amable con les candidates. Es lo
mínimo tras el atentado… y tus maquinaciones.
―Lo primero no fue mi culpa, aunque lo
lamento igual. ―Andrew aceptó su respuesta. Cuando Armiro volvió a hablar, a
Claire le sorprendió encontrar duda en sus palabras―: Sobre lo otro, el fin
justifica los medios.
―Lo dices porque, irónicamente, tu cargo
de Mensajero Celestial no incluye dar explicaciones o condolencias cuando
conviene. Somos los diplomáticos los que asumimos las consecuencias de las
acciones del resto. Ocurra lo que ocurra mañana, esas cartas de pésame serán
enviadas y nuestro uniforme será de un negro más solemne. Solo me consuela que
no tendré que dar disculpas en tu nombre… esta vez.
Armiro guardó silencio, dando por
terminada la conversación. Ángela intentó hacerla partícipe de la suya, sus
ojos pidiendo la información obtenida, pero Claire se señaló la garganta y
volvió la vista al frente. Seguía ligeramente molesta porque hubiera comentado
sus pesadillas. Ya lo hablarían en recuperar la voz.
Finalmente, llegaron a una puerta de
madera, algo más alejada de los laboratorios y su ajetreo. La estancia donde se
alojarían tenía un pequeño salón que conectaba con cuatro habitaciones
individuales a los lados y un baño completo al fondo. Este último quedaba tras
una encimera, cuya superficie tenía platos con fruta, sándwiches fríos y jarras
de zumo helado. El centro de la habitación estaba ocupado por una mesita de
café, rodeada por cómodos sofás como los de la anterior salita.
―Estas serán vuestras habitaciones durante
la estancia ―explicó Andrew, abarcando sus alrededores con un gesto―. Es
temprano, aunque parece que ya tenéis la cena servida. Si queréis algo más,
como sopa o un refrigerio caliente, comunicadlo por el interfono. El desayuno
es a las nueve, os lo traerán aquí. No te preocupes por tu garganta, Claire.
Merody ha dicho que las branquias no deberían impedirte comer.
Claire miró los sándwiches con recién
descubierta hambre, pero la petición de Armiro la llevó a sentarse en otro
condenado sofá, junto a sus compañeros.
―Antes de marchar, me gustaría preguntaros
sobre vuestra magia. ―Entrecerró los ojos―. Requiero que me digáis a qué Clase
pertenece el poder con el que nacisteis. Sé que la respuesta será aproximada en
el caso de la joven mestiza, tanto por su amnesia como desconocimiento del
Sistema Mágico, mas agradecería que intentarais responder por ella.
―De acuerdo ―asintió Ángela―. Blake nació
Sanador y tanto Claire como yo, Elementales, o eso creemos en su caso.
Armiro inclinó el gesto ligeramente hacia
Andrew, pero no esperó a su asentimiento para seguir hablando.
―¿Tienen alguna norma específica de uso?
―¿A qué se refiere?
―Exactamente a eso: Una Sanación con
características concretas, un Elementalismo donde los elementos solo se moldean
con unas condiciones definidas ―explicó él―. Les Elegides nacen con magia por
su Habilidad de Elegide, un don que poseen desde su inicio
independientemente del camino que tomaron sus progenitores. Este poder se puede
clasificar dentro de las Clases de Magia de Inspiración, sin embargo, sigue
unas normas concretas como las Clases Recitadas.
»Digamos que se parecen a los dones de Legado
en familias nobles y magas… Oh, supongo que la joven mestiza no sabrá sobre
ello. Explicádselo en otro momento. ¿Y bien?
Ninguno contestó. Claire evidentemente no
podía y, aunque sus compañeros quisieran hacerlo, Andrew interrumpió su
reflexión.
―Es tarde y Merody pidió que descansaran.
Háblales de la Ceremonia y vámonos.
―De acuerdo ―musitó él, evidentemente sin
estar de acuerdo―. En la Ceremonia de Revelación acudiréis al Observatorio, mi
punto de comunicación con las Torres de Dioses. Una vez allí, invocaré el
Hechizo de Marcado y, si al menos une de vosotres ha sido escogide por la
Profecía, se activará y otorgará una Marca a cada une de les Elegides.
―¿Una Marca? ―repitió Ángela.
―Así es. Una Marca única y exclusiva de
tal Elegide, que le revela a las Torres de Dioses y permite que estas le
localicen. Si ningune de vosotres sois Elegides, no ocurrirá nada. En caso
contrario, a lo largo de las siguientes trece horas tras la Ceremonia, serán
Marcades cada une de les Elegides, una Marca cada hora, correspondiente a su
número.
―Cada Elegide tiene un número que le
relaciona con su Destino y Profeta ―empezó a explicar Andrew, pero un vistazo
a su comunicador le obligó a levantarse―. Y de eso os hablaremos si resultáis
ser Elegides al final. Armiro, nos llaman para una reunión.
―¿Otra? ―Andrew asintió―. ¿De Hunther?
―Volvió a asentir. Armiro cerró los ojos―. Qué remedio, tiempos de Guerra y
esas cosas.
―No os olvidéis de descansar, chicos.
Habéis tenido un trayecto… unos días bastante duros. Si necesitáis cualquier
cosa pedidla y Claire, si no recuperas la voz mañana, te llevaré con Merody.
Hasta mañana.
Los dos adultos abandonaron la estancia y
los tres amigos se quedaron mirando. Claire comprobó con un suspiro ahogado que
su voz seguía ausente. Blake miró el reloj que colgaba de una pared.
―Son las seis, casi siete ya ―dijo,
pensando en voz alta―. Entonces ya es treinta de Dunoctis. ―Claire se giró
hacia él―. Te han tenido un buen rato en el tanque de agua, ¿eh? Cuando
despertaste, nos contaron que fue para estimar cuanta sangre nayhade tienes.
Merody cree que estás en un cincuenta por ciento, así que tendrás tanto de
humana como yo.
Claire no respondió ni con palabras ni
gestos. Cerró los ojos y dejó que Blake se levantara para traer la comida a la
mesa.
Solo la mitad de ella era humana. Incluso
lo poco que creía saber de sí misma era mentira. Algo en su cabeza se resistía
a creer aquellas palabras, teniendo que afrontar su incrédulo cansancio con la
visión de sus manos. La piel que unía sus dedos comenzaba a agrietarse.
Antes de que Blake se sentara, cogió un
vaso de zumo y un par de sándwiches del plato que este traía. Cruzó miradas con
él y con Ángela, que seguía sentada en el sofá, y marchó a su habitación. Solo
se despidió de Blake con la cabeza y, sin embargo, cuando cerró la puerta se
arrepintió de no haberse despedido también de Ángela. Era estúpido enfadarse
cuando no podían hablar las cosas.
Pero ya era tarde y su cabeza no podía
más. Devoró su cena en silencio y se tumbó en la cama con la ropa que llevaba
puesta. Un recuerdo la acompañó durante el solitario proceso, su propia voz con
ajena burla:
“Tú, que ni siquiera sabes quién eres”.
Podía dormir tranquila. Su Sombra, su Otra
Voz, había prometido marchar. No tenía que temer su regreso. Y, por supuesto,
aquellas palabras se referían a su pasado… ¿verdad?
Cayó en cuenta que aquella cama no era la
suya, ni conocía a quienes prepararon su cena. Máline estaba lejos y su cabaña
acumulaba polvo y nieve en solitario. La tímida emoción por aprender y
descubrir se opacó con una temerosa nostalgia. Como la niebla engullendo el
tren, como la sangre manchando a la lluvia.
Sus dedos se aferraron a la almohada.
―Solo quiero volver a casa.
…
―Un poco más juntos, chicos. ¡No seáis tímidos! Cogeos
las manos, así la energía fluirá mejor.
Merody retrocedió un par de pasos y
contempló a los tres jóvenes, unidos y rodeando un pequeño pilar coronado por
una esfera de cristal.
La superficie transparente dejaba ver su
interior, donde cúmulos de nubes oscuras flotaban en un fondo azul oscuro.
Pequeños destellos dorados salpicaban su superficie de vez en cuando, como una
ventana al cielo estrellado. Ensimismada, Claire tuvo que esforzarse para
apartar la mirada y perderse entre la belleza del resto del Observatorio.
Sus pies pisaban hierba oscura, regada por
el agua que nacía del pilar y se extendía en pequeños canales hasta otro canal
circular, cuyo centro era aquel hermoso orbe. El suelo pasaba después a ser de
un exquisito mármol negro. Pilares blancos sostenían la cúpula sobre sus
cabezas, del mismo azul oscuro con detalles dorados que el orbe, dividiendo
unas paredes con vidrieras iluminadas mágicamente. En el punto más alto de la
bóveda se abría un tragaluz al cielo. El aire y la luz que entraban por ella
parecían más cálidos que los de su hogar y Claire volvió a tener un acceso de
nostalgia. Armiro siguió con las explicaciones, aparentemente ajeno a la
ansiedad de los muchachos.
―Cuando active la energía del pilar
sentiréis un ligero cosquilleo carente de importancia. Como os dije, si une de
vosotres es une Elegide, el hechizo se activará y, a lo largo de las próximas
trece horas, cada Elegide se desmayará y obtendrá la Marca que le corresponde a
su número. Una Marca cada hora.
»Una vez reveladas las Marcas, los
habitantes de las Torres de Dioses podrán extraer información de ellas para
facilitar la Búsqueda del Consejo. Nada de esto sucederá si ningune fuisteis
escogides por la Profecía. ¿Alguna pregunta?
Nadie dijo nada. Claire soltó la mano de
Ángela para rascarse el cuello. Seguía teniendo aquellos surcos, con tres
divisiones a cada lado, pero ahora estaban cerrados y le permitían hablar. Sus
pies y manos habían desprendido la piel sobrante durante la noche, volviendo
también a la normalidad.
Recuperó la mano de Ángela y ella le
dedicó una cauta mirada. A pesar de su recuperada voz, no habían hablado las
cosas. Eran amigas desde siempre, sabían cuando algo estaba mal. Sin embargo,
la ansiedad y el miedo por aquel día impidieron que dieran el primer paso a la
reconciliación. Bajó la cabeza y, entonces, la voz de Armiro le provocó un
vuelco en el corazón.
―Ya casi es la una ―anunció―. Merody y yo saldremos
de aquí, pero seguiremos observándoos a través de la cámara del Observatorio.
Activaremos el hechizo en tan solo unos segundos.
Y los tres amigos se quedaron a solas en
la estancia. Ángela comenzó a temblar e, inconscientemente, Claire apretó su
mano con fuerza. Ambas se miraron y la ansiedad y el miedo se compartieron
entre sus ojos. El corazón le latía tan rápido que Claire agradeció no haber
desayunado nada, pues lo habría vomitado de los nervios.
Su otra mano notó el apretón de Blake.
―Estad tranquilas. Todo va a salir bien.
Y logró sonreír. “Todo va a salir bien”
era la frase favorita de Blake. Un mantra que podría confundirse con vacío
optimismo, pero que calmó los nervios de Claire como haría una canción de
cuna.
No obstante, la seguridad de sus palabras
se quebró con el temblor de sus manos. Su rostro seguía alegre y mentiroso,
mientras el sudor frío resbalaba por sus dedos, llevándose su aparente
seguridad.
Ignorando aquella ilusión, Claire asintió
y logró forzar una mueca que pretendía ser una sonrisa. Al girarse, Ángela le
devolvió otra igual. Sus ojos parecían vidriosos, y destellaron cuando la
esfera empezó a emitir luz.
La súbita claridad obligó a Claire a
cerrar los párpados, sin perder jamás los dedos de sus amigos. El haz de luz
recorrió toda la estancia, engullendo los decorados y alimentando las plantas a
sus pies. Entonces se perdió en el tragaluz sobre sus cabezas y el Observatorio
pareció más sombrío que antes.
Poco a poco, Claire se atrevió a abrir los
ojos. Intercambió miradas con sus amigos. Ambos parecían estar bien y,
despacio, fueron soltando las manos. El corazón de Claire, que todavía
palpitaba con fuerza en su pecho, empezó a relajarse al ver que ninguno había
desfallecido.
Ángela le dedicó una tímida sonrisa y
lágrimas de alivio corrieron por sus mejillas. Claire le devolvió el gesto y
aquel consuelo zanjó su estúpido enfado. Después, se giró a ver a Blake.
Él también le dedicó una gran sonrisa
antes de caer al suelo, inconsciente.
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