miércoles, 2 de abril de 2025

Tablón: Update Marzo-Abril 2025


 ¿Qué he hecho en Marzo?

Respuesta corta: poco

Respuesta larga: 

Como podéis ver estoy desquiciado


1. Qué he estado haciendo

A ver, realmente he estado haciendo cosas. Pasé 3/4 de Marzo escribiendo un relato para la última antología de Akane editorial, así que lo que es practicar mi escritura lo he hecho. Es más, me quedé bastante satisfecho con el resultado. 

La cosa es que:

Lo gracioso de tener un pelo y gafas reconocibles es que puedo hacer muchos memes pochos fácilmente


He tenido unas semanas de bajona tras el subidón del relato corto y solo hace tres días que he podido ponerme de nuevo con mis proyectos. He vuelto con la re-escritura de la Profecía con un capítulo difícil pero que me parece interesante para seguir (Capítulo 3 parte 2). 

Para los días donde la potencia mental no me dé para re-escribir, estaré haciendo lore (sigo pensando qué es lo siguiente que publicar) y también tengo pendiente seguir la corrección de la Parte 2 para su publicación. 

Ya me he propuesto la publicación del capítulo 5 parte 2 para este mes (solo queda revisarlo), así que aprovecharé para revisar también el 6.



2, Últimas publicaciones

De momento os dejo un repaso de las últimas publicaciones por si queréis echar tiempo.

La Perdición del Entomólogo:
La Profecía del Mal, Segunda Parte:


3. Próximas publicaciones

La Profecía del Mal, Segunda Parte:
  •     Capítulo 5: Escondite  
Disponible: Miércoles 16/04/25

La Profecía del Mal, Notas de Lore:
  • Nota sorpresa jiji
Disponible: Miércoles 30/04/25

4. Sigo buscando Betas

Ya lo dije en la anterior actualización, pero sigo buscando LECTORES BETA PARA LOS ESCRITOS CORTOS, es decir, todo lo que no sea la Profecía.
Que en verdad también necesito para la Profecía, pero es mucho texto.
Otra forma de colaborar es darme una colleja en los comentarios si encontráis erratas tontas (ortografía/repeticiones) en los comentarios. Me ayuda mucho jeje.



Poco más, hasta el mes que viene :D






miércoles, 26 de febrero de 2025

La Profecía del Mal, Segunda Parte: Capítulo 4

Control


Lo primero que hizo Claire fue llevar la mano a la espada. Sus dedos rozaron la empuñadura y su vista saltó de árbol en árbol, buscando a los enemigos que los acechaban. Estaban en un buen claro, tenían una buena visión de sus alrededores a pesar de la bruma.

Había entrado en guardia, pero no compartió su preparación con el resto. Y Blake sí lo hizo:

—¡CORRED, VAMOS!

El grupo echó a correr, como si se asustaran más por la súbita orden que el inminente combate. Desorientada, Claire quedó en la retaguardia y optó por mantenerse allí, confiando en proteger a sus compañeros de cualquier ataque por detrás. Las ramas azotaban sus rostros y arañaban su piel, la premura ignorando el cansancio acumulado por el viaje. El candil de Grey tintineaba en sus manos y el cetro de Ángela era un faro entre hojas y cabezas. Marcaba su posición, pero solo para sus amigos, pues sabían que los shirizas eran ciegos a su luz.

Sin embargo, las luces de poco servían entre follaje y niebla. Teniendo que correr a ciegas la mayor parte del tiempo, Claire se guiaba más por los jadeos y pasos de sus amigos, el tintineo de mochilas y ropas, y las decenas de siseos que ignoraba si formaban parte de su imaginación o no.

No vio la rama que la hizo tropezar, rodando sobre sí misma. La tierra le robó la imagen de la chaqueta de Grey corriendo delante suya y, cuando volvió a levantar cabeza, solo había bosque ante ella.

La adrenalina le calmó el dolor por la caída. Se levantó rápidamente y reanudó la carrera esperando ver un rastro de luz, las siluetas de sus allegados, pero la niebla los había engullido.

Ralentizó el paso, calló su aliento, esperando escucharlos allá donde su vista no llegaba. En medio del creciente pánico, estuvo a punto de llamarlos a voces cuando un estremecimiento salió a reprenderla:

«Los shirizas no tienen ojos, pero sí oídos. Cierra la boca».

Aunque ni siquiera veía la Sombra a sus pies, decidió obedecer y prepararse para un inminente ataque. Desenvainó su arma y una mueca de dolor le cruzó la cara, obligándola a cambiar a la izquierda. Aunque los Sanadores habían cumplido, un día de descanso no bastaría para curar su muñeca.

Al cambiar de mano fue cuando se acordó de la baliza. Vio los puntos de sus amigos parpadeando en una dirección, cada vez más lejanos, y reanudó la marcha a trote. Un sudor frío le bajaba por la espalda, deseando que el ruido de sus pasos no delatara su avance. Los segundos se hacían minutos y estos le parecían una eternidad. Su mente estaba alerta, casi desligada de aquel cuerpo que avanzaba como un soldado de juguete. Prestando atención a su respiración cansada, a los fuertes latidos de su corazón y a cualquier ruido que quebrara aquel tenso compás.

Cuando la armonía se rompió a sus espaldas, deseó encontrarse con una cara conocida.

No tuvo esa suerte. La Sombra exigió y Claire lanzó una estocada directa al corazón del enajenado. Sin tiempo para pensar, solo obedeció al girarse y asestar un corte horizontal al siguiente, rematándolo con agujas de hielo.

Y así, comenzó a luchar, obligándose a ignorar su dolor y centrándose en salir viva de aquel lugar. Sus movimientos eran tan rápidos que ninguno de sus enemigos lograba tocarla antes de morir a sus manos. El tercer shiriza cayó ante ella, ahogándose en su propia sangre por el tajo que recibió en el cuello. Sin tiempo para terminar con su sufrimiento, Claire se volvió para matar al cuarto de otra punzada limpia, esquivando la espada que dirigía hacia ella. Con la mirada perdida de un autómata, Claire hundió su arma en el pecho del rival antes de empujarlo al suelo y apuntar al cuello del siguiente enemigo…

Que resultó ser Blake.

Este se quedó inmóvil, mirando sorprendido el arma que lo apuntaba, antes de deslizar sus pupilas hacia ella. Claire, con sus ropas cubiertas de sangre y respirando con fuerza, mantenía firme su posición. El silencio de la Sombra era distinto al de otras veces. Tenso, como invitándola a recordar aquel duelo donde exigió la muerte de su amigo. Su brazo comenzó a temblar, la reminiscencia trajo culpa y, al final, fue un tercero quien apartó el acero.

Ajeno a las implicaciones de aquella escena, Firo miró a Claire y le pidió silencio con un gesto. Ella asintió y finalmente guardó su espada, sin importarle la sangre que goteaba por la hoja. Mientras, Firo se colocó entre Blake y ella, posando las manos en los hombros de sus compañeros. Bajó la cabeza, susurró unas palabras que escaparon a la comprensión de sus aliados, y se movieron sin dar un paso.

Cuando sus pies volvieron a tocar el suelo, Ángela y Grey estaban frente a ellos.

Las piernas le fallaron y Claire se desplomó. Blake la siguió poco después y Ángela se arrodilló junto a ambos.  

—¿Eso ha sido un portal? —preguntó Claire, la cabeza todavía dándole vueltas.

—Solo un teletransporte rápido —contestó Blake en lugar de Firo. Miró a este último y seguía de pie, inmutable—. Deberías habernos avisado. No estamos acostumbrados a ellos.

—Lo siento —se disculpó Firo, tendiéndole una mano para levantarse. Ángela y Grey ayudaron a Claire—. Pero era lo más rápido para reunirnos.

Una vez en pie, la mano de Claire volvió a deslizarse hacia su espada. Intranquila, vigilando sus alrededores con el vello de la nuca erizado y sangre ajena enfriándose en su ropa. Ángela le frotó el hombro.

—Lo siento —decía, intentando calmarla—. Había mucha niebla y, cuando quisimos darnos cuenta, ya no estabas con nosotros. Blake y Firo retrocedieron para buscarte, pero Grey y yo quedamos rezagados también y…

Un ruido llamó su atención y Claire se giró de un respingo. Los arbustos tras ella estaban quietos, no como su mente. La paranoia bailaba con sus instintos y Ángela le apretó el hombro antes de girarse hacia Firo.

—¿Puedes volver a movernos? Teletranspórtanos a Máline, o al hospital de nuevo. Donde sea, lejos de aquí.

Firo chasqueó la lengua.

—No puedo hacer un teletransporte a tanta distancia y menos con tanta gente. Necesitaría abrir un portal…

—Entonces hazlo —declaró Claire y Firo titubeó en respuesta—. Tienes nuestro méner y estamos en un espacio abierto. Tienes las condiciones…

—No sé si tendremos tiempo —negó él, inexpresivo. Sus iris bailaron de un lado a otro.

—¿Por qué no? En las celdas dijiste ser capaz de crear uno en cuestión de minutos.

—¡En las celdas tenía las runas preparadas! —exclamó—. Al igual que en la sala donde huimos… —volvió a mirar a sus alrededores, su nerviosismo un reflejo del de la propia Claire—. Necesitaría tiempo. Bastante más.

—¿Cuánto? —inquirió Grey—. Porque igual nos renta avanzar con teletransportes cortos para despistar.

—Ni en broma, acabaríamos fatal —saltó Blake—. Yo echaría hasta la primera papilla.

—Y también me cansaría más que hacer un único portal —añadió Firo.

—¡Un momento! —intervino Ángela—. ¡¿Y por qué no dijiste de llegar en portal hasta Máline antes?!

—¡Basta!

El grupo entero enmudeció ante el bramido de Claire. Ella mantuvo el semblante, con tanta concentración como le permitía la angustia del tiempo perdido y el zumbido de la Sombra en su nuca, pidiendo tomar una decisión. La presión le impidió sentirse culpable por el grito.

—No hay tiempo para esto. Ángela, Firo no puede llevarnos a sitios que no conoce a no ser que alguien le indique. Si te damos destino podrás, ¿no?

Firo levantó la mirada y asintió levemente. Una gota de sudor le cruzó la cara, testigo del estado que el joven intentaba esconder, revelando sus motivos para no plantear aquella solución desde el principio.

Aunque hubiera recuperado color, boca y nombre, el mago parecía más débil que cuando vivía en las celdas. Si ya de niño tenía un cuerpo esbelto, de mayor parecía como si se hubiera estirado únicamente a partir de su masa de joven, con la piel pálida y una fragilidad que hacía difícil creer que hubiera aguantado aquel día y medio de caminata.

Su respiración agitada era otro indicativo de ello.

—La cuestión —continuó Claire, sin desviar la mirada de él— es si tendrás suficiente fuerza para crearlo.

Firo abrió la boca cuando los shirizas emergieron de sus alrededores. En un instante, cuatro rostros escamados fijaban sus inertes miradas en el grupo. Blake, Ángela y Grey se volvieron hacia ellos, pero Claire mantuvo la vista en Firo, en sus iris que se abrían y revelaban tanta determinación como intención de ayudar.

—¡No! —le negó ella, rápidamente—. ¡El portal! ¡Céntrate en ello!

Y se giró sabiendo que aceptaba sus órdenes. Desenvainó y dedicó un gesto a Blake, quien hizo lo mismo. Un destello de sonrisa, un “todo va a salir bien” que transmitió sin necesidad de voz y que llegó hasta Ángela, a su otro lado.

Entonces Claire enfrió su muñeca, movió su hoja y dio inicio al combate.

Cortó el brazo que sostenía el arma del enajenado ante ella, rematándolo con una rápida estocada y con ambas manos en la empuñadura, para reforzar la muñeca mala. A su lado, Blake asestó un golpe devastador con su espadón al siguiente shiriza. El olor de sangre y sudor quedó sometido al hedor de la carne ardiente, las llamas conteniendo unos cuerpos que insistían en avanzar ignorando todo dolor. Grey lograba dispersarlos de vez en cuando con oleadas de viento, dando tiempo a que el fuego se cobrara sus víctimas y que las espadas encontraran un lugar donde acabar con ellos.

Ante todo, la cacofonía de sonidos se imponía entre ellos. Los disparos de Grey y los gritos de sus amigos, los siseos enemigos y el dictado de su Sombra, a veces calmado, otras más exigente.

«Dame el control».

Y, de fondo, el murmullo de las recitaciones de Firo amparadas por los esfuerzos de cuatro Elegides. Una retahíla de términos en un tono monocorde el cual, dadas las circunstancias, era increíble que pudiera mantener durante tanto tiempo. Ni siquiera calló cuando el filo de Claire rozó su cara, clavándose en el hombro del ser que pretendía atacarle por la espalda.

El mago le mantuvo la mirada. Parpadeó con un “gracias” mientras sus labios seguían recitando automáticamente como ajenos a sus emociones. Claire reprendió a Grey y este se disculpó volándole la cabeza al shiriza que dejó pasar en su descuido.

«Dame el control, ¿no ves que casi lo matan?»

Tomó aire, dejando que las exigencias de la Sombra se difuminaran entre sus pensamientos. Vio a Blake alzar su arma con ambas manos y dejarla caer con todo su peso en la cabeza de otro shiriza. Se preguntó si sería la primera vez que mataba a alguien, o si lo habría experimentado ya en la batalla del Consejo. Sea como fuere, la supervivencia se antepuso a la culpa, teniendo que volverse para detener la embestida de un segundo enajenado. Claire ralentizó su avance con hielo y Blake pudo eliminarlo, sin tiempo de piedad.

Los remordimientos de Ángela, expresados en confidencia con sus amigos, tampoco brotaron mientras jadeaba entre llamas y sangre. Los cuerpos ardientes desaparecían antes de que sus vidas se volatilizaran, tal vez para evitar que el calor dañara sus talismanes. No quedaba ni sangre de ellos, por lo que el rojo de Ángela procedía de sus propias heridas. Compartía su flanco con Grey y, aunque sus corrientes de viento apartaban a los enemigos, no lograban la protección del resto. El tirador se exponía dejando que las espadas lo atravesaran para rematar a quemarropa, pero guardándose de la magia de su compañera. Los shirizas aprovechaban aquella separación para centrarse en la muchacha y, a pesar de que les Elegides reaccionaban rápido, algún filo llegaba a arañarla.

Claire veía los errores de sus compañeros y la Sombra asintió con medida desaprobación. Ambas sabían que no durarían mucho más así.

«Dame el control —le repitió una última vez—. Ves la incompetencia que te rodea, fruto del pánico y la inexperiencia. Yo no tengo de eso, ya te lo he demostrado. Si queréis salir con vida no bastará con que obedezcas».

«Deberás hacerme tu voluntad. Dame el control de tu ser… ¿o prefieres que tu incompetencia mate a tus amigos?»

El ruido a su alrededor, los ataques frenéticos y la exigencia de su interior terminaron sobrepasándola. Su voluntad quedó sorda ante el estruendo y Claire aceptó por tal de callar una parte de aquel infierno. La Sombra sonrió en su interior y tomó sus venas, huesos y nervios como si se trataran de hilos y piezas. La movió a su voluntad y Claire se dejó llevar por sus órdenes, ahora más naturales, más cercanas, que extendió a sus compañeros.

—¡Blake! ¡Cámbiame el sitio, necesito que ayudes a Ángela! —gritó su voz, movida por la Sombra.

Blake bloqueó un ataque antes de responder:

—¡De acuerdo! ¡Cúbreme un momento!

Claire cubrió de hielo a su rival y el mestizo pudo intercambiar posiciones. Ángela le dedicó un gesto de agradecimiento mientras le depositaba una mano en el hombro, la Sanación fluyendo. Grey los cubrió desde un lado, pero Claire tenía otros planes.

—¡Grey, te necesito arriba, echa a volar! ¡Así no tienes que esquivar a Ángela!

—¡Será un placer!

—Y el resto, centraos en rodear a Firo.

Con Ángela cubierta con Grey desde las alturas, pudo canalizar las llamas con mayor soltura. A distancia, hacía buen equipo con el tirador, sus ráfagas impulsando el fuego y creando un muro que pocos shirizas atravesaban. Los pocos que llegaban acudían devorados por el calor, sus músculos dañados de tal forma que Claire y Blake podían despacharlos con facilidad.

Tal vez por eso se confiaron. No esperaban que aparecieran dos enemigos más de la nada, mientras sus compañeros magos contenían el ardiente muro. Los espadachines estaban en duelo a uno contra dos de los shirizas cuando los dos nuevos llegaron y se lanzaron directamente hacia Blake.

Este, sorprendido por la aparición, apenas tuvo tiempo de bloquear los dos ataques en vertical con su espadón en horizontal, levantándolo sobre su cabeza. Tuvo que arrodillarse incluso para el golpe, dejando una apertura en su pecho.

Claire gritó su nombre y la espada del tercer shiriza reclamó el corazón de su amigo.

Ángela se volvió, Grey sorbió sangre por la nariz y los duelistas vieron cómo los tres shirizas eran detenidos. Por un momento, Claire pensó en agradecer a su Sombra. Creyó que el tiempo se había detenido una vez más, pero el color seguía en fuego y hierba.

Los cuerpos de todos los enajenados a su alrededor estaban rodeados por cientos de hilos negros. Atravesaban y emergían de su piel escamada, dejándolos vivir con respiración encogida, retorciéndolos hasta que soltaron las armas.

La voz de Firo volvió a escucharse tras ellos y las espinas desaparecieron acompañadas de un gesto de sus manos. Sus víctimas se desplomaron, agonizando unos segundos antes de desaparecer. Todavía respiraban a pesar del brutal ataque.

Grey dijo algo y Ángela levantó el muro de fuego. Claire no escuchó su conversación pues sus ojos se volvieron hacia Firo, como si así pudiera encontrar la voz que marcó el ritmo de batalla.

Pero aquella última recitación había puesto el punto final a sus versos. Las espinas, aquellas que ya empleó una vez contra Kasshere en su huida, se habían cobrado su concentración. Desolado, el joven miró sus manos como si la culpa residiera en ellas y no en el shiriza, en la propia Claire… No, su Sombra, que recogía el castigo:

«Debería haberle cubierto mejor».

El control se rompió y Claire tomó una bocanada de aire al notar el regreso de su propia voluntad. Blake, tras echar un vistazo a su alrededor, se centró en Firo y apartó sus manos temblorosas para cogerlo de los hombros.

—Está bien, está bien. Me has salvado. Gracias.

—No, no lo he hecho —negó, evitando mirar a Blake—. Solo te he salvado para luego condenarnos.

Con el portal quebrado antes de nacer, no tenían escapatoria. Las hordas volvieron, esta vez manteniendo la distancia. Sus pasos sincronizados permitían un silencio sepulcral entre avances, formando filas alrededor de les Elegides y el mago que fue prisionero.

Intentaron retroceder, pero sus atacantes les esperaban a sus espaldas. Algunos se acercaron e hicieron desaparecer los restos calcinados de quienes fueron camaradas, sus talismanes probablemente inservibles tras el fuego. Claire entendió que así hicieron con las víctimas de Ángela en el lago.

Esta pretendió atacar, pero Grey le puso una mano en el hombro. Era una locura luchar contra tantos, ambos lo sabían, y el tirador no era el único que había empezado a sangrar por la nariz por el esfuerzo. Tal vez las manchas en la ropa de Ángela no fueran solo por heridas.

Aun así, Claire intentaba buscar una salida, una que la Sombra había dejado atrás en condenatorio silencio. ¿Podría Grey elevarlos a todos o desfallecería por el esfuerzo? ¿Podría Firo crear un teletransporte rápido, algo que les diera un tiempo para escapar?

Pero los segundos pasaban, el sudor, la sangre y el cansancio hacían estragos en sus compañeros y su Sombra permanecía callada. Tal vez incluso ella estaba demasiado cansada para detenerlo todo.

Entonces los shirizas se desplazaron. Abrieron un camino en su centro y por ella cruzó una armadura verde. El metal tintineaba con cada uno de sus pasos, en el choque de la espada enfundada contra las grebas. Armada y con la visera del yelmo, a primera vista alguien podría pensar que iba a luchar, pero la capa a sus hombros, el bonito decorado de las placas y los rizos dorados escapando bajo el casco denotaban que era una vestimenta de estatus y no de batalla.

—La Reina… —murmuró Claire, y se giró para ver a Firo.

El cansancio nublaba su expresión, aún jadeaba por el esfuerzo de las recitaciones y, sin embargo, no sangraba como sus otros compañeros magos. El suyo era un agotamiento diferente que por fin había hecho mella en la máscara que guardaba sus emociones. Apretó los puños temblorosos y por ellos se escapó la furia… y el miedo.

La Reina se detuvo a un metro de Blake y la propia Claire. Firo quedó entre ellos, rezagado por unos pasos como sus otros compañeros.

—Te dije que volveríamos a vernos pronto, Delayer —le dijo, con la visera apuntándolo—. Tu condena no ha terminado y tu valor reclama tu regreso. Acompáñame, sabiendo que tu resistencia costará la vida de tus aliados.

Claire tragó saliva. La voz de la Reina no tembló ni un momento. Su sentencia no era una propuesta ni una orden, su amenaza residía en sus palabras y se ausentaba en el tono. Kasshere Zasjara habló constatando un hecho: que quien fue el Sin Nombre volvería a su celda y no había forma de evitar tal destino.

Y Claire no podía aceptarlo. Ni siquiera se atrevió a mirar al reclamado, pues se negaba a que aquella fuera la última vez que lo viera. Por fin había dado con la razón de sus sueños, con una conexión con su pasado y el presente. Un suspiro entre la calamidad que se anunciaba con la Marca en su piel.

No iba a permitirlo. Claire dio un paso al frente, su postura reflejando la solemnidad de la Reina como si así ella también pudiera evitar la sentencia, eludir al destino que la Monarca anunciaba. De todas formas, su viaje ya tenía un objetivo similar.

—No permitiré que te lo lleves. No volverá a vivir solo en una celda, ¡nunca más!

Desenvainó y sintió cómo la Sombra en su interior sonreía, haciendo eco de sus propias palabras. Blake avanzó a su lado y también Ángela se deslizó junto a ella, con Grey algo más rezagado. Reconfortada, solo la mención de su nombre rompió su ilusión. Firo la miraba con su lamento cargado en aquel susurro.

Una carcajada reclamó la atención del grupo, un eco metálico que escapó por el yelmo y se liberó cuando la Reina bajó la boquilla.

—Conocía a Claire, pero parece que has hecho más amigos en el poco tiempo que llevas fuera —bajo la sombra del yelmo, sus dientes brillaron afilados—. Me veo en el deber de halagar tu buen gusto, pues el Consejo también los tiene en alta estima.

Un escalofrío subió por la espalda de Claire. La Marca le picó sin motivo físico y, cuando la Reina fijó la vista en ella, sintió como si pudiera ver sus letras a través de la ropa.

—No te preocupes, lo de la celda es algo provisional. Me he dado cuenta de que tiene aptitudes para algo más.

—¿Qué quieres decir…? —murmuró Claire, siguiendo su mirada.

Firo estaba pálido como la cera. Kasshere volvió a sonreír al ver su expresión.

—Así que eres capaz de mostrar emociones.

Como también hizo con aquel grito. Claire escuchó un silbido metálico y, antes de darse cuenta, notó el metal en su cuello. Trató de esquivar, de girarse, pero la Reina la agarró de un brazo atrayéndola hacia así. Fue un movimiento rápido, más veloz que el de sus huestes y, en un instante, Claire estaba inmovilizada.

Blake y Ángela hicieron eco del grito de Firo, incluso Grey dio un salto al frente. El mestizo llevó las manos a la empuñadura de su espada deteniéndose solo cuando Kasshere volvió a hablar:

—Usa ese ridículo trozo de metal tuyo y la mataré. Bien sabéis que no os tengo tanto aprecio como el Consejo.

Como afianzando sus palabras, pegó aún más su espada al cuello de Claire, liberando un hilo de sangre. El rojo se derramó por sus branquias, cerradas en una estrecha línea apenas visible. El arma era amenaza más que presa, pues su otra garra la retenía con sobrada fuerza. Blake bajó el arma sin ocultar su frustración y Claire, con la misma expresión, llamó a su magia.

No obstante, el hielo no apareció. Daba igual cuanto esfuerzo pusiera en llamarlo, el contacto con aquella mujer parecía impedir que el méner se convirtiera en magia. Su vista empezó a nublarse por el inútil intento. La Sombra en su interior se revolvió, pero sus palabras no alcanzaron su conciencia. Sus murmullos callaron cuando la Reina giró el rostro de Claire hacia su visera. Sus ojos se reflejaban en el yelmo, incapaces de llegar a los de su captora en un intercambio desigual. La estaba observando, aunque no sintió su presencia en su mente.

—Tal vez me haya apresurado con mi rechazo —pronunció, antes de volverse hacia el grupo, hacia Firo—. Si tú no vienes, me servirá como un buen sujeto de pruebas. Es más, podría sustituirte si llegáramos a tal extremo, aunque ninguno de los dos queremos eso, ¿no?

Con puños temblorosos y uñas clavándose en sus palmas, Firo avanzó entre Ángela y Blake. El temor de sus manos no se reflejó en su voz, firme como su expresión:

—No dejaré que la conviertas en uno de los tuyos.

El corazón de Claire dio un vuelco. Con la Sombra recluida, sin idea alguna para salvarse, su mente recordó a los shirizas bajo la lluvia, sus pasos al unísono y su avance ignorante de dolor. Recordó los ojos verdes del dueño de su espada robada, sus garras escamadas agarrándola antes de soltarla a las aguas oscuras. Aquella mujer quería despojarle de su voluntad y convertirla en uno más de los monstruos que la acompañaban, e intuía que sería buena para ello. ¿Por qué?

¿Por qué a ella? ¿Sabría que ya seguía las órdenes de su Sombra? ¿O había algo más que escapaba de su conocimiento? Algo que quedaba oculto como la mirada de la Reina y los pensamientos de Firo.

—Entonces ya sabes lo que debes hacer —continuó la Soberana—. Esta chica no es nada comparada con lo que ayudarías a mi causa. Te prefiero a ti, y será mejor para todos si te entregas voluntariamente.

Firo soltó aire lentamente. Miró a Claire y esta negó con los labios, temiendo ya su respuesta.

—Si voy contigo, ¿qué sucederá con mis compañeros?

—Doy mi palabra como Reina de que no les haré nada.

—No basta. Júralo por la espada que portas en tus manos.

Claire frunció el ceño, confundida. Era una estupidez hacerle prometer nada. ¿Por qué alguien que había arrebatado cientos de vidas cumpliría ahora su palabra? Sin embargo, al levantar la mirada hacia su captora vio como su confiada sonrisa había desaparecido. Sus amigos tampoco parecían comprender aquella jugada y, pese a aquella ligera vacilación, Kasshere cedió:

—Lo juro por la Escama del Sol, la sagrada espada que porto en mis manos. Juro que no haré daño a ninguno de tus aliados y los dejaré marchar a cambio de tu entrega voluntaria.

Firo no desvió la mirada de la Reina durante su juramento ni en el pesado silencio que se hizo después. Con su rostro sellado y sereno de nuevo, obligándose a ello de alguna forma que Claire no comprendía todavía, supo que su análisis terminó cuando dio el primer paso. Rompiendo la tensa quietud del encuentro, el liberado caminó para volver a ser preso.

Solo cuando se detuvo frente a ella sintió el agarre de la Reina aflojarse. Su mente exigió hacer algo, agarrar a Firo y salir corriendo, aunque supiera que estaban rodeados. Pero su racionalidad se impuso cuando vio sonreír a Firo con tristeza. Recordó donde estaban, las armas que les apuntaban, todo por aquella mirada que parecía evocar el mantra de Blake:

Todo va a salir bien.

«Debe tener algún plan —pensó Claire, en un intento por excusar sus acciones—. Tal vez vaya a teletransportarse en el último momento como hizo la última vez. Tiene que ser eso».

Una parte de ella se admitió que la Reina no volvería a caer en aquel truco. Levantó la espada de su cuello y pasó a apuntar al de Firo. Aún con las piernas rígidas, Claire logró moverse y regresar junto a sus compañeros. Ángela rodeó su brazo, como temiendo que volviera a marchar, y Grey aguardaba tras ellos. Su sangre difuminaba un aturdimiento que Claire sintió diferente al de sus amigos.

Esta vez, la reina no usó sus garras para apresar a Firo, quien permanecía inmóvil con la espada en el cuello. Sus labios pronunciaron unos versos que invocaron unas gruesas cuerdas oscuras sobre la tierra. Estas reptaron como serpientes, trepando por las piernas de Firo sin que este hiciera nada para apartarse.

Y entonces, Claire lo comprendió. Firo no pensaba escapar, si no cumplir su pacto. Se quedaría atrás como hizo al salvar a Carine, como Kasshere pensaba que haría con Claire en la fortaleza, pues al parecer ya se sacrificó por ella en un tiempo anterior a su memoria.

Un patrón de comportamiento que la Reina conocía, aprovechándolo al jugar con las vidas de sus amigos… O, al menos, ese era el trato.

Las mismas cuerdas que trepaban por el cuerpo de Firo se dividieron como zarzas, lanzándose hacia el resto del grupo. Ángela la soltó y retrocedió con un grito, pero Blake y Claire no tuvieron tanta suerte y sus pies quedaron atrapados, haciéndoles tropezar.

Los shirizas que les rodeaban se acercaron y escucharon una segunda caída a sus espaldas. Claire movió la mano hacia su espada y una cuerda aprovechó el gesto para retenerla, pegándola a su cuerpo. Una segunda masa negra cubrió su empuñadura y la de Blake, terminando de derribar al muchacho.

Incapaz de girarse, Claire vio como Firo forcejeaba con su propia presa, más avanzada que la de sus compañeros.

—¡Me prometiste que no los capturarías! —le gritó a la Reina, con tanto asombro como odio en su voz—. ¡Diste tu palabra sobre…!

Una venda negra tapó su boca. Se revolvió, sorprendido por cuanto habían crecido sus ataduras en tan poco tiempo, pero solo logró caer de rodillas.

Con la gracia de la victoria, la Soberana se arrodilló frente a él y levantó su cabeza tirando del flequillo escarlata, obligándole a mirar sus ojos cubiertos por el yelmo.

—Las palabras son solo palabras, no tienen valor en el mundo real —soltó el mechón y lo apartó de los ojos de Firo. El odio había consumido la incredulidad y no tenía razón para ocultarla—. Qué ojos tan hermosos, realmente te sienta bien ese color, ¿no crees?

Una segunda venda terminó de cubrir su rostro y Firo cayó al suelo. Las ataduras lo arrastraron hacia el bosque, con la Reina y su séquito siguiéndoles en sincronizada marcha.

Los shirizas les abandonaban y Claire notaba que las cuerdas que la apresaban querían arrastrarla con ellos, tirando de su cuerpo a medio ocultar. Escuchó un segundo grito tras ella, ahogado a duras penas, y se estremeció al reconocer la voz de Ángela.

—Ya está, ya está. No hagas ruido.

Forcejeó para volverse hacia la voz de Grey, pero no hizo falta porque sus compañeros aparecieron ante su campo de visión, con Ángela aferrada al tirador y los dos flotando un par de centímetros sobre el suelo. Las cuerdas hicieron amago de lanzarse hacia ellos, rozando sus siluetas como si de viento se tratara.

Ángela ahogó otro grito y Grey contuvo una mueca.

—Aunque no sean méner puro, están cargadísimas de magia —logró decir, aún dolorido—. Duele muchísimo. No voy a poder liberaros sin mataros en el proceso.

Claire procesó aquellas palabras.

—Entonces marchad vosotros —se adelantó Blake, casi consumido ya.

—No, ¡no lo haremos! —exclamó Ángela, con la voz rota. Las lágrimas chispearon en sus ojos y el fuego en sus dedos—. No voy a dejar que os capturen, ¡si vosotros caéis, yo también!

Grey le tomó del brazo con suavidad, bajando el fuego que se formaba en su piel. Sorbió sangre por la nariz antes de decir.

—Con todo mi cariño, Angi, pero el fuego no nos sacará de esta. A no ser que quieras recuperar a tus amigos calcinados.

Ángela tragó saliva y las lágrimas afloraron, sabiendo bien que no tenía forma de hacer nada. Las zarzas tiraron y Blake empezó a moverse hacia el bosque. Claire notaba el tirón de seguirle… Y el rumor de unos pasos que volvían.

Claire vio a los shirizas regresar y gritó una última petición:

—¡Ángela! ¡Vete con Grey, por favor! Poneos a salvo y llamad al Consejo, solo así podrás salvarnos —su amiga se giró hacia los shirizas y Grey aprovechó para arrastrarla consigo—. ¡Por favor! ¡Te prometo que volveremos a vernos!

Los shirizas aceleraron y Ángela le dedicó una última mirada vidriosa mientras se aferraba a Grey. El chico miró a Claire a los ojos.

Aquel arrepentimiento acerado se clavó en sus pupilas, tan sincero que resultaba doloroso, tan fugaz que creyó haberlo imaginado. Un instante después, Grey miró al frente y aceleró en el aire como un cometa, atravesando árboles con Ángela pegada a él.

Los shirizas marcharon tras ellos ignorando a los dos jóvenes que ya fueron capturados. Sus siluetas fueron lo último que Claire vio, pero en su retina permaneció aquel lamento plateado.



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miércoles, 19 de febrero de 2025

La Perdición del Entomólogo: Tercer Texto


 De la Mantis incapaz de creer, 
incapaz de amar


El zumbido del romance trastoca los corazones. Una vibración que nació para traer dicha y que se distorsionó al imponerse en nuestras vidas. «Un par de piernas no es suficiente para estar completo», predicaban desde lo alto, «pues requieres un segundo para completarte y crear nuevos pies que sigan tus pasos».

Irónicas consignas de aquellos que prometieron abstenerse de amar. Poderosas leyes que hasta ellos eran incapaces de cumplir. Sus ojos acechaban a los de abajo y sus cabezas rodaban consumidas por hambre e hipocresía.

Los de arriba dictaron las leyes de cómo amar, sus manos rogando indulto en cuerpos decapitados. Una doctrina que se extendió como la peste y que infectó todo el bosque. Prohibió al enjambre, pues debía bastar un solo enlace. Despreció la colmena, pues el abrazo de amigos jamás supliría la supuesta mitad que nos falta. Exigió diferencia en la unión, para generar dominación y sumisión. Coartó la libertad mientras el festín se daba en lo privado, escondido bajo velos de sacra seda.

Pero de la mutilación de la carne surgió vida y de esta, con el tiempo, renacieron distintas formas de amar, cada una buscando su ideal.

El amor “puro” debía seguir por allí, pensaba. La hermosa idea del romance, lejos de la pretenciosa versión que contaban arriba. Escuchaba los ecos del bosque: «si buscas, encontrarás aquello que calme la sed en tu corazón. La balanza perfecta, una armónica y simétrica simbiosis».

Las tórtolas se acurrucaban en sus nidos, los humanos iniciaban su cortejo y el enjambre vibraba al descubierto. Las rígidas doctrinas comenzaban a tambalearse, sí, pero su impostada búsqueda rascaba mi psique, vejando el hueco de mi colmena.

Terminé adentrándome en el bosque, aun a riesgo de abrir la caja que debía permanecer sellada. Presa del deseo o su imposición, buscando conocer aquello que todos anhelaban al punto de perder la cabeza.

Pero no pude, pues tuve que huir interpretando a Dafne.

Una y otra vez huía de aquel cuya bondad comparaban a la del sol. Mis manos se tornaron ramas, mis uñas, hojas. Mis pies en el suelo convirtiéndose en raíces, rezando porque tus cumplidos se perdieran en el bosque y entre tanto árbol no dieras conmigo.

Inmóvil me quedaba también cuando me encontrabas, aguantando con una mueca que en tu mediocre confianza leías como sonrisa. Lloraba cuando me arrastraste de mi hogar y podabas mis hojas, pues así me creías embellecer. Ignorabas cuando corregía el nombre por el que me llamabas, cuando te rechazaba y tu soberbia lo tomaba como un juego.

Tus ojos perseguían tu idea de mí: una preciosa orquídea encerrada en porcelana, la flor que creció esperando un singular zumbido, sin ojos ni oídos para nadie más. Jamás vieron a mi salvaje yo de hojas meciéndose al viento, pues el amor que me descubriste fue el que siempre se predicó: el deseo escondiendo dominación.

Perdido en el invernadero que es tu psique, que levantaste evadiendo la realidad, yo me marchitaba como una planta más. Habría valido cualquier otra flor lo suficientemente parecida para que proyectaras tu artificial ideal. De delicados pistilos o lustrosas hojas, hasta el mísero plástico habría bastado para satisfacer tus mundanas fantasías.

Entré siguiendo tus baladas y estas se convirtieron en gritos. Me quedé por abrazos que terminaron apresándome. Demasiado frágil para huir, intento echar raíces en el pobre sustrato. ¿Y si esta era la idea de amor? Pues nadie más siente quemar este sol. ¿Es este dolor por el que la gente pierde la razón? ¿A lo que debo aspirar?

El agua salada riega la porcelana de mi nuevo hogar, dándome la respuesta.

Esa noche, cuando acudiste a mí, levanté mi áspero rostro hacia ti.

No soy una planta. No soy un maniquí o lienzo sobre el que proyectar tus fantasías. Mi corazón late como el tuyo, siente como el tuyo. Por eso, cuando abrí mi boca ante tu hambre fui yo quien ahora decidió devorarte.

No por gula. No por lujuria. Fue por cansada ira que corté la raíz de tu imaginación. Tu cabeza rodó, segada por los dientes ocultos tras los pétalos. En esta prisión de cristal, que distorsiona la realidad, sé que solo las hortensias llorarán tu muerte con su rubor.

Y ahora alzo el vuelo, libre de la cortante porcelana y del ardiente invernadero. Algún día te encontraré, Amor. A ese sentimiento que podré devorar sin más impulso que mi propia voluntad, sin más doctrina que la mía propia. A esos besos que embriagan sin cortar. De mientras, me abrazo a las amigas de mi colmena, floreciendo como algo más que una orquídea. 




Texto Anterior: El Dilema Reptante

miércoles, 12 de febrero de 2025

Tablón: Update Enero-Febrero 2025

  

 ¿Qué estoy haciendo este Invierno?

Una no-muy-breve disertación 



Buenos días a las personitas que vivís al otro lado de mi pantalla, espero que os vaya todo bien, bendiciones. 

Vengo a traeros la entrada de resumen que tocaba ya desde hace unos meses, pero que no he traído por estar duramente trabajando en mis escritos...




Y esta vez de verdad, porque aquí os traigo un recordatorio con las...

ÚLTIMAS PUBLICACIONES DEL BLOG

La Profecía del Mal, Segunda Parte:

La Profecía del Mal, Notas de Lore:

¡Y NO SOLO ESO!

 ES QUE ENCIMA, TAMBIÉN OS TRAIGO...


PROGRAMACIÓN CON LAS PRÓXIMAS PUBLICACIONES DEL BLOG


La Perdición del Entomólogo:
  •     La Mantis Incapaz de Creer, Incapaz de Amar.
Disponible: Miércoles 19/02/25

La Profecía del Mal, Segunda Parte:
  •     Capítulo 4: Control.    
Disponible: Miércoles 26/02/25


¡Qué fuerte, ¿verdad?! Tenéis un montón de contenido nuevo si sois seguidores de La Profecía del Mal y, si no, podéis echar un ojo a su página en este blog para ver si os convence. 

¿No os gusta? Pasa nada, porque la Entomología ha resucitado de sus cenizas tras casi un año desde que publiqué El Dilema Reptante.

Ahora, si me permitís, voy a hacer un resumen de cómo ha sido trabajar en estas colecciones.

Cómo voy con la Profecía 

Aviso: este post NO tendrá spoilers. 


En la última entrada del Tablón, dije que había terminado con la Reescritura de la Segunda Parte. Como comenté entonces, para esta tarea dividí la historia en arcos temáticos que escribo/corrijo del tirón, es decir, sin ir de capítulo a capítulo individualmente. Así mantengo una mayor coherencia.
Con el tercer capítulo terminamos el primer arco, y del cuarto al sexto daremos con el segundo. Si habéis leído el último capítulo publicado, veréis que empieza un, digamos, cambio de tono ;)

En un par de semanas publicaré el capítulo 2x04, faltándome por corregir el 2x06 (que espero terminar esta semana. Paralelamente, también he iniciado la reescritura de la Tercera Parte...




Y es un caos


¡Vuelven los Bichos!


El texto de las Mantis lleva macerándose más de un año, siendo más antiguo que el Dilema Reptante (siento repetirme, me gusta mucho ese texto). Ha sido un texto difícil, porque toca temas que pueden ser duros. De hecho, estoy buscando betas para aconsejarme si requiere algún Aviso de Contenido. 

De hecho, BUSCO LECTORES BETA para los Escritos Cortos, es decir, todo lo que no sea la Profecía. (Que para la Profecía también necesito, pero entiendo que es mucho texto). Es para evitar erratas tontas, como ortografía y repeticiones. Si encontráis alguna, también podéis dejarla en los comentarios, me ayuda muchísimo. 


Futuros Proyectos


Actualmente tengo casi listo otro texto de Bichos también, y el famoso "Arrecife" sigue marinando entre las olas. Este último es un texto nutrido de sentimientos negativos, así que cuesta darle. 
También se me ocurrió una idea para un cuento sobre Dullahans tras hacer un par de dibujitos, pero igual lo reservo para alguna antología. 

Los Dullahans son jinetes sin cabeza, originarios de la mitología irlandesa


Los vampiros siguen durmiendo y, pronto, me toca pensar otra nota de lore que publicar sobre la Profecía, para descansar entre capítulos de trama. Vi que en el último post comenté que sería sobre la estructura del Consejo, pero si preferís otro tema, soy tode oídos. 


En la siguiente publicación del Tablón os daré las Próximas fechas de publicación y cómo voy con estos proyectos.

Un último detalle


He actualizado el apartado Sobre mí porque he dejado de usar Twitter definitivamente. No quiero contribuir a traer publicidad a un fascista millonario y esas cosas. Ahora podéis encontrarme activamente en Bluesky, que no está tan mal, y Mastodon (donde estoy menos activo, así que es buena idea para no perderse las updates del Blog).

Otra idea es suscribirse al Blog para que te avise por correo cuando se publica una nueva entrada.





Nada más, siento el tostón pero es que dos meses dan para mucho. Creía que no había hecho nada pero realmente he currado un montón, lol.


Ir a... 




miércoles, 29 de enero de 2025

La Profecía del Mal, Segunda Parte: Capítulo 3

 Intranquilidad


Algo iba mal.

Lo sabía desde su despertar, desde que aquellos pálidos y largos dedos sustituyeron a los de sus manos grises. Sus yemas palparon su cara, inspeccionando los huesos que cubría su piel, en formas diferentes a las que recordaba. Un hilo rojo corrió entre sus dedos y una cascada se unió a él cuando se sentó en la cama. Tardó un momento en entender que era su pelo, deslizándose al tocarse la cabeza.

Unas piernas tan desconocidas como propias lograron llevarle hasta el baño, donde su primer despertar en años le golpeó con la realidad. Un extraño se reflejó en el espejo y contuvo un grito con las manos.

Tocó sus labios. Notó sus dientes y lengua bajo ellos y reconoció su parecido del reencuentro de la noche anterior… no como su voz. Aquel grito contenido no le pertenecía, como tampoco lo hacía el rojo que teñía cejas, pestañas y cabello, más largo de lo que recordaba. Vio también el escaso rubor de su piel clara, distinguiéndola del gris. El amarillo en sus ojos, apenas visibles entre el pelo.

El reflejo del baño le devolvía la mirada y parpadeaba con él. Se movía con él.

Aquella era su cara. Tendría que acostumbrarse a ella.

Su despertar y sus delatoras pulsaciones alertaron a los médicos. Aunque acudieron para calmarlo, fue Firo quien terminó tranquilizándolos.

Acataron sus peticiones. No necesitaba más curas y podían darle el alta a pesar de la debilidad que mecía sus pasos. Les convenció de que no había nada de lo que alarmarse, y volvieron a vendar sus muñecas sin más preguntas. Se fueron y volvió al baño para terminar de tapar su antebrazo, pues bastante tenía ya lidiando con el resto de su aspecto.

Solo así logro callar aquella voz que resonaba en su cabeza, distinta a la que ahora nacía de su garganta, distinta a la del niño que fue. A aquel eco del pasado que le reprendía por no comprender ni respetar la moralidad de su magia.

“Has obrado mal todo este tiempo”.

Pero había asuntos más urgentes. El reflejo ante él, más presente que aquella acusación borrosa, repetía que algo iba mal y mal y mal, y que aquella no era su cara.

«¿Por qué he cambiado tanto?» Preguntó al espejo, a nadie más que a sí mismo. Ni Carine ni él comprendieron del todo su maldición, por lo que su crecimiento podría venir de su liberación. No debía verlo como algo extraño y, sin embargo, aquel mortificante pensamiento retorcía su imagen.

¿Era por sus rasgos más adultos? No, veía en ellos un recuerdo de quien fue. ¿Por su voz, más grave, contenida para no asustarse ni a él ni a los demás? ¿O aquel largo cabello que caía con el color de la sangre?

En pánico por aquel color, tomó unas tijeras dispuesto a cortar aquella cascada sangrienta. Podía dejarlo por los hombros, con el flequillo a un lado como lo llevaba en sus años de preso.

Tal y como había hecho con Carine cientos de veces, rasgó su flequillo y entonces dio con la respuesta.

Llamaron a la puerta. Arregló su trasquilón con un soplo de méner y tiró el mechón a la basura. Recordó que no estaba solo, que debía guardar las apariencias, y sacó una sonrisa calmada a la joven que entró a verle.

Ella no pareció notar sus inquietudes. Le dejó vestirse y se preocupó cuando se tambaleó al moverse. Luego lo tomó del brazo, lo devolvió con Claire y se presentó al resto.

La alegría y la nostalgia de ver a Claire calmaron su paranoia. El chocolate, la luz del sol y las risas le recordaron que estaba vivo y sus miedos se enterraron junto a las lágrimas de alivio que sometió a voluntad. Con la libertad, la dicha de hablar, andar y vivir; ignoró al desconocido del espejo y al juicio de su pasado. Solo permitió que un remordimiento acompañara su marcha:

«Oh, Carine, ojalá estuvieras conmigo para disfrutar de esto».

 

En el camino, Claire le habló de cómo aquella ciudad era tan distinta de Máline. En su pueblo, las casas de madera y piedra se juntaban unas con otras, separándose en calles estrechas donde difícilmente podrían pasar dos coches de caballos a la vez.

Sin embargo, en Clarpharos los animales pasaban con facilidad entre las hileras de edificios, con calles amplias iluminadas por elegantes farolas encantadas. Los escaparates de las tiendas cerradas por Año Nuevo mostraban ropas más refinadas y caras que las pertenecientes a los comercios malinenses, y otros establecimientos como talleres de artesanía y artilugios mágicos les hacían desear que no fuera festivo. Había similitudes con Máline, le explicaba Claire: de los balcones y ventanas colgaban macetas de acebo y enredaderas, que en primavera se cambiarían por vistosas flores. La gente también parecía buscar la comodidad del hogar en las frías mañanas de invierno, dejando las calles prácticamente desiertas.

Mientras hablaba, Claire observaba sus alrededores con curiosa fascinación, como si tratara de memorizar cada detalle de los altos edificios que dejaban atrás. Firo sonrió, pues sabía que era su primera vez en una ciudad. Se dejó llevar por el asombro de su hermana y leyeron los carteles con destinos culturales, admiraron los estandartes húmedos por el frío e incluso se unieron a Ángela y Grey en su conversación.

La joven parecía haber encontrado en Grey un compañero de chismes, pues este escuchaba sus historias de Máline con un interés difícil de fingir. En comparación con la huidiza mirada que dedicaba a Claire, con el precavido silencio que tuvo con Firo, Grey miraba a los ojos de Ángela sin miedo alguno.

La propia Claire se dio cuenta nada más unirse a su conversación. Aunque Grey interactúo con ella, carecía de la comodidad que esgrimía con Ángela. 

De forma similar, Firo también notó aquella diferencia de trato hacia sí mismo, culpándose por ello. Su extraña llegada y la paranoia justificaban, en su cabeza, la desconfianza de Grey. Además, aquel grupo venía de sobrevivir un atentado, no podía exigirles bajar la guardia.

Preguntándose si Ángela compartiría tales reservas hacia él, buscó respuestas y se encontró con que la muchacha era ilegible.

“No entiendes la moral de tu propia magia”, le reprendió un olvidado eco.

Tan confundido como culpable, Firo se apartó de la conversación y Blake terminó recogiéndolo. Este, ignorante de sus cavilaciones, sacó a relucir su experiencia con gente amnésica, deleitándose con que Firo parecía hacer progresos.

El chico se mostró colaborativo al principio, estudiando los mapas que el mestizo custodiaba. No obstante, terminó distanciándose al notar sus verdaderas intenciones:

—De verdad que me encuentro bien —aseguró, ya por tercera vez—. La luz del sol me está sentando genial, la ropa es más abrigada que la túnica de mi celda y, por supuesto, el desayuno ha sido el mejor que he tomado en años.

Blake no pareció percibir su ironía. Suspiró y cerró el mapa que tenía en sus manos.

—Quiero creerte, pero me preocupa no estar a la altura contigo —le confesó—. Ni Ángela ni yo somos Sanadores profesionales. Puede que ni siquiera mis padres supieran tratarte dadas tus condiciones. Debo seguir preguntándote para reducir el riesgo, el tiempo es crucial en la medicina.

Firo suspiró. Aunque entendía su posición, Blake ignoraba los detalles que sumaban complejidad al asunto y que el convaleciente todavía no sentía capaz de explicar. Sin más opción que callar y asentir, Firo cedió y dijo:

—Prometo avisarte ante cualquier infortunio.

—También para los descansos o comidas —Firo asintió y Blake le dedicó una palmadita en la espalda—. Gracias, y perdona por la vena de boticario.

Firo negó con la cabeza, distraído.

—También te preocupa otro ataque, ¿verdad?

—¿Qué?

—Habéis sufrido dos escaramuzas de enajenados en menos de cinco días —explicó Firo, tranquilo a pesar del agudo pánico de su interlocutor—. Claire fue secuestrada a una de sus bases de operaciones y salió conmigo de ella. Temes otro asalto y con razón, como también temes no poder curarme ya no solo a mí, si no al resto, ante una emergencia.

Blake movió los labios, pero su respuesta se perdió en el camino a ellos. Por suerte, Firo no parecía esperarla. Bajó la mirada y, entonces, un súbito alivio pareció levantarse y Blake pudo recuperar la palabra:

—Me da miedo, por eso intento mentalizarme para lo peor. Como dices, es demasiada casualidad para bajar la guardia. La próxima vez, pienso estar preparado —Firo lo observó con cautela y Blake le dedicó una sonrisa—. Además, no estoy solo en esto. Claire y Ángela me cubren las espaldas, como siempre han hecho, y también estáis Grey y tú.

»A pesar de tu debilidad, sé que eres un mago estupendo. Quiero decir, ¿cuántos portales has creado hasta ahora? ¿Y tan joven? Mires como lo mires, eres un prodigio —Firo se encogió de hombros y Blake aprovechó para rodearle con un brazo—. Confío en que nos sacarás de problemas si se da el caso, así que permíteme devolverte el favor cuidando de ti.

A pesar del reparo que Firo tenía con aquella propuesta, acabó aceptándola. Acompañó a Blake durante gran parte del camino, desde las calles hasta más allá de la linde con los bosques. Marchaban juntos ya no solo por sus charlas o la amistad que florecía entre ambos, si no para marcar el ritmo del grupo yendo en cabeza.

En consideración con el debilitado muchacho, Blake aminoró la velocidad de marcha para igualar a la de su protegido. A cambio, este cumplió su promesa pidiendo descansos cuando los necesitaba, ganándose los agradecimientos del resto. El aguante de Blake siempre había sido motivo de queja de Ángela, queja a la que se sumó Grey para picar entre ambos a su compañero. Aunque marcharan a paso más tranquilo que sus caminatas en Máline, el trayecto era largo. Incluso Claire, acostumbrada al trabajo físico, agradecía las paradas y entendía a sus quejumbrosos compañeros, más endebles que ella. 

A última hora de la tarde, cuando Firo pidió un descanso y Blake propuso acampar y cenar, Claire se unió a los disidentes y los tres estallaron en exagerados agradecimientos.

—¡Firo ha aguantado el viaje mucho mejor que vosotros, quejicas! —les espetó el mestizo. Ignoró que Firo fingió desmayarse al dejarse caer sobre la hierba y su mochila.

—Porque el pobre estará demasiado cansado para quejarse —picó Ángela. Cruzó los brazos y Claire la imitó a sus espaldas, asintiendo con efusión—. ¡Has hecho que eche de menos viajar en tren!

—No digo un tren, ¿pero un carro? —se quejó Grey, quien incluso se había quitado las botas para masajearse los pies—. Le ponemos un caballito simpático y nos turnamos para ir. O un automóvil o una moto, vamos. Es el Consejo, tienen pasta. Seguro que pueden traer de eso.

—¿Las motos van con caballos como los coches?

—¿Eh? —Grey parpadeó—. Ah, la amnesia. No, Claire, van con méner y electricidad y petróleo. Creo. No soy un ingeniero de esos.  

—Llamaríamos demasiado la atención —objetó Ángela—. ¿Y cómo la cargaríamos siquiera? Apenas hay electricidad en Sidera.

—¿Sabes conducir una? —saltó Blake, encontrada su oportunidad—. ¡¿Por eso llevas esas gafas?!

—Ojalá, son gafas de vuelo —dijo, levantándolas un poco. Las llevaba colgadas del cuello por la cinta—. Sirven para que el viento (y los bichos) no me cieguen al volar.

—¿Y por qué no vuelas en vez de caminar? —inquirió Ángela.

—¡Ah! Esa me la sé —saltó Claire—. Es porque le cansa más que andar.

—Así es —asintió el otro—, me honra que lo recuerdes. Prefiero que me salga algún callo a quedarme sin méner ante una emergencia. Lo cual, considerando nuestro historial, no está de más…

El grupo le dio la razón. La severidad de sus rostros no pasó desapercibida en Firo. Parecía que Blake no era el único preocupado por su situación.

Discutieron sobre si encender un fuego llamaría la atención y terminaron asumiendo el riesgo al comprender que las temperaturas seguirían cayendo al anochecer. Unieron mantas y capas para hacer un cálido círculo alrededor de la fogata que prendió Ángela, animada por el resto. Firo le cedió un par de consejos para centrar la llamarada con el bastón y sirvieron, pues solo chamuscó la madera necesaria.

Una vez asentados, repartieron los víveres y las guardias, que podían permitirse dobles por el tamaño del grupo. El sorteo decidió que Firo y Claire tendrían el primer turno y Blake saltó a intentar cambiárselo al primero, encontrándose con su rechazo.

—Estoy bastante despierto y prefiero dormir del tirón más tarde, lo siento.

Blake terminó cediendo, pues tenía cosas más importantes de las que preocuparse.

—Más os vale a todos seguir ejemplo de Firo: dormid bien y cenad aún mejor. Sobre todo, después de quejaros tanto.

Dicho esto, abrió su segunda lata de garbanzos con verduras y procedió a zampar. Para espanto de los recién llegados, tampoco calentó el contenido esta vez.

—Necesitaré dormir una semana para recuperarme —protestó Ángela, apartando la vista de las gelatinosas cucharadas del mestizo. Había cosas que la convivencia no siempre perdonaba.

—Pues aprovecha y cena bien, así ganas músculo. Ya son muchos años que Claire y yo cargamos con la fuerza del grupo.

—Compenso llevando la inteligencia…

—¡Eh! —intervino Claire—. Soy amnésica, no tonta.

—No puedes ser fuerte, lista y guapa a la vez, querida.

Ángela le guiñó un ojo y, al final, terminó acompañó su sándwich con una sopa de champiñones (bien calentada). A pesar de que la selección no era comparable a la del delicioso desayuno, tenían bastante surtido. Además de las latas de sopa y legumbres, también tenían pan para acompañar viandas frías, queso, encurtidos y barritas energéticas con sabor a chocolate, además de preparados de cacao y té para beber. Firo disfrutó de volver a comer, tomándose su tiempo con pequeñas porciones. Blake aprobó su comportamiento, aunque le exasperaba su lentitud. Con Claire y Ángela a buen recaudo, centró su atención en el último compañero (hijo adoptivo) que faltaba.

Llamó a Grey y este levantó la cabeza. Agitó la lata de sopa que estaba terminando.

—Una sopa excelente, mi chef.

—Hazte un bocata, aunque sea.

—No tengo hambre.

—Tienes que reponer fuerzas.

—No tantas como tú, estoy chiquito.

—Y seguirás chiquito si comes tan poco.

Grey se encogió de hombros y se preparó un cacao como postre. Blake evidentemente quedó insatisfecho, pero no insistió más. Por sus interacciones durante el día, Firo asumió que Blake no tenía tanta relación con el otro chico como Ángela, limitando sus peticiones a riesgo de que fueran contraproducentes.

O tal vez veía otro problema tras la actitud del chico. Nadie del grupo había visto comer a Grey nada sólido desde que lo conocían: solo yogurt, sopa y una ingente cantidad de café en el desayuno. Si Blake estaba entrenado en el campo de la salud, probablemente habría teorizado algo al respecto y decidido hasta qué punto era eficaz insistir.

Al poco, Blake dio las buenas noches y se hizo un ovillo entre las mantas. Ángela le siguió poco después, pegándose al mestizo para “aprovechar el calor” y Grey optó por mantener las distancias, tal y como había hecho durante la cena. Terminó su bebida con la cabeza baja, se quitó las gafas del cuello y dio las buenas noches, ya con los ojos cerrados.

Claire se acercó a Firo mientras este terminaba de cenar, trayendo una manta para ambos. Era una noche fría, no tan dura como las de Máline, según Claire, pero no deseable para acampar. El fuego hacía su trabajo y las bebidas, calentadas con cuidado, ayudaron a entrar en calor.

Era el momento. Firo terminó los últimos sorbos de su cacao y preguntó:

—Claire, ¿qué pensáis hacer en llegar a Máline? —ella parpadeó, desprevenida, a lo que él añadió—: ¿Volveréis a las Sedes a seguir vuestro entrenamiento? Grey supongo que marchará pronto hacia su hogar.

Con Firo ignorante de su verdadera misión, Claire meditó su respuesta. No podía confesar que aquella era una parada temporal antes de la Búsqueda, claro, como tampoco podía mentir con que estarían mucho tiempo.

Tal vez sería mejor sincerarse y contar lo que realmente pensaba hacer:

—No lo sé. Ya lo pensaré en llegar —a lo que rápidamente añadió—: ¿Por qué lo dices?

—Quiero partir de viaje en un futuro. Dependiendo de mi salud, por supuesto.

—¿Cómo? —exclamó ella, aun bajando la voz para no molestar a sus compañeros—. ¿Por qué querrías irte? Si acabas de…

—Quiero buscar a Carine.

Y su sorpresa desapareció al entenderle. Carine, aquella que fue su única compañía durante tantos años, a quien Claire había visto crecer entre sus visitas. Aunque sus encuentros, sus sueños, se nublaban al amanecer, comprendía sus lazos de amistad. Comprendía su deseo, lo que no impidió que frunciera el ceño.

—Sé que es un poco repentino —continuó Firo—, pero de verdad quiero reunirme con ella. Tal vez no pudimos cumplir nuestra promesa de escapar juntos, pero aún podemos reunirnos en el exterior. Quiero buscarla, seguir averiguando sobre mi pasado... El viaje propiciaría ambas cosas.

—¿Sabes dónde fue? —Firo negó con la cabeza.

—Le bastaba cualquier destino. Todos sus… lazos con el exterior desaparecieron hace tiempo —dejó entrever severidad en sus facciones, gesto que pronto suavizó—. Yo al menos te tengo a ti, y es probable que recupere más conexiones conforme mis recuerdos vuelvan.

Sus palabras se cortaron, su mente dudando de si exponer sus dudas a aquella conocida para el Sin Nombre, a la hermana de Firo Delayer. Sobre la amistad que mantuvo con Carine y la voz que ahora lo mantenía alerta, tal vez olvidado por su hermana. La dualidad se cobró su voluntad y, cuando quiso darse cuenta, su boca reveló el conflicto:

—Realmente no sé quién es mi yo del pasado. He vivido tantos años como el Sin Nombre que no sé cómo debería actuar como Firo Delayer, como mi antiguo yo. Los pocos recuerdos que tengo los siento extraños y lógicos al mismo tiempo, pero pertenecen a un niño que ya no soy, a alguien que creo no ser.

»Lo único que tengo por seguro es que sé quién soy junto a Carine… y la echo de menos.

Claire le puso una mano en el hombro y Firo, sin palabras que mediaran, entendió y se dejó abrazar. Era la primera vez que lo abrazaba desde que escaparon y, con él ahora más alto, resultaba extraño para ambos.

—Aún estás débil para pensar en eso, date unos días —le dijo, dándole una palmadita en la espalda—. Mi casa también es tu casa, lo sabes —él asintió—. Puedes quedarte lo que necesites y volver siempre que quieras.

Firo lo agradeció en voz baja. Permanecieron un rato en silencio, el uno junto al otro.

—Es complicado —continuó Firo—. Agradezco el hogar que me ofreces y una parte de mí quiere estar ahí y reconstruir los lazos que traemos de nuestro pasado, no solo los forjados durante tus sueños y la huida. No obstante, también quiero recuperar el que tenía con Carine, lejos de la celda y nuestros objetos robados —Claire lo miró sin decir nada, expectante. Él terminó negando con la cabeza—. No, ¿qué estoy diciendo? Ahora estás tú. Tras todo lo que has hecho por mí, es egoísta pensar en marchar. Lo siento.

—Siempre puedo irme contigo.

Ahora fue el turno de Firo para sorprenderse o, más bien, dejar ver su asombro.

—No es mala idea, ¿verdad? Así no tenemos que separarnos. De hecho, seguro que mis amigos querrían acompañarnos en un viaje, si te parece bien —Firo asintió lentamente, dejando entrever una sonrisa que Claire no correspondió esta vez—. Sin embargo, deberías recuperarte primero —aseveró—. No soy Sanadora y ya viste cómo se me da la magia. Si enfermaras o tuvieras un accidente… No, mejor esperar, y más con los tiempos que corren.

Firo volvió a asentir, culpable esta vez. ¿Tanto le había embriagado la libertad como para olvidar el peligro? Sugerir una búsqueda a los supervivientes de aquella tragedia era una falta de respeto. Había visto a Claire aquel día, su muñeca ni siquiera se había curado del todo aún.

—Tienes razón, esperaremos a que las cosas se calmen. Siento la falta de tacto.

Claire negó que hiciera falta una disculpa, pero Firo la ignoró. “La empatía es lo que impide que dañes a los que más quieres”, le reprendió un eco del pasado. El mismo que le había acompañado desde su despertar. La voz era anónima, su cara engullida por la niebla del tiempo. 

Sus dudas ayudaron a la vigilia. Claire comprendió que no tendría más conversación por su parte y aceptó su compañía sin más. Apoyados el uno en el otro, abrigados con mantas, lucharon contra el sueño, el temor y la soledad con calmada quietud hasta su turno de descansar.


Era extraño no tener sueños.

Desde la huida de Carine, la ventana onírica de Claire había disminuido su contenido. Con Firo inconsciente, ni Claire ni su Sombra tenían nada que ver en aquellas celdas y ahora, con su liberación, carecía de propósito visitarle en sueños.

La otra cara de sus actividades nocturnas, las charlas con su Sombra, parecían haberse detenido mientras ella no tuviera nada que decirle. Además, ahora parecía poder manifestarse en la realidad, ¿para qué volvería a usar sus sueños?

Recordó la conversación que tuvieron al recuperar el nombre de su hermano. La oscuridad a sus pies había orquestado todo: aceptó la petición de Claire, la liberó del miedo a conocimiento y viaje solo por la arriesgada apuesta de encontrar al Sin Nombre, aquel al que visitaba cada noche.

Había cariño bajo la preocupación que le profesaba. Un sentimiento que explicaba sus visitas, sus dedos intentando apartarle el pelo en las celdas. Dijo que quebrantó una promesa, una que solo ella recuerda, por tal de encontrarlo. De verdad lo apreciaba.

¿Hasta qué punto era Claire parte de la Sombra y la Sombra parte de Claire? ¿Sería también su hermano, lo vería como tal? Por un instante, deseó haber soñado con ella para expresar sus dudas, pero su descanso fue un extenso y calmado parpadeo. Parte de Claire temía que el resto de sus noches ahora fueran así, pero su alivio por librarse de las pesadillas vencía a tal temor.

Lanzó una mirada cautelosa a sus pies, a la penumbra que arrastraban al ocultar los tenues rayos de sol. Era una mañana nubosa, la típica de Máline en invierno. Aún no hacía tanto frío como para que nevara, pero el riesgo aumentaría conforme subieran la cuesta sobre la que se alzaba el pueblo. De mientras, los árboles les protegían parcialmente del frío, dejando la niebla como el mayor de sus problemas.

Para contrarrestarlo, Grey había prendido su candil y Ángela, aconsejada por Firo de nuevo, encendió la gema de su bastón. Hablaron de practicar con su fuego para crear llamas lumínicas, pero la joven temía carecer del control suficiente.

Con la conversación establecida por su parte, Blake les dejó encabezar el grupo e intercambió compañeros. Claire había pensado comentarle la propuesta de Firo, que podrían aprovechar para la Búsqueda. Sin embargo, Blake se acercó a Grey para aleccionarle sobre su desayuno, que consistió en los últimos dos yogures del inventario.

Sacó una manzana de su mochila y se la ofreció al chaval. Este puso los ojos en blanco.

—Voy a empezar a llamarte abuelo.

—Me parecerá bien mientras no tenga que llevarte en brazos por cansancio —Grey no contestó y Blake relajó su expresión—. No tienes por qué comerla ahora, pero te la doy para después. También hay cacahuetes si lo prefieres.

El chico clavó la mirada gris en la fruta, la superficie roja un poco abollada por llevarla entre el resto de las provisiones. Claire suponía que Blake había tenido tiempo de entablar un mínimo de relación con el Elegido por la espera en el hospital. Buscando un consuelo, no le extrañaba que hubiera conversado con Grey y compartido su alegría cuando Claire reapareció.

Grey, por su parte, mantenía más distancias con el mestizo que con Ángela, probablemente por las diferencias en su personalidad. Sin embargo, parecía entender su preocupación al ofrecerle alimento y miraba a la fruta no con hastío, si no con algo que Claire reconoció como hambre.

Tomó la manzana y se la llevó a los labios, sus dientes escondidos tras la fruta en una sonrisa secreta.

—Acepto con una condición: háblame de tu “magia”.

La confusión de Blake se borró tras un parpadeo.

—Creía que le preguntaste sobre ello en el hospital —intervino Claire, recordando su entusiasmo de entonces.

—Iba a hacerlo, pero se escabulló diciendo que era un tema privado —bajó la manzana, sus labios cerrados en una sonrisa pícara—. Los de delante están centrados en sus magias también. No tienes excusa y ofrezco un buen trato, ¿no crees?

Blake aceptó a regañadientes. Echó un receloso vistazo al frente y, tras comprobar la distancia con Ángela y su acompañante, contó las restricciones y dones de Pacto, su Habilidad.

Grey, a cambio, explicó los peligros y ventajas que encajaba la suya, tal y como ya hizo con Claire. Blake reaccionó con un consternado asombro similar al de la Elegida, y Grey alabó la utilidad de Pacto, con el consecuente gesto humilde de su compañero.

—Ahora estamos en igualdad de condiciones —anotó el tirador—. Si somos un equipo tenemos que empezar a actuar como tal, empezando por saber nuestras fortalezas y debilidades.

—Desde luego será útil saber que debemos llevar cuidado al hacer magia contigo —dijo Blake, aún consternado—. De verdad, suena horrible. Espero no tener que verlo jamás.

—Bueno, algún “calambrazo” me he llevado alguna vez —tanto Blake como Claire abrieron los ojos y Grey solo se encogió de hombros—. Duele como el infierno, pero si no es muy grave me puedo recomponer. He tenido suerte hasta ahora.

Blake deseó que siguiera teniéndola. Claire asintió y pensó en compartir también sus descubrimientos sobre su posible su Habilidad, pero Grey se adelantó:

—¿Y Ángela? ¿Lo de su fuego va como lo nuestro?

Blake negó con la cabeza. Delante, Ángela justo parecía estar comentando el tema con Firo.

—Según nos contó, su fuego se manifestó de repente en su infancia, sin asistir a clases ni nada. Nació con el Talento desatado, como el resto de “nosotros”, pero solo por su Habilidad. Sus madres son noma, no heredó el fuego de ellas.

—Extraño —comentó Grey—. Entonces, si las llamas no son su don nato, ¿cuál es?

—Quién sabe —esta vez, Blake fue quien se encogió de hombros—. Nunca me habló de que tuviera otro tipo de magia además del fuego y la Sanación que aprendimos juntos. Lo cierto es que la relación de Ángela con sus poderes nunca fue demasiado buena. Es un tema delicado. Si quieres preguntarle, hazlo con cuidado.

Grey asintió. Parecía comprender los límites de aquella conversación y decidió respetarlos. Claire, por su parte, recordó la animada charla que tenían Ángela y él sobre cualquier cosa y le sorprendió que no saliera aquel tema a colación… Lo que le llevó a preguntarse hasta qué punto el “don de gentes” de Ángela habría actuado.

De la extrañeza de Blake al hablarlo, de tratar con Firo y escuchar al shiriza que los atacó, Claire había comprendido que las emociones que se le revelaban al mirar ojos ajenos eran una particularidad suya. Una pieza más del puzle que conformaba su recién descubierta (¿reencontrada?) Habilidad. De ella veía sus similitudes en el nombrado Mentalismo de Firo, en el Pacto de Blake y las sensaciones que Ángela le despertaba.

—Creo que es capaz de hacer algún tipo de manipulación emocional —dijo Claire, y tanto Blake como Grey se sorprendieron—. Siempre me siento más alegre cuando ella lo está a mi lado. Me infundió valor cuando luchamos en el lago y sé que gritaría si le hicieran daño —miró a uno y a otro—. No sé mucho de estas cosas, pero me encaja.

Blake, con una sonrisa cálida, terminó asintiendo:

—Creo que me siento igual.

Mientras que Grey, tras mirar a ambos, escondió una risita bajando la cabeza.

—Bueno, ¿y no será que os gusta?

—¡¿QUÉ?!

El grito de Blake hizo que tanto Firo como Ángela se detuvieran. Claire, quien logró mantener la compostura, les indicó que todo iba bien con un gesto y su amiga reanudó el paso sin ocultar su deseo de información. Blake, ahora con voz baja, repitió:

—¿Qué?

—No sé, lleváis mucho tiempo juntos y la empatía y otros… sentimientos se desarrollan fácilmente cuando tu círculo es pequeño —ni Blake ni Claire encontraron respuesta y Grey se reajustó las gafas con fingido dramatismo—. Si estas condiciones y camaradería se reparten en nuestra empresa, espero que lloréis por mí si intercepto una bala por vosotros.

—Ni siquiera te dolería —sonrió Claire, sarcásticamente.

—Y tampoco la pararía —apuntó Grey—. Me atravesaría limpiamente. ¡Lo siento!

Por un momento, Claire pensó que había algo más sugerido por Grey, pero Blake curiosamente comenzaba a colorarse… y Ángela dedicó un par de miradas recelosas hacia ellos.

—Cambiemos de tema, anda —zanjó Claire. No se le escapó el alivio de Blake—, los secretos en reunión no son de buena educación.

—Oh, ¿en serio? —rio Grey—. De verdad que no te gustan los cotilleos.  

—Me gustan cuando son cosas útiles. Ayer, por ejemplo, pasamos un buen rato con Ángela hablando de todo un poco.

—Fue la conversación más divertida que he tenido en años —rio él, llevándose la mano a la boca con picardía—. Aunque te largaste con los sosos cuando se animó la cosa.

—¿Ah sí?

—Digamos que se comentó quién era el más guapo del grupo.

Claire puso los ojos en blanco.

—Cielo santo, ¿y eso es interesante?

—¡Para mí sí! ¿Qué no quieres saber lo que tu amiga opina de ti?

—Créeme cuando te digo que me llama guapa a la mínima que puede. Tiene buen gusto, ya la oíste anoche.

—Permíteme discrepar porque también llamó guapo al nuevo.

Claire trastabilló.

—¿Qué dices? —exclamó al recuperar el equilibrio—. ¡Pero si está febril el pobre!

—Y ella también, con ese gusto. Mira que no elegirme a mí… Aunque tampoco la escogí yo a ella.

Claire volvió a quedarse sin habla. Comprendiendo. Recordando. Contando. Curiosamente, fue Blake quien reunió el aplomo para tomarle el relevo.

—Así que te parecemos los más guapos del grupo, ¿eh?

Y Grey se escondió tras las gafas. Le había salido el tiro por la culata, y le tocó excusarse con que no podía alabar la belleza de su interlocutora de entonces o quedaría en evidencia.

Como estaba ocurriendo ahora.

 Blake, entretenido, le dijo que le parecía mono y coincidió en que tanto Firo como Claire eran bastante guapos. Esta añadió que Grey le preguntó si era modelo al conocerse y ya con eso terminó de descarriar la charla. Blake protestó con que él también podría servir para aquella profesión. Firo y Ángela parecieron aminorar la marcha, tal vez para intentar escucharlos. Grey asentía ante los argumentos de Blake fingiendo atención y vergüenza, más preocupado en guardar su manzana con admirable disimulo. Claire, quien jamás sería acusada de chivata, simplemente cortó lamentando el rumbo de la charla.

—Se queja quien ha sido nombrada la más guapa —sonrió Blake, pasando un brazo por sus hombros—. No pasa nada, seguro que Firo puede apoyarme en mi candidatura a modelo. Eh, ¡los de delante!

Los otros habían aminorado tanto el paso que apenas se notó cuando se detuvieron del todo. Ninguno se volvió a verlos. Ángela, con su mirada perdida entre las hojas y árboles de la travesía, Firo, expectante.

Un grito y el cuerpo de un shiriza cayó al suelo entre llamas naranjas, retorciéndose de dolor. Ángela dio la voz de alarma.


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