jueves, 26 de octubre de 2023

La Profecía del Mal: El Quinto Anuncio (Interludio)

 Ruinas


Una joven caminaba sobre el adoquinado de un viejo pueblo, sus tranquilos pasos silenciados entre el pánico y la premura de las calles. Por suerte, la histeria empezaba a calmarse en un eco de aceptación. Los habitantes cargaban su equipaje, preparándose para la marcha, o seguían en sus casas, intentando decidir qué salvar entre la colección de sus vidas. 

De vez en cuando, algunos se acercaban para escuchar su mensaje de nuevo, incapaces de creerla o fieles pero deseosos de su error. Tras tantas horas de proclamas, su cansancio era evidente para su compañera, que la relevó haciendo eco del funesto anuncio.

Tampoco era secreto entre ambas que su expresión también nacía de la culpa. Levantaba la cabeza del gastado adoquín y veía ventanas cerrarse con su avance, vistazos recelosos escondidos tras cortinas o persianas. «No hay mucho más que hacer» había dicho su acompañante y; sin embargo, no podía más que lamentar el destino que acontecía a los incrédulos. 

Con voz quebrada y ronca por anunciar el fin del mundo, había rogado a vecinos que convencieran a aquellos desdichados de marchar a su lado. Los primeros en escucharla aceptaron con premura, pues había empleado proclamas de carácter personal para demostrar su veracidad. Ellos la ayudaron a correr la voz entre amigos y vecinos, pero ni la urgencia de las forasteras ni la insistencia de viejos conocidos bastaría para limpiar todo el cinismo. La desconfianza ensuciaba como la tinta que permea entre lavados, siempre manchando sus manos con sangre escéptica. 

Sin darse cuenta, su estimada la había acompañado hasta el balcón de la primera casa que visitaron. Allí la dejó sentada y envuelta en su cálido abrigo de plumas, protector a pesar de cubrir uno de sus tradicionales vestidos abiertos de espalda. Tras besarla en la frente, partió para terminar de coordinar la evacuación. Sus ojos la siguieron con cariño hasta perderla entre edificios. Después, su vista se amplió al paisaje devastado que yacía a sus pies. Los escombros cubrían las mismas calles por las que había caminado hace escasos minutos. El humo del fuego y la magia impregnaba el aire, mezclándose con un almizcle de sangre, tierra y nieve.

Parpadeó y del futuro volvió al presente, donde la nieve caía blanca y la sangre aún corría por las venas de las víctimas. Con una última punzada de culpa, se dejó acunar por las campanas de dos relojes: uno antiguo como aquel mundo y otro que tocaba en su última hora del té. Con el quinto tañido, aquellos ojos verdes, tan hermosos como agotados de contemplar futura miseria, se cerraron en un anhelado y tranquilo sueño. 

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