Promesa
Claire abrió los ojos, aunque el intento apenas le
valió la pena. Tenía la visión borrosa, la cabeza le daba vueltas y sus
cansadas piernas le rogaban seguir sentada. Vaciló ante aquella petición, pues
se sentía capaz de moverse y estirarse, pero algo más llamó su atención.
La penumbra de las celdas se había
aclarado como su voluntad, y de la sorpresa logró despejar la niebla de su
mirada. El recuerdo del enfrentamiento, del chico, la llevó a enfocar al
pasillo y allí halló a Firo.
Estaba en el suelo, tumbado de lado y a
escasos metros del shiriza que los atacó, quien yacía de igual forma. Notó
entonces que la claridad se debía a que las motas no flotaban en las celdas, ni
siquiera cubrían el indefenso cuerpo del chiquillo.
Formaban parte de la silueta que vigilaba
al joven preso, componiendo su carne y despidiendo un fino humo oscuro en sus
bordes.
La presencia notó su mirada y se giró
hacia ella. Sus ojos eran completamente blancos y brillaban tanto como hicieron
los suyos durante el combate. Sabía a quién pertenecían aquellos toscos rasgos
esculpidos en neblina, familiares como los de su propia imagen en un espejo.
Era su Otra Voz. Su Sombra, nunca mejor dicha, y su boca se abrió en un níveo
trazo para volver a reír con la voz de ambas.
—¿Me echabas de menos? —preguntó, con
sorna. Claire se sorprendió de que fueran sus oídos y no su psique los que
encontraran aquella pregunta—. ¿Por qué el asombro? Acordamos que te dejaría
aprender sin el yugo del miedo… al menos del mío. Volverte una total temeraria
habría puesto en peligro nuestra supervivencia.
Se apoyó en la pared del pasillo. Su
silueta era difusa, aunque indudablemente suya. Curiosamente, temía menos a su
Sombra ahora que en sus sueños. Manifestada ante ella, tangible a sus ojos, era
más fácil de comprender que la negrura abisal de sus noches.
—No pude echarte de menos mientras guiabas
mi espada.
—Ah, al final te diste cuenta. —Sonrió,
mostrando aquel trazo blanco de nuevo—. No todo el mérito es mío. Tu cuerpo
tiene una excelente memoria muscular, valga la ironía. Bastaron unos consejitos
para que empezaras a moverte, tenías la opción de seguirlos o tomar tus propias
decisiones. —Señaló su propia mano izquierda. Los dedos eran columnas de
neblina negra—. Usar la izquierda para pelear fue buena idea, aunque no
llegamos a hacernos ambidiestras. La próxima vez puede que no salga tan bien.
Un bullido palpitó en su interior con
aquellas palabras, aquella decisión que se le planteó en el campo de
entrenamiento. La Sombra advirtió su gesto.
—Vamos, no te enfadarías tanto cuando até
al guardia. ¡De nada!
Su réplica murió con un ligero vahío y,
cuando logró despejarse, su Sombra estaba arrodillada junto a Firo. Dos trazos
blancos volvieron a enfocarla.
—Aprende también a vigilar tus heridas, te
salvará más que la espada. Casi te cuesta la vida su nombre. Le prometiste que
escaparíais juntos. Esto no ha acabado.
La burla había desaparecido de su voz. Aún
arrodillada a su lado, la Sombra llevó una mano al cabello del niño, pero se detuvo
antes de tocarlo. Sus dedos se cerraron en un puño que lentamente se retiró a
su costado.
—Cuando te pedí liberarme, dijiste que el
silencio te inquietaba. Era el suyo, ¿no es así? —Los trazos blancos volvieron
a enfocarla—. Prometiste liberarme del miedo porque querías buscarlo. Ambas
podíamos verlo… y él también podía presentirte.
—E hicimos bien. Te habrás dado cuenta de
que apenas lo visitamos en nuestros sueños e inconsciencia. Fue porque él
estaba demasiado débil para recibirnos. —Devolvió la mirada al cuerpo,
dudando—. Yo también lo estaba. Atada por promesas, juramentos de silencio y mi
propia fragilidad, guardé su nombre como un tesoro más, pues ignoraba si
revelarlo haría más bien que mal. Tanto lo custodié que acabó devorado por las
sombras, abandonado y olvidado en mi memoria. Menos mal que acabaste
reencontrándolo por tu propio pie.
Al final, la Sombra rozó el cabello de
Firo con sus dedos de humo y estos se deshicieron al contacto. Lejos de
asustarse, contempló fascinada cómo sus falanges se recomponían al apartarse.
—La oscuridad se alimenta de sombras —dijo
para sí, antes de volverse de nuevo hacia Claire—. Te dejé saborear magia y
conocimiento por tal de encontrarlo, aunque fuera una posibilidad remota.
Incumplí un juramento mientras que tú te aferraste al tuyo. Aposté nuestra
seguridad al dejarte marchar… y superaste mis expectativas.
»Ahora, mi promesa rota carece de sentido.
Únicamente nos queda una deuda que solo yo recuerdo, y tendrás que valerte por
ti misma para devolvérsela —Claire parpadeó, aturdida. La Sombra se levantó
ignorando sus dudas—. Bastará con que cumplas tu palabra: toma el relevo de
Carine y escapa junto a Firo. Vigila tus heridas y respeta tu cuerpo, mi
vasija. Pues, si tú caes, yo no podré cuidarlo.
Claire tragó saliva. La Sombra jamás había
hablado tanto y de tan buena fe como ahora, no tendría mejor oportunidad para
liberar su curiosidad. Había tantas dudas como vasto era el páramo vacío de su
memoria. Podría haber sido cauta y cerrar sus cuestiones a puntos concretos,
pero la avaricia ganó ante la posibilidad de pintar aquel lienzo vacío.
—¿Qué es lo que sabes de mi pasado?
Y su respuesta fue una cruel medialuna.
Había sido una necia por intentarlo.
—Lo suficiente como para lamentar tu
existencia… y la mía. —Su grotesca sonrisa se quebró. La Sombra le dio la
espalda, escondiendo así su escasa blancura—. Se acabó la charla.
Su figura estalló descomponiéndose en
cientos de pedazos sombríos. La escena le impactó tanto que tardó en ver que
eran muchos menos de los que antes poblaban las celdas. La mayoría cayó al
suelo, deslizándose hasta acabar bajo sus pies.
Componiendo su sombra.
No le sorprendió ver la extraña lógica
tras ello. Más raro fue ver como las motas sobrantes caían directamente sobre
Firo y se difuminaban al tocarlo. Cuando terminaron, no quedaba ni una en el
aire. Miró a su alrededor y comprobó que los demás prisioneros también se
habían desmayado.
Su atención volvió a Firo y se arrastró
hacia él, consciente de que las sombras que sustentaban a los espectros habían
desaparecido. Su sangre se heló al no captar su presencia en su cabeza.
Logró llegar y arrodillarse a su lado. Al
igual que hizo su Sombra, extendió una mano hacia él que después detuvo. ¿Y si
el mal ya estaba hecho? Negó con la cabeza. No había tiempo para asustarse.
―Oye, despierta ―lo llamó, poniéndole una
mano en el hombro―. Vamos, despierta, despierta…
Lo zarandeó con cautela, obteniendo el
mismo resultado. Un tenue movimiento indicaba que respiraba, a pesar de no
reaccionar a sus palabras. Su mente solo escuchaba su propia voz, negándose a
creer aquella situación. ¿Y si su poder también le había atacado? ¿Y si no
lograba despertar? Recordó que nunca lo había visto dormir, era incapaz de
ello. Si se desmayaba, su mente seguiría activa. Era parte de su
maldición.
Iban a escapar juntos, era una promesa. No
podía estar pasando aquello…
―Vamos, despierta… Por favor…
Y entonces, justo cuando iba a girarlo,
una voz la llamó.
―Claire, ¿eres tú?
La aludida ahogó un grito mientras Firo se
incorporaba lentamente, volviéndose hacia ella. Aquellas palabras las había
pronunciado con su voz, su boca. Compartieron una mirada de asombro y extrañeza
hasta que él se dio cuenta de lo que acababa de hacer.
—Yo… Puedo hablar.
Claire dejó escapar un suspiro de alivio y
una sonrisa cuando él repitió aquellas palabras. Se puso de pie, tocándose el
rostro con ambas manos y pasando sus dedos por sus mejillas, labios e incluso
sus recuperados dientes. Finalmente, se giró hacia Claire y ella vio la misma
sonrisa que el niño del fichero, reconocible a pesar de las mejillas hundidas y
cenicientas por el encierro.
—¡Lo has conseguido! —Un poco de tos
interrumpió su entusiasmo—. No puedo creerlo, no esperaba que pudieras acceder
a los registros. ¿Cómo lo has hecho?
El chico se tambaleó y Claire evitó su
respuesta tomando sus manos para equilibrarlo.
—¡Cuidado, cuidado! —Él asintió, todavía
sonriente—. No te fuerces.
Como respuesta, Firo rio y se dejó caer de
rodillas para abrazar a Claire. Ella se quedó aturdida unos instantes antes de
poder devolvérselo.
—Gracias por insistir en rescatarme. No
habría salido de aquí sin tu ayuda.
Claire parpadeó, todavía abrumada.
—Solo cumplí mi palabra. —Frunció el
ceño—. Aunque no entiendo cómo salió bien.
Firo se retiró, sentándose frente a ella.
—¿Recuerdas mis teorías para romper la
maldición? —Claire asintió, poco convencida—. Nuestra primera opción y la más
segura era hacer una bendición contraria y específica que la deshiciera, pero
ni Carine ni yo podíamos hacer Brujería Blanca para ello.
»La otra opción era atacar a las
maldiciones sencillas que componían la mía, esperando que el efecto en cadena
terminara por romperla. Por ejemplo, usar metamorfosis para devolverme la boca
y funciones corrientes o forzar mi memoria.
»Si comparamos mi maldición con una
cerradura a abrir, la contrabendición sería como crear una llave que encajara
perfectamente y la abriera sin provocarle daños, mientras que estimular mi
memoria sería forzar la cerradura: podría dejarla tocada e inservible.
—¿Y la Metamorfosis?
—Como echar la puerta abajo a patadas.
—Ouch. Bueno, al menos no he escogido la
peor opción. —Firo guardó silencio y Claire entrecerró los ojos—. ¿Cómo te
encuentras?
—Mejor que en años, lo cual no es muy
indicativo de mi estado —cedió él—. Chispeante de méner y muy hablador. Todavía
gris.
—¿Y si era tu color original? —Claire
forzó una sonrisa que Firo no le devolvió—. Lo siento, creo que los golpes me
han roto el humor.
—Se te perdona —aceptó él, suavizando el
gesto—. De todos modos, si fuera así tendría más memoria que mi nombre: Firo
Delayer. —Tras saborear las palabras, negó con la cabeza—. No me inspira más
recuerdo.
Claire tragó saliva.
—Tal vez no haya sido la mejor opción.
—Era la única que teníamos. —Se encogió de
hombros—. Además, prefiero ser gris y amnésico fuera de las celdas que en
ellas. Decías haber visto mi foto en un informe, ¿lo has traído?
—El tuyo y el de Carine. —Firo alzó las
cejas—. Los tiré en la entrada. La foto no está a color, aunque igual te
despierta la memoria.
—Tal vez —dijo él, levantándose. Miró a
Claire, ensangrentada y con el hielo fundiéndose en su brazo—. ¿Puedes ponerte
en pie?
Ella asintió, aunque aceptó la escasa
ayuda que ofreció su mano. Mientras Firo recogía los ficheros a la entrada,
Claire se entretuvo ojeando sus alrededores. Los presos seguían desmayados en
sus celdas, sin cambio aparente y con un débil compás moviendo sus
pechos.
No había rastro del guardia humano al que
robó ojos y recuerdos. Supuso que Firo pudo mandarlo arriba antes de que bajara
el shiriza, quien seguía inconsciente. Alto y fuerte, ahora que podía verlo sin
peligro parecía joven, recién pasada la veintena. Dormido como estaba, su
piedad y culpa parecían más creíbles que cuando las pronunció.
Su espada captó su atención y se agachó
para recogerla. De empuñadura negra, era más elegante y estilizada que la del
guardia. En el borde de la hoja, unos símbolos parpadeaban levemente. La
blandió con la mano derecha y soltó un quejido por la muñeca. ¿Hasta qué punto
se la habría lastimado?
Cambió el arma de mano y observó su
reflejo en el filo. Sus ojos habían vuelto al azul habitual, oscurecidos tras
fatiga y su flequillo sudoroso. Probó un par de estocadas con la izquierda. El
filo era ligero y manejable, similar al de la espada que usó contra
Blake.
La guardó en su cinto. Inconsciente como
estaba, aquel shiriza no necesitaría una espada y no pensaba dejársela para
cuando despertara. Un poquito de venganza no sabía mal.
Cuando se acercó a la puerta, Firo seguía
leyendo los informes. Se había apoyado en la pared y tenía el ceño fruncido.
—¿Te encuentras bien?
—Debería preguntártelo a ti —contestó,
cerrando el fichero. Parecía el de Carine—. El hielo se te deshace.
—Aguantaré, aunque no me vendría mal un
Sanador. ¿Puedo ayudarte con el portal?
—Puedo hacerlo en cuestión de minutos, ¿recuerdas?
—Sonrió, y Claire lo miró con preocupación. Parecía cansado—. Bueno, tal vez
algo más. Aunque noto una mayor corriente de méner, dudo que este sea mi cauce
normal. Espero.
Claire torció el gesto. El símil de la
cerradura volvió a su cabeza.
—De hecho, me gustaría visitar la celda de
Carine para ver si se dejó algo más para tratarme. —Notó la mirada de Claire y
le dedicó una sonrisa cansada, seguida de una confesión—: Bueno, y para
despedirme de ella. Sé que tenemos prisa, pero…
—Iremos —le sonrió de vuelta—. Aprovecharé
para reponer fuerzas.
Se abstuvo de mencionar que el tiempo
hacía menos daño a sus heridas que la amenaza de ser descubiertos. Ambos lo
sabían de sobra.
Abandonaron las celdas y a sus cautivos
todavía inconscientes, dejándolos encerrados junto al shiriza. Claire se había
tomado la libertad de desproveerle tanto de armas como llaves, aunque presentía
que tardaría en despertar.
Tal y como prometió, Claire se dejó caer
frente a la puerta de Carine mientras Firo inspeccionaba la entrada. Aquella
cámara acorazada era realmente impresionante, sobre todo considerando que su
prisionera entró siendo una niña. Extrañamente, Claire pensó que la fama de
Carine parecía justificar en parte la seguridad empleada. Al fin y al cabo,
parecía escaparse a menudo para ver a Firo.
Mientras cavilaba sobre sus métodos de
escape, aprovechó para recuperar el hielo perdido en el brazo. Su piel
agradeció el frescor familiar más que las gotas calientes que resbalaron por su
nariz. La escarcha y su palidez se salpicaron de rojo y sus límites se
difuminaron conforme las antorchas, el suelo y todo se oscurecía.
Un contacto familiar precedió a una voz
que le pedía despertar. Los zarandeos cesaron cuando Firo entró en su campo de
visión, sus ojos apenas enfocándolo. Algo de unas vendas, decía. Notó que la
tumbaba en el suelo y le vio coger las llaves de su cinto. Se perdió tras la
puerta de Carine y regresó en un parpadeo. Al volver, podía oír sus pasos y su
voz empezó a tener sentido.
—…vendas. Teniéndolas no hacía falta que
usaras magia. —Claire lo miró y Firo se percató de que conseguía enfocarlo.
Aunque suavizó el tono, no dejó la reprimenda—. Estás en tu límite, Claire.
Prométeme que no harás magia hasta que salgamos de aquí.
—¿Y si la necesitamos? —balbuceó.
—No creo que necesitemos hielo pronto, ni
siquiera en ti —repuso él. Apretó un nudo en su brazo y Claire advirtió la
venda que cubría su piel. Estaba mojada de sangre y agua—. Aguantará, tengo
práctica con Carine. Me gustaría decir que ojalá no fueras también del tipo que
se mete en problemas, pero si has acabado aquí…
—No fue mi intención, yo solo quería
bailar.
No era del todo mentira, aunque Firo la
miró por otra cosa.
—Es verdad, llevabas un vestido y chaqueta
al principio. Están donde Carine.
—El Baile del Consejo, los shirizas…
Entrecerró los ojos, pero aceptó la ayuda
de Firo para volver a sentarse.
—Guarda el aliento. Ya me contarás cuando
salgamos. Descansa un poco.
Se levantó y le dedicó un último vistazo a
su venda antes de desaparecer en la oscuridad de la celda. Curioso que alguien
con el aspecto de un chiquillo la cuidara a ella. ¿Qué dirían aquellos
maleducados del baile si la vieran ahora? Oh, un temible monstruo siendo
salvado por un chavalín.
«Pensándolo bien, su comportamiento
tampoco refleja la edad de su cuerpo. —Un destello de lucidez le otorgó una
revelación—. Un momento, de verdad es mayor de lo que aparenta. Tendrá más o
menos la edad de Carine… como mínimo. Qué extraño».
Al cabo de unos minutos, Firo regresó con
mapas y el gesto pensativo. Aún con la boca recuperada, seguía siendo difícil
interpretar sus emociones. Claire recordó las palabras del shiriza:
“completamente hermético”. Debía ocultarlas de alguna forma.
—¿Estás mejor? —le preguntó.
Claire asintió como respuesta. Gesto que lamentó
cuando Firo dijo de marchar a los pisos superiores.
—¿Por qué? —graznó, teniendo que sorber
sangre por la nariz. Firo arqueó una ceja y ella se apresuró en añadir—: Estoy
bien, de verdad, pero subir nos pondría en riesgo. ¿No deberíamos hacer el portal
cuanto antes?
—Por eso mismo deberíamos subir —repuso
él, apartándose un mechón de la cara—. Cuanto más abierto sea el espacio donde
se crea un portal, menos méner cuesta. El de Carine apenas duró unos minutos y
se cobró meses de amplificación y méner ahorrado… que no me salvaron de acabar
por los suelos.
»Ahora, contamos con mi libertad de
movimiento y magia. Debo crear el portal en solitario, pues no estás en
condiciones de pasarme ni una gota de méner. Debo crearlo rápido, porque ese
shiriza era importante y pronto lo echarán de menos. Tenemos que aprovechar
todos nuestros recursos, y uno de ellos consiste en buscar espacio.
Claire siguió escuchándolo, fascinada. Sus
conocimientos delataban su inteligencia y habilidad con la magia a pesar de su
aparente juventud, explicándolos con exactitud y claridad por el bien de su
interlocutora. Aquella forma de análisis, detallado y concreto, le recordó a
cuando su Sombra analizaba los movimientos de sus rivales para dar con la
estrategia a seguir.
—Todos estos años, Carine aguantó a mi
lado buscando la forma de librarme de la maldición ―continuó, sin apartar los
ojos de su celda. Su mano acarició el metal de la puerta―. El que al final
tuviera que dejarme no borra sus esfuerzos, la información que reunimos y el
tiempo que compartimos.
»Esos momentos me han servido para
comprender mi situación, para que pudieras ayudarme. Ahora, gracias a ti vuelvo
a tener un nombre, pero aún faltan piezas de mi ser. ―Se giró hacia Claire,
decidido―. Hay una razón más por la que debo ir arriba, Claire. Creo que uno de
los salones de este castillo está relacionado con mis recuerdos. Si voy, tal
vez recupere parte de mi memoria.
Al oír aquellas palabras, Claire se apoyó
en la pared hasta lograr levantarse. Firo le dedicó una mirada de preocupación
que se extendió durante su respuesta:
—Entonces iremos lo antes posible. El
descanso me ha venido bien, podré andar.
Aun así, Firo se acercó a ella y le
ofreció su hombro como muleta. Al aceptar, le dijo:
—Eres un poco cabezota, pero de no serlo
aún seguiría preso. —Sonrió—. Tendré que fiarme de ti.
***
Las escaleras fueron la peor parte. Peldaño a peldaño,
avanzaron con calma y pausas (algunas pedidas por Claire, otras exigidas por su
bien) hasta dar con la puerta de los pasillos superiores. Con un momento para
recuperar el aliento y otro para que Firo le preguntara por enésima vez por su
estado, Claire logró decir que estaba mejor con sinceridad… y al devolverle la
pregunta él también parecía estarlo. Era curiosa la amenaza de ser ambos
“Mentalistas”, ninguna mentira pasaría inadvertida mientras se miraran a los
ojos, pues incluso los intentos de Firo por cerrarse ya indicaban algo.
Era él quien les guiaba por los pasillos
y, para sorpresa de Claire, demostró ser mejor instructor en persona que desde
las celdas. Aun marchando despacio, no se cruzaron con ningún otro individuo.
Los pocos que divisaron enseguida desaparecían entre otros pasillos, y el dúo
aguardaba a su marcha antes de avanzar. Mejor pues, aunque la túnica camuflaba
la identidad de Claire, su acompañante gris destacaba en la blancura del
lugar.
Algo más despejada, convenció a Firo para
dejar de ser su apoyo y este pasó a tomarla de la mano, liderando los pasos. De
vez en cuando se detenía, indeciso, antes de ojear el mapa y seguir adelante.
Cuando le preguntó por su sentido de la orientación, contestó que no solo se
guiaba por las huellas de Carine, si no las suyas propias: cuanto más se
alejaban de las mazmorras, más familiar le era la fortaleza.
En su última pausa, se detuvo ante una
puerta y Claire le ayudó a abrirla. Entraron en un salón de baile, mucho más
pequeño que el de la Sede, con un hermoso suelo ajedrezado. La iluminación
provenía de polvorientas lámparas, encendidas con encantamientos perennes y
abandonadas como las mesas y sillones amontonados en las paredes. Hacía tiempo
que los únicos eventos allí se celebraban en las telarañas, que prosperaban en
cualquier rincón posible. Las paredes eran de madera intercalada con espejos, y
Claire devolvió la mirada a una joven cansada y su extraño acompañante gris.
—Es aquí.
La mano de Firo se deslizó de entre sus
dedos y Claire lo siguió despacio, vigilando y curioseando sus alrededores. Lo
cierto es que también notaba una sensación familiar, una demasiado cercana para
pertenecer a su memoria perdida. Sentía la presión en el aire, el hedor
mezclado con el polvo que encogía sus pulmones con cada respiración.
Era el olor a la magia, de recitaciones y
méner concentrados en un mismo lugar. El recuerdo de su llegada a Máline la
inundó y se abrazó a sí misma embriagada por él. Tanta energía, tanto poder, la
agobiaba y detenía sus pasos. Sin embargo, no llegó a hacerla huir. No sintió
miedo, pues se le prometió liberarla de él. Solo notó la carga de aquel
almizcle en su pecho, aquel que tantas emociones arrastró a su vida.
Notó como su Sombra se agitaba en su
interior, en sus pies sin que la luz la moviera. Un mal augurio. Tomó una
bocanada de aquel aire manchado y se forzó a seguir a Firo. No podía flaquear
ahora.
Él ya había llegado al otro extremo de la
habitación, a una pared cubierta por una tela tan polvorienta como el resto de
muebles. Claire, a mitad de camino, vio como quitaba la cobertura y se retiraba
para examinar aquel arco trazado en rojo.
Un clic en su mente la trasladó a
recuerdos ajenos que había observado, a las noches de Firo y Carine trazando el
portal que los salvaría. Entonces, su Sombra advirtió y Claire se giró para
recibir el impacto.
Su cuerpo cruzó la mitad del salón,
aterrizando casi a los pies de Firo y sacándolo de su ensimismamiento. Este
gritó su nombre y corrió para arrodillarse a su lado mientras ella luchaba por
mantenerse consciente. Una arcada le arrancó sangre y ácido de su interior,
manchando las túnicas de ambos y despertándola por fin. Conteniendo un aullido
de dolor, se dejó ayudar para incorporarse y los dos fugitivos entraron en
guardia.
Su agresora tenía la piel gris, con
ligeras escamas recubriendo sus mejillas. Llevaba guantes que no ocultaban la
silueta de sus garras. Tras ella, una cola acabada en punta de flecha, afilada
cual cuchilla, se mecía a la espera de su reacción.
Se trataba de una shiriza, pero había algo
diferente en ella. Parecía mucho más poderosa que cualquiera de sus anteriores
rivales, más incluso que el antiguo propietario de su espada. Tal era su poder
que Claire se estremeció, pues la misma sensación que había sentido al cruzar
aquella sala, al aparecer en el bosque entre magia, volvió a ahogarla.
Su atuendo verde, sin embargo, no parecía
indicar que fuera guerrera. Llevaba un hermoso y elegante vestido largo,
combinado con sus guantes y un antifaz que escondía sus ojos. El conjunto
parecía más apropiado para una mascarada que una pelea, aunque su ataque había
demostrado su fuerza.
Al moverse, un destello brilló en su
cintura, dorado como su larga melena ondulada. Se trataba de una espada con
empuñadura de oro y jade, envainada hasta hallar algo que cortar.
—Ha sido descortés golpearte a traición,
pero también lo es pisar lo que no os pertenece. Los presos deben ocupar sus
celdas. —Claire se llevó la mano a la espada y Firo apretó su hombro, pidiendo
paciencia. La mujer negó con la cabeza—. Veo que tendré que dar ejemplo de
cortesía con mi presentación: Estáis ante Kasshere Zasjara, Reina legítima de
Zes’Haris y, por lo tanto, Soberana de la antigua y noble raza shiriza.
Claire escupió, más por el vómito que por
ofensa. La mujer ante ella era la responsable del control de miles de inocentes
y la muerte de otros cientos. Aquella tirana estaba justo ante ella, y lo único
que la mantenía consciente era el dolor y el miedo.
Firo volvió a apretarle el hombro para
llamar su atención. Se agachó y, sin dejar de mirar a la Reina, le susurró:
—Retírate hacia la pared, yo me encargo de
ella.
Claire contuvo el aliento. ¿Cómo podía
estar diciendo aquellas palabras? No hacía ni dos horas que recuperó su cuerpo,
no estaba en condiciones de luchar y menos contra una maga tan poderosa. Estaba
loco y, sin embargo, sus ojos tenían la determinación de quien ya sabe el
resultado de una acción.
La ayudó a levantarse y tuvo la sensación
de que había crecido, o tal vez fuera la confianza que depositaba en sus
palabras. Fuera lo que fuera, Claire se retiró a la pared mientras Firo
marchaba hacia la Reina.
—Firo Delayer —lo llamó y el nombrado se
detuvo—. Te mandé buscar, confirmar que seguías callado y olvidado… menos por
ella. Veo que tu maldición no te impidió seguir liberando prisioneros.
Esta vez, fue la Reina quien avanzó, sus
zapatos de gala sonando como un cruel metrónomo sobre el mármol. Claire siguió
andando casi a rastras, confiando no por fe, si no por la desesperación de no
poder hacer otra cosa. Su mano sana cubría su estómago, allá donde la Reina
impactó, y entrecerraba los ojos para centrar la vista. Agonizaba, pero estaba
cerca de la pared.
—¿Qué pretendes con esto? Sabes que no
eres rival para mí, y menos en tu estado. Os mataría antes de que recitaras un
mísero escudo. —De pronto, la shiriza cambió su tono de voz, como si una idea
hubiera cruzado su cabeza—. O tal vez… Intentas que escape sola, como hiciste
con la pobre Carine, ¿no es así?
Claire se detuvo para ver como Firo
cerraba los puños. La Reina sonrió y un escalofrío retorció sus entrañas. No
podía ser que fuera a repetir la historia. No iba a dejarlo solo.
¿O ese era el plan?
—Claire, no te detengas —dijo Firo, en voz
alta—. Confía en mí como yo confié en ti.
Y ella apretó los dientes y siguió
caminando. Ya casi estaba. A sus espaldas, Firo le devolvió la sonrisa a la
Reina con un desafío:
—Si quieres matarla tendrás que pasar por
encima de mi cadáver.
La expresión de Kasshere no respondió a su
provocación. Su voz cayó a la gelidez cuando declaró, átona y segura:
―Tu valor te salva de la muerte, pero
sigues mereciendo un castigo.
Claire se volvió con aquellas palabras,
cuando apenas unos pasos la separaban del final. Lo hizo justo a tiempo para
ver a la Reina desenvainar con un silbido metálico. En un parpadeo, la hoja
atravesó el aire.
Pero Firo ya no estaba allí.
Claire parpadeó perpleja, tanto como la
Reina que se irguió buscando al crío que había osado retarla. Fue entonces
cuando la Elegida notó una mano en su hombro, y se giró para ver a los ojos de
Firo sonriendo entre su pelo gris, a la misma altura que los suyos.
―Me prometiste que escaparíamos juntos de este lugar,
¿no es así? Y yo no soy quién para romper una promesa.
Le tendió la mano y Claire la aceptó
devolviéndole la sonrisa. Desvió su atención a la Reina y, con la mano libre,
se apoyó en la pared abriendo una brecha de luz.
La Soberana no se rendiría tan fácilmente.
Echó a correr hacia ellos y Firo retrocedió arrastrando a Claire al interior
del portal. Sus pies comenzaron a flotar, rodeados de un espacio gris y de luz
tenue donde no podía distinguir donde empezaban ni acababan paredes y suelo. Lo
único que parecía real era la brecha que daba a la fortaleza, con la imagen de
la Reina acelerando hacia ellos.
Firo gritó unas palabras en un idioma que
Claire no comprendió y el murmullo de la magia se intensificó hasta un ruido.
Había dado la orden de cerrar la brecha, pero Kasshere era rápida y tomó entre
sus garras enguantadas los límites, tratando de abrirse paso.
El espacio se sacudió. Claire abrazó a
Firo y él la rodeó con sus delgados brazos, temerosos de que la corriente de
magia los separara. Las garras de la Reina temblaron, esforzándose a pesar de
que la grieta seguía cerrándose.
—¡Recuerda lo que acordamos! —le dijo Firo
a Claire, alzando la voz para hacerse oír entre el rugido de la magia—. No sé
nada del mundo exterior, así que tú escoges nuestro destino. Piensa en un lugar
donde estemos a salvo. Visualízalo en tu cabeza. ¡Deprisa!
Claire asintió mientras pensaba donde
querría ir… o más bien con quienes quería estar. Sin embargo, una luz cegadora
rompió su concentración y arrancó un grito a su lado. La Reina había reabierto
la brecha y sus garras se clavaron en Firo, separándolos.
La Elegida consiguió tomarlo de la mano
antes de que se lo llevara. El frío y el calor volvieron a su cuerpo
preparándose para llamar al hielo. Firo fijó su vista en la mirada oculta de la
Reina. Kasshere sonrió.
La oscuridad precedió al hielo de Claire.
El gris del portal, la luz del salón que
entraba a través de la brecha, la tirana… Todo fue consumido por la oscuridad.
Entre la negrura, Claire distinguió unas finas espinas que se acercaron al
antifaz de la Reina. Fue ahí cuando su alivio se rompió en pedazos.
No lo había hecho su Sombra. Las espinas
eran demasiado negras, demasiado densas para ser creadas y comandadas por su
Otra Voz. No eran meras sombras, era oscuridad pura y la Reina se detuvo
en seco al ver que rozaban su máscara.
Entonces, Firo murmuró algo que Claire no
logró entender y que arrancó una carcajada de la tirana. Soltó el brazo de Firo
sin perder la sonrisa.
—Tenemos demasiado en común, Delayer
—dijo, conforme su cuerpo retrocedía al salón—. Disfruta de tu escasa libertad
porque pronto volveremos a vernos. No quiero perder a alguien tan valioso como
tú.
La brecha se cerró y Claire atrajo a Firo
hacia sí. Un destello amarillo se perdió tras sus párpados cenicientos, el
primer color que vio en él. Poco a poco, la densa oscuridad dejó paso a un apacible
gris que invitaba a descansar, o tal vez fuera el agotamiento que arrastraban
sus cuerpos. Claire cerró los ojos, abrazó a su compañero, y este la
correspondió.
El ruido del portal se convirtió en un
murmullo conforme los dos fugitivos caían en la inconsciencia. Unidos por sus
brazos y un maltrecho manto blanco, permanecieron juntos durante el viaje.
***
Lo primero que vieron los ojos de Claire al despertar
fue un techo de madera. Yacía acostada sobre algo blando que resultó ser una
camilla de hospital, y la ventana a su lado la iluminaba con trémulos rayos de
sol. Aún nublado, la luz se sintió clara y cálida como una mañana estival,
sobre todo comparada con la tormenta que aún tronaba en su cabeza.
Intentando despejarse, se incorporó y las
quejas de su cuerpo la devolvieron al lecho. Fue más la sorpresa y el recuerdo
de sus heridas que un verdadero dolor, pues apenas sentía molestias en su
estómago, cabeza y brazo derecho.
El temporal de recuerdos y lucha empezaba
a despejarse en su cabeza, dándole sentido a lo vivido y obligándola a tensar
los hombros cuando escuchó a alguien acercarse. Entonces, con la misma rapidez
que entró en guardia, se relajó y Blake le sonrió:
—Te abrazaría, pero estás tan herida que
temo hacerte más daño.
Claire le devolvió una sonrisa inspirada
por la emoción, alegría e incredulidad. En las celdas, logró alimentar su
esperanza a base de necesidad, pero siempre existió la pequeña duda de si
volvería a ver a Blake, a Ángela, a su hogar.
Y ahora estaba a su lado. Como debía ser.
Escuchó más pasos por la habitación y
Blake la ayudó a sentarse en la camilla con cuidado, con los pies colgando del
borde de esta. Grey acercó una silla a ellos, levantando dos dedos como
saludo.
—Vaya paliza te dieron anoche, ¿no?
—comentó, en tono casual—. Creo que no te queda centímetro de piel sin vendar.
—Y que lo digas —coincidió Claire,
mirándose.
La habían vestido con una bata de hospital
y cambiado las vendas del brazo por unas nuevas. El vendaje se extendía por el
hombro y reaparecía en su abdomen y parte de las costillas, además de en la
muñeca, más rígido para inmovilizarla. Palpó su cabeza y también notó tela en
ella.
—¿Me han mirado bien aquí dentro?
—preguntó, forzando una sonrisa—. Ayer me desmayé unas cuantas veces y algunas
fueron por golpes en la mollera.
—Los Sanadores dicen que está todo en
orden, pero han encantado tus vendas para acelerar la recuperación —contestó
Blake. Aunque alegre, su rostro se debatía entre el alivio y la preocupación—.
También me han pedido que te advierta sobre las consecuencias de la magia.
Parte de tus hemorragias indican un golpe de calor por usarla de forma continua.
Es típico en principiantes y…
—Algo de eso he oído, sí —le interrumpió
Claire, con un suspiro. Blake la miró con curiosidad, pero ella no
desarrolló.
—Tenías un corte bastante feo en el brazo,
pero han sabido curártelo bien —comentó Grey, evitando el silencio—. No te
quedará ni cicatriz.
—Los médicos han elogiado tu trabajo con
el hielo —añadió el otro—. Dicen que paraste la hemorragia sin demasiados daños
por frío. Aunque tu muñeca…
Claire miró su mano derecha y comprobó que
podía mover ligeramente la articulación a pesar de la venda. Dolía más que el
resto de sus heridas, pero estaba mucho mejor que antes. Tendría que pelear con
la izquierda por unos… ¿días? Se volvió hacia Blake, su semblante pensativo.
—Recuerda cuando te torciste el tobillo en
Máline —le dijo él—. La Sanación aumenta nuestra regeneración natural, pero no
es bueno depender de ella porque genera resistencia… La que te han aplicado
solo se usa en emergencias.
¿Emergencia? La habitación a su alrededor
no transmitía urgencia alguna, a pesar del recuerdo del ataque y su secuestro.
Cuando quiso preguntar por ello, Blake volvía a mirarla.
—Claire, ¿cómo te hiciste todo esto?
Su alivio por recuperarla había dado paso
a la preocupación. Grey también parecía tan intrigado como consternado por su
aspecto. Claire no tuvo más remedio que tragar saliva y contestar:
—El shiriza me llevó lejos, a una
fortaleza al servicio de la Reina shiriza. Me dejó en las mazmorras, pero logré
escapar con ayuda de… —Miró a Grey y titubeó antes de seguir. ¿le habría
contado Blake sobre sus sueños?—. De otro de los presos. Me enfrenté a ese
shiriza y gané a duras penas. Luego intentamos hacer un portal y la mismísima
Reina casi nos detiene. —El recuerdo de la profunda oscuridad frunció su ceño—.
Ni siquiera sé cómo logramos…
Olvidando lo que había dicho antes, Blake
interrumpió su historia con un abrazo tan fuerte que le arrancó un quejido por
sus heridas.
—Cuando aquel shiriza me miró a los ojos
paralizó todo mi cuerpo, pero podía seguir viendo y oyendo —le contó, con voz
temblorosa—. Vi cómo te levantaba y se desvanecía contigo, sin que pudiera
hacer nada. Me sentí impotente, un auténtico inútil. Yo…
Claire le dio unas palmaditas en la espalda.
―Ya pasó, tranquilo, ya pasó. Aunque agradecería que
no me rompieras algún hueso.
Blake asintió y la soltó, limpiándose los
ojos vidriosos con la manga de su jersey. A su lado, Grey la miraba
completamente asombrado.
—¡¿Viste a la Reina?! No, es imposible… ¿Y
cómo es que estás viva?
—Sinceramente no lo sé. Él logró cerrar el
portal de alguna forma y…
—¿Él? —inquirió Blake.
Claire enmudeció. ¿Qué había sido de Firo?
Miró a su alrededor. Ni él ni Ángela
estaban en la habitación. La única camilla ocupada era la suya. Grey y Blake la
miraron confusos y una extraña sensación recorrió su espina dorsal.
¿Acaso había sido todo un sueño?
La razón alivió su temor como hielo en una
quemadura. Sin Firo, ella no habría podido cruzar el portal a la libertad, no
tenía forma alguna de regresar con sus amigos. Luego, Blake soltó una
exclamación y disipó sus últimas dudas.
—¡Ah! El preso será el chico que vino
contigo. Ángela ha estado con él y ha vuelto para llevarle ropa mía. Fue a
visitarle porque se levantó antes que Grey y yo, y decidimos cuidarte mientras
ella lo atendía. No debería tardar en…
De pronto, alguien llamó a la puerta y los
dos Elegidos se giraron hacia Claire. Ella asintió.
—Adelante.
La puerta se abrió y Ángela le dedicó una
sonrisa radiante. Llevaba un montoncito de ropa que dejó en la silla a su lado.
—¡Hola, dormilona! —Claire sonrió de
vuelta, esperando un abrazo que no llegó. Ángela se giró hacia alguien que
aguardaba tras ella—. Pasa, Claire está despierta.
Tras Ángela, entró un joven que aparentaba
unos dieciocho años de edad, alto y delgado. Su piel era clara, contrastando
con el intenso rojo oscuro de su cabello, que caía liso hasta la mitad de su
espalda. No obstante, el blanco y escarlata no eran lo único que destacaba en
él: en su rostro de rasgos finos brillaban dos ojos amarillos, un color más
propio de un gato que un humano.
Aquel desconocido entró en la habitación y
se detuvo a un par de metros de la camilla de Claire. Agachó la cabeza a modo
de saludo y se presentó:
―Mi nombre es Firo Delayer. ―Alzó la
mirada hacia Claire y sus ojos parecieron centellear cuando dijo―: Y sé quién
eres.
»Eres Claire Delayer, mi hermana gemela.
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