Embriaguez
La tímida luz del crepúsculo se filtraba por las
ventanas de la taberna, anunciando la despedida del sol hasta el año venidero.
A pesar de que era temprano, la noche invernal llegaba cuando en primavera
todavía habría luz del día, la excusa perfecta para empezar las celebraciones.
Era Fin de Año una vez más. Los brindis y
felicitaciones perdían coherencia conforme se vaciaban las jarras de cerveza y
se reemplazaban por otras. Algunas comandas incluían aperitivos y meriendas
para compensar la graduación de alcohol de los pedidos. El olor de las
salchichas y el estofado caliente calentaba los corazones de la gente, y el
tabernero devolvía las sonrisas de sus festivos clientes.
A pesar de que el oficio le impedía unirse
a la fiesta, la felicidad a su alrededor mantenía sus ánimos a flote en una de
las noches más complicadas para el negocio. Lo agradecía pues, en tiempos tan
aciagos, toda jovialidad era bienvenida.
En un momento, a pesar del barullo de
cantinelas y risas ebrias, el entrenado tabernero avistó unas gotas de cerveza
que no acabaron en un sediento gaznate. La jarra de un conocido derramaba su
contenido sobre la madera pegajosa de la barra, manchando tanto el suelo como
el cabello de dicho muchacho.
Chasqueó la lengua. No era la primera vez
que aquel cliente llegaba a un problemático estado de embriaguez, pero jamás le
había visto perder el conocimiento así.
Con toda la discreción que pudo, le pidió
a su compañero que buscara al segundo borracho que solía acompañar a aquel
joven de frente vendada y ropas desgastadas. Después, lo tomó entre sus brazos
y lo llevó a la trastienda. De ser otra persona, lo habría aleccionado
sometiéndolo a la fría nevada de los callejones, pero se descubrió incapaz. A
pesar de sus desmedidas cogorzas, había pillado cariño a aquel bribonzuelo.
―La próxima vez contrólate un poco, zagal.
Apenas son las cinco de la tarde.
El muchacho no respondió. El tabernero
frunció el ceño antes de encogerse de hombros y subir las escaleras de vuelta
al trabajo. Es cierto que jamás le había visto dormirse beodo, y que
normalmente consumía bastante más antes de dar problemas, pero entre celebraciones
tal vez la bebida le golpeó más fuerte que de costumbre. Ya se encargaría su
colega de despertarlo.
De mientras, el joven experimentó algo que
siempre había ansiado, pero jamás se le concedió. Sus pasos oníricos marcharon
entre caminos desconocidos, acompañados de los tañidos de una campana.
Sorprendentemente consciente, su mente contó hasta ocho mientras avanzaba,
emocionado, en un sueño propio.
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