Lluvia
Un joven se refugiaba del temporal entre las paredes
de un hogar abandonado. Su única compañía eran las arañas que tejían sus redes
sobre el polvoriento techo. Sin importarle la suciedad del ruinoso escondite,
se apoyó en la pared y soltó un suspiro de alivio. Poco a poco, su espalda se
arrastró hasta acabar sentado en el suelo, dejando un rastro de agua sucia tras
él. Sus ropas negras estaban mojadas por los primeros avisos de tormenta, de
momento una lluvia suave. Tal vez podría aprovechar para limpiar un poco sus
prendas, llenas de tierra y polvo, a riesgo de que esta llamara la atención de
los transeúntes mágicos.
Se dejó llevar por aquella idea,
intentando distraerse del creciente rugido del viento. Todavía le temblaban las
manos cuando se quitó la máscara y la contempló entre sus dedos. Realmente no
la necesitaba, pues el polvo de su refugio no era nada comparado con la
polución que requería filtrar en sus tierras. La conservaba como recuerdo
principalmente, una de las tres reliquias que guardaba de su pasado. Se la
ponía cuando la paranoia lo exigía, temerosa de que su rostro fuera reconocible
a pesar de los años.
Las gotas de lluvia teñían el silencio de
su escondite con un melancólico y sereno ritmo que, sin embargo, inquietó al
fugitivo. La tormenta seguía acercándose, una lejana amenaza perdida entre los
pasos del agua. Huyendo de sus miedos una vez más, se escondió bajo la capucha
de su sucio abrigo y sacó su segundo tesoro del bolsillo. Al rozar aquel
dispositivo metálico con los dedos, estos soltaron una entrenada descarga que
encendió su pantalla.
No obstante, antes de que lograra conectar
sus auriculares, sus párpados se cerraron acompañados de un nuevo compás. Siete
campanadas tocaron para el solitario oyente, una obra privada que desterró a la
sinfonía de agua y luz, apagando consciencia y tormenta.
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