Algo iba mal.
Lo sabía desde
su despertar, desde que aquellos pálidos y largos dedos sustituyeron a los de
sus manos grises. Sus yemas palparon su cara, inspeccionando los huesos que
cubría su piel, en formas diferentes a las que recordaba. Un hilo rojo corrió
entre sus dedos y una cascada se unió a él cuando se sentó en la cama. Tardó un
momento en entender que era su pelo, deslizándose al tocarse la cabeza.
Unas piernas
tan desconocidas como propias lograron llevarle hasta el baño, donde su primer
despertar en años le golpeó con la realidad. Un extraño se reflejó en el espejo
y contuvo un grito con las manos.
Tocó sus
labios. Notó sus dientes y lengua bajo ellos y reconoció su parecido del
reencuentro de la noche anterior… no como su voz. Aquel grito contenido no le
pertenecía, como tampoco lo hacía el rojo que teñía cejas, pestañas y cabello,
más largo de lo que recordaba. Vio también el escaso rubor de su piel clara,
distinguiéndola del gris. El amarillo en sus ojos, apenas visibles entre el
pelo.
El reflejo del
baño le devolvía la mirada y parpadeaba con él. Se movía con él.
Aquella era su
cara. Tendría que acostumbrarse a ella.
Su despertar y
sus delatoras pulsaciones alertaron a los médicos. Aunque acudieron para
calmarlo, fue Firo quien terminó tranquilizándolos.
Acataron sus
peticiones. No necesitaba más curas y podían darle el alta a pesar de la
debilidad que mecía sus pasos. Les convenció de que no había nada de lo que
alarmarse, y volvieron a vendar sus muñecas sin más preguntas. Se fueron y
volvió al baño para terminar de tapar su antebrazo, pues bastante tenía ya
lidiando con el resto de su aspecto.
Solo así logro
callar aquella voz que resonaba en su cabeza, distinta a la que ahora nacía de
su garganta, distinta a la del niño que fue. A aquel eco del pasado que le
reprendía por no comprender ni respetar la moralidad de su magia.
“Has obrado
mal todo este tiempo”.
Pero había
asuntos más urgentes. El reflejo ante él, más presente que aquella acusación
borrosa, repetía que algo iba mal y mal y mal, y que aquella no era su cara.
«¿Por qué he
cambiado tanto?» Preguntó al espejo, a nadie más que a sí mismo. Ni Carine ni
él comprendieron del todo su maldición, por lo que su crecimiento podría venir
de su liberación. No debía verlo como algo extraño y, sin embargo, aquel
mortificante pensamiento retorcía su imagen.
¿Era por sus
rasgos más adultos? No, veía en ellos un recuerdo de quien fue. ¿Por su voz,
más grave, contenida para no asustarse ni a él ni a los demás? ¿O aquel largo
cabello que caía con el color de la sangre?
En pánico por
aquel color, tomó unas tijeras dispuesto a cortar aquella cascada sangrienta.
Podía dejarlo por los hombros, con el flequillo a un lado como lo llevaba en
sus años de preso.
Tal y como
había hecho con Carine cientos de veces, rasgó su flequillo y entonces dio con
la respuesta.
Llamaron a la
puerta. Arregló su trasquilón con un soplo de méner y tiró el mechón a la
basura. Recordó que no estaba solo, que debía guardar las apariencias, y sacó
una sonrisa calmada a la joven que entró a verle.
Ella no
pareció notar sus inquietudes. Le dejó vestirse y se preocupó cuando se
tambaleó al moverse. Luego lo tomó del brazo, lo devolvió con Claire y se
presentó al resto.
La alegría y
la nostalgia de ver a Claire calmaron su paranoia. El chocolate, la luz del sol
y las risas le recordaron que estaba vivo y sus miedos se enterraron junto a
las lágrimas de alivio que sometió a voluntad. Con la libertad, la dicha de
hablar, andar y vivir; ignoró al desconocido del espejo y al juicio de su
pasado. Solo permitió que un remordimiento acompañara su marcha:
«Oh, Carine,
ojalá estuvieras conmigo para disfrutar de esto».
En el camino,
Claire le habló de cómo aquella ciudad era tan distinta de Máline. En su
pueblo, las casas de madera y piedra se juntaban unas con otras, separándose en
calles estrechas donde difícilmente podrían pasar dos coches de caballos a la
vez.
Sin embargo,
en Clarpharos los animales pasaban con facilidad entre las hileras de
edificios, con calles amplias iluminadas por elegantes farolas encantadas. Los
escaparates de las tiendas cerradas por Año Nuevo mostraban ropas más refinadas
y caras que las pertenecientes a los comercios malinenses, y otros
establecimientos como talleres de artesanía y artilugios mágicos les hacían
desear que no fuera festivo. Había similitudes con Máline, le explicaba Claire:
de los balcones y ventanas colgaban macetas de acebo y enredaderas, que en
primavera se cambiarían por vistosas flores. La gente también parecía buscar la
comodidad del hogar en las frías mañanas de invierno, dejando las calles
prácticamente desiertas.
Mientras
hablaba, Claire observaba sus alrededores con curiosa fascinación, como si
tratara de memorizar cada detalle de los altos edificios que dejaban atrás.
Firo sonrió, pues sabía que era su primera vez en una ciudad. Se dejó llevar
por el asombro de su hermana y leyeron los carteles con destinos culturales,
admiraron los estandartes húmedos por el frío e incluso se unieron a Ángela y
Grey en su conversación.
La joven
parecía haber encontrado en Grey un compañero de chismes, pues este escuchaba
sus historias de Máline con un interés difícil de fingir. En comparación con la
huidiza mirada que dedicaba a Claire, con el precavido silencio que tuvo con
Firo, Grey miraba a los ojos de Ángela sin miedo alguno.
La propia
Claire se dio cuenta nada más unirse a su conversación. Aunque Grey interactúo
con ella, carecía de la comodidad que esgrimía con Ángela.
De forma
similar, Firo también notó aquella diferencia de trato hacia sí mismo,
culpándose por ello. Su extraña llegada y la paranoia justificaban, en su
cabeza, la desconfianza de Grey. Además, aquel grupo venía de sobrevivir un
atentado, no podía exigirles bajar la guardia.
Preguntándose
si Ángela compartiría tales reservas hacia él, buscó respuestas y se encontró
con que la muchacha era ilegible.
“No entiendes
la moral de tu propia magia”, le reprendió un olvidado eco.
Tan confundido
como culpable, Firo se apartó de la conversación y Blake terminó recogiéndolo.
Este, ignorante de sus cavilaciones, sacó a relucir su experiencia con gente
amnésica, deleitándose con que Firo parecía hacer progresos.
El chico se
mostró colaborativo al principio, estudiando los mapas que el mestizo
custodiaba. No obstante, terminó distanciándose al notar sus verdaderas
intenciones:
—De verdad que
me encuentro bien —aseguró, ya por tercera vez—. La luz del sol me está
sentando genial, la ropa es más abrigada que la túnica de mi celda y, por
supuesto, el desayuno ha sido el mejor que he tomado en años.
Blake no
pareció percibir su ironía. Suspiró y cerró el mapa que tenía en sus manos.
—Quiero
creerte, pero me preocupa no estar a la altura contigo —le confesó—. Ni Ángela
ni yo somos Sanadores profesionales. Puede que ni siquiera mis padres supieran
tratarte dadas tus condiciones. Debo seguir preguntándote para reducir el
riesgo, el tiempo es crucial en la medicina.
Firo suspiró.
Aunque entendía su posición, Blake ignoraba los detalles que sumaban
complejidad al asunto y que el convaleciente todavía no sentía capaz de
explicar. Sin más opción que callar y asentir, Firo cedió y dijo:
—Prometo
avisarte ante cualquier infortunio.
—También para
los descansos o comidas —Firo asintió y Blake le dedicó una palmadita en la
espalda—. Gracias, y perdona por la vena de boticario.
Firo negó con
la cabeza, distraído.
—También te
preocupa otro ataque, ¿verdad?
—¿Qué?
—Habéis
sufrido dos escaramuzas de enajenados en menos de cinco días —explicó Firo,
tranquilo a pesar del agudo pánico de su interlocutor—. Claire fue secuestrada
a una de sus bases de operaciones y salió conmigo de ella. Temes otro asalto y
con razón, como también temes no poder curarme ya no solo a mí, si no al resto,
ante una emergencia.
Blake movió
los labios, pero su respuesta se perdió en el camino a ellos. Por suerte, Firo
no parecía esperarla. Bajó la mirada y, entonces, un súbito alivio pareció
levantarse y Blake pudo recuperar la palabra:
—Me da miedo,
por eso intento mentalizarme para lo peor. Como dices, es demasiada casualidad
para bajar la guardia. La próxima vez, pienso estar preparado —Firo lo observó
con cautela y Blake le dedicó una sonrisa—. Además, no estoy solo en esto.
Claire y Ángela me cubren las espaldas, como siempre han hecho, y también
estáis Grey y tú.
»A pesar de tu
debilidad, sé que eres un mago estupendo. Quiero decir, ¿cuántos portales has
creado hasta ahora? ¿Y tan joven? Mires como lo mires, eres un prodigio —Firo
se encogió de hombros y Blake aprovechó para rodearle con un brazo—. Confío en
que nos sacarás de problemas si se da el caso, así que permíteme devolverte el
favor cuidando de ti.
A pesar del
reparo que Firo tenía con aquella propuesta, acabó aceptándola. Acompañó a
Blake durante gran parte del camino, desde las calles hasta más allá de la
linde con los bosques. Marchaban juntos ya no solo por sus charlas o la amistad
que florecía entre ambos, si no para marcar el ritmo del grupo yendo en cabeza.
En
consideración con el debilitado muchacho, Blake aminoró la velocidad de marcha
para igualar a la de su protegido. A cambio, este cumplió su promesa pidiendo
descansos cuando los necesitaba, ganándose los agradecimientos del resto. El
aguante de Blake siempre había sido motivo de queja de Ángela, queja a la que
se sumó Grey para picar entre ambos a su compañero. Aunque marcharan a paso más
tranquilo que sus caminatas en Máline, el trayecto era largo. Incluso Claire,
acostumbrada al trabajo físico, agradecía las paradas y entendía a sus
quejumbrosos compañeros, más endebles que ella.
A última hora
de la tarde, cuando Firo pidió un descanso y Blake propuso acampar y cenar,
Claire se unió a los disidentes y los tres estallaron en exagerados
agradecimientos.
—¡Firo ha
aguantado el viaje mucho mejor que vosotros, quejicas! —les espetó el mestizo.
Ignoró que Firo fingió desmayarse al dejarse caer sobre la hierba y su mochila.
—Porque el
pobre estará demasiado cansado para quejarse —picó Ángela. Cruzó los brazos y
Claire la imitó a sus espaldas, asintiendo con efusión—. ¡Has hecho que eche de
menos viajar en tren!
—No digo un
tren, ¿pero un carro? —se quejó Grey, quien incluso se había quitado las botas
para masajearse los pies—. Le ponemos un caballito simpático y nos turnamos para
ir. O un automóvil o una moto, vamos. Es el Consejo, tienen pasta. Seguro que
pueden traer de eso.
—¿Las motos
van con caballos como los coches?
—¿Eh? —Grey
parpadeó—. Ah, la amnesia. No, Claire, van con méner y electricidad y petróleo.
Creo. No soy un ingeniero de esos.
—Llamaríamos
demasiado la atención —objetó Ángela—. ¿Y cómo la cargaríamos siquiera? Apenas
hay electricidad en Sidera.
—¿Sabes
conducir una? —saltó Blake, encontrada su oportunidad—. ¡¿Por eso llevas esas
gafas?!
—Ojalá, son
gafas de vuelo —dijo, levantándolas un poco. Las llevaba colgadas del cuello
por la cinta—. Sirven para que el viento (y los bichos) no me cieguen al volar.
—¿Y por qué no
vuelas en vez de caminar? —inquirió Ángela.
—¡Ah! Esa me
la sé —saltó Claire—. Es porque le cansa más que andar.
—Así es
—asintió el otro—, me honra que lo recuerdes. Prefiero que me salga algún callo
a quedarme sin méner ante una emergencia. Lo cual, considerando nuestro
historial, no está de más…
El grupo le
dio la razón. La severidad de sus rostros no pasó desapercibida en Firo.
Parecía que Blake no era el único preocupado por su situación.
Discutieron
sobre si encender un fuego llamaría la atención y terminaron asumiendo el
riesgo al comprender que las temperaturas seguirían cayendo al anochecer.
Unieron mantas y capas para hacer un cálido círculo alrededor de la fogata que
prendió Ángela, animada por el resto. Firo le cedió un par de consejos para
centrar la llamarada con el bastón y sirvieron, pues solo chamuscó la madera
necesaria.
Una vez
asentados, repartieron los víveres y las guardias, que podían permitirse dobles
por el tamaño del grupo. El sorteo decidió que Firo y Claire tendrían el primer
turno y Blake saltó a intentar cambiárselo al primero, encontrándose con su
rechazo.
—Estoy
bastante despierto y prefiero dormir del tirón más tarde, lo siento.
Blake terminó
cediendo, pues tenía cosas más importantes de las que preocuparse.
—Más os vale a
todos seguir ejemplo de Firo: dormid bien y cenad aún mejor. Sobre todo,
después de quejaros tanto.
Dicho esto,
abrió su segunda lata de garbanzos con verduras y procedió a zampar. Para
espanto de los recién llegados, tampoco calentó el contenido esta vez.
—Necesitaré
dormir una semana para recuperarme —protestó Ángela, apartando la vista de las
gelatinosas cucharadas del mestizo. Había cosas que la convivencia no siempre
perdonaba.
—Pues
aprovecha y cena bien, así ganas músculo. Ya son muchos años que Claire y yo
cargamos con la fuerza del grupo.
—Compenso
llevando la inteligencia…
—¡Eh!
—intervino Claire—. Soy amnésica, no tonta.
—No puedes ser
fuerte, lista y guapa a la vez, querida.
Ángela le
guiñó un ojo y, al final, terminó acompañó su sándwich con una sopa de
champiñones (bien calentada). A pesar de que la selección no era comparable a
la del delicioso desayuno, tenían bastante surtido. Además de las latas de sopa
y legumbres, también tenían pan para acompañar viandas frías, queso, encurtidos
y barritas energéticas con sabor a chocolate, además de preparados de cacao y
té para beber. Firo disfrutó de volver a comer, tomándose su tiempo con
pequeñas porciones. Blake aprobó su comportamiento, aunque le exasperaba su
lentitud. Con Claire y Ángela a buen recaudo, centró su atención en el último
compañero (hijo adoptivo) que faltaba.
Llamó a Grey y
este levantó la cabeza. Agitó la lata de sopa que estaba terminando.
—Una sopa
excelente, mi chef.
—Hazte un
bocata, aunque sea.
—No tengo
hambre.
—Tienes que
reponer fuerzas.
—No tantas
como tú, estoy chiquito.
—Y seguirás
chiquito si comes tan poco.
Grey se
encogió de hombros y se preparó un cacao como postre. Blake evidentemente quedó
insatisfecho, pero no insistió más. Por sus interacciones durante el día, Firo
asumió que Blake no tenía tanta relación con el otro chico como Ángela,
limitando sus peticiones a riesgo de que fueran contraproducentes.
O tal vez veía
otro problema tras la actitud del chico. Nadie del grupo había visto comer a
Grey nada sólido desde que lo conocían: solo yogurt, sopa y una ingente cantidad
de café en el desayuno. Si Blake estaba entrenado en el campo de la salud,
probablemente habría teorizado algo al respecto y decidido hasta qué punto era
eficaz insistir.
Al poco, Blake
dio las buenas noches y se hizo un ovillo entre las mantas. Ángela le siguió
poco después, pegándose al mestizo para “aprovechar el calor” y Grey optó por
mantener las distancias, tal y como había hecho durante la cena. Terminó su
bebida con la cabeza baja, se quitó las gafas del cuello y dio las buenas
noches, ya con los ojos cerrados.
Claire se
acercó a Firo mientras este terminaba de cenar, trayendo una manta para ambos.
Era una noche fría, no tan dura como las de Máline, según Claire, pero no
deseable para acampar. El fuego hacía su trabajo y las bebidas, calentadas con
cuidado, ayudaron a entrar en calor.
Era el
momento. Firo terminó los últimos sorbos de su cacao y preguntó:
—Claire, ¿qué
pensáis hacer en llegar a Máline? —ella parpadeó, desprevenida, a lo que él
añadió—: ¿Volveréis a las Sedes a seguir vuestro entrenamiento? Grey supongo
que marchará pronto hacia su hogar.
Con Firo
ignorante de su verdadera misión, Claire meditó su respuesta. No podía confesar
que aquella era una parada temporal antes de la Búsqueda, claro, como tampoco
podía mentir con que estarían mucho tiempo.
Tal vez sería
mejor sincerarse y contar lo que realmente pensaba hacer:
—No lo sé. Ya
lo pensaré en llegar —a lo que rápidamente añadió—: ¿Por qué lo dices?
—Quiero partir
de viaje en un futuro. Dependiendo de mi salud, por supuesto.
—¿Cómo?
—exclamó ella, aun bajando la voz para no molestar a sus compañeros—. ¿Por qué
querrías irte? Si acabas de…
—Quiero buscar
a Carine.
Y su sorpresa
desapareció al entenderle. Carine, aquella que fue su única compañía durante
tantos años, a quien Claire había visto crecer entre sus visitas. Aunque sus
encuentros, sus sueños, se nublaban al amanecer, comprendía sus lazos de
amistad. Comprendía su deseo, lo que no impidió que frunciera el ceño.
—Sé que es un
poco repentino —continuó Firo—, pero de verdad quiero reunirme con ella. Tal
vez no pudimos cumplir nuestra promesa de escapar juntos, pero aún podemos
reunirnos en el exterior. Quiero buscarla, seguir averiguando sobre mi
pasado... El viaje propiciaría ambas cosas.
—¿Sabes dónde
fue? —Firo negó con la cabeza.
—Le bastaba
cualquier destino. Todos sus… lazos con el exterior desaparecieron hace tiempo
—dejó entrever severidad en sus facciones, gesto que pronto suavizó—. Yo al
menos te tengo a ti, y es probable que recupere más conexiones conforme mis
recuerdos vuelvan.
Sus palabras
se cortaron, su mente dudando de si exponer sus dudas a aquella conocida para
el Sin Nombre, a la hermana de Firo Delayer. Sobre la amistad que mantuvo con
Carine y la voz que ahora lo mantenía alerta, tal vez olvidado por su hermana.
La dualidad se cobró su voluntad y, cuando quiso darse cuenta, su boca reveló
el conflicto:
—Realmente no
sé quién es mi yo del pasado. He vivido tantos años como el Sin Nombre que no
sé cómo debería actuar como Firo Delayer, como mi antiguo yo. Los pocos
recuerdos que tengo los siento extraños y lógicos al mismo tiempo, pero
pertenecen a un niño que ya no soy, a alguien que creo no ser.
»Lo único que
tengo por seguro es que sé quién soy junto a Carine… y la echo de menos.
Claire le puso
una mano en el hombro y Firo, sin palabras que mediaran, entendió y se dejó abrazar.
Era la primera vez que lo abrazaba desde que escaparon y, con él ahora más
alto, resultaba extraño para ambos.
—Aún estás
débil para pensar en eso, date unos días —le dijo, dándole una palmadita en la
espalda—. Mi casa también es tu casa, lo sabes —él asintió—. Puedes quedarte lo
que necesites y volver siempre que quieras.
Firo lo
agradeció en voz baja. Permanecieron un rato en silencio, el uno junto al otro.
—Es complicado
—continuó Firo—. Agradezco el hogar que me ofreces y una parte de mí quiere estar
ahí y reconstruir los lazos que traemos de nuestro pasado, no solo los forjados
durante tus sueños y la huida. No obstante, también quiero recuperar el que
tenía con Carine, lejos de la celda y nuestros objetos robados —Claire lo miró
sin decir nada, expectante. Él terminó negando con la cabeza—. No, ¿qué estoy
diciendo? Ahora estás tú. Tras todo lo que has hecho por mí, es egoísta pensar
en marchar. Lo siento.
—Siempre puedo
irme contigo.
Ahora fue el
turno de Firo para sorprenderse o, más bien, dejar ver su asombro.
—No es mala
idea, ¿verdad? Así no tenemos que separarnos. De hecho, seguro que mis amigos
querrían acompañarnos en un viaje, si te parece bien —Firo asintió lentamente,
dejando entrever una sonrisa que Claire no correspondió esta vez—. Sin embargo,
deberías recuperarte primero —aseveró—. No soy Sanadora y ya viste cómo se me
da la magia. Si enfermaras o tuvieras un accidente… No, mejor esperar, y más
con los tiempos que corren.
Firo volvió a
asentir, culpable esta vez. ¿Tanto le había embriagado la libertad como para
olvidar el peligro? Sugerir una búsqueda a los supervivientes de aquella
tragedia era una falta de respeto. Había visto a Claire aquel día, su muñeca ni
siquiera se había curado del todo aún.
—Tienes razón,
esperaremos a que las cosas se calmen. Siento la falta de tacto.
Claire negó
que hiciera falta una disculpa, pero Firo la ignoró. “La empatía es lo que
impide que dañes a los que más quieres”, le reprendió un eco del pasado. El
mismo que le había acompañado desde su despertar. La voz era anónima, su cara
engullida por la niebla del tiempo.
Sus dudas
ayudaron a la vigilia. Claire comprendió que no tendría más conversación por su
parte y aceptó su compañía sin más. Apoyados el uno en el otro, abrigados con
mantas, lucharon contra el sueño, el temor y la soledad con calmada quietud
hasta su turno de descansar.
Era extraño no
tener sueños.
Desde la huida
de Carine, la ventana onírica de Claire había disminuido su contenido. Con Firo
inconsciente, ni Claire ni su Sombra tenían nada que ver en aquellas celdas y
ahora, con su liberación, carecía de propósito visitarle en sueños.
La otra cara
de sus actividades nocturnas, las charlas con su Sombra, parecían haberse
detenido mientras ella no tuviera nada que decirle. Además, ahora parecía poder
manifestarse en la realidad, ¿para qué volvería a usar sus sueños?
Recordó la
conversación que tuvieron al recuperar el nombre de su hermano. La oscuridad a
sus pies había orquestado todo: aceptó la petición de Claire, la liberó del
miedo a conocimiento y viaje solo por la arriesgada apuesta de encontrar al Sin
Nombre, aquel al que visitaba cada noche.
Había cariño
bajo la preocupación que le profesaba. Un sentimiento que explicaba sus
visitas, sus dedos intentando apartarle el pelo en las celdas. Dijo que
quebrantó una promesa, una que solo ella recuerda, por tal de encontrarlo. De
verdad lo apreciaba.
¿Hasta qué
punto era Claire parte de la Sombra y la Sombra parte de Claire? ¿Sería también
su hermano, lo vería como tal? Por un instante, deseó haber soñado con ella
para expresar sus dudas, pero su descanso fue un extenso y calmado parpadeo. Parte
de Claire temía que el resto de sus noches ahora fueran así, pero su alivio por
librarse de las pesadillas vencía a tal temor.
Lanzó una
mirada cautelosa a sus pies, a la penumbra que arrastraban al ocultar los
tenues rayos de sol. Era una mañana nubosa, la típica de Máline en invierno.
Aún no hacía tanto frío como para que nevara, pero el riesgo aumentaría
conforme subieran la cuesta sobre la que se alzaba el pueblo. De mientras, los
árboles les protegían parcialmente del frío, dejando la niebla como el mayor de
sus problemas.
Para
contrarrestarlo, Grey había prendido su candil y Ángela, aconsejada por Firo de
nuevo, encendió la gema de su bastón. Hablaron de practicar con su fuego para
crear llamas lumínicas, pero la joven temía carecer del control suficiente.
Con la
conversación establecida por su parte, Blake les dejó encabezar el grupo e
intercambió compañeros. Claire había pensado comentarle la propuesta de Firo,
que podrían aprovechar para la Búsqueda. Sin embargo, Blake se acercó a Grey
para aleccionarle sobre su desayuno, que consistió en los últimos dos yogures
del inventario.
Sacó una
manzana de su mochila y se la ofreció al chaval. Este puso los ojos en blanco.
—Voy a empezar
a llamarte abuelo.
—Me parecerá
bien mientras no tenga que llevarte en brazos por cansancio —Grey no contestó y
Blake relajó su expresión—. No tienes por qué comerla ahora, pero te la doy
para después. También hay cacahuetes si lo prefieres.
El chico clavó
la mirada gris en la fruta, la superficie roja un poco abollada por llevarla
entre el resto de las provisiones. Claire suponía que Blake había tenido tiempo
de entablar un mínimo de relación con el Elegido por la espera en el hospital.
Buscando un consuelo, no le extrañaba que hubiera conversado con Grey y
compartido su alegría cuando Claire reapareció.
Grey, por su
parte, mantenía más distancias con el mestizo que con Ángela, probablemente por
las diferencias en su personalidad. Sin embargo, parecía entender su
preocupación al ofrecerle alimento y miraba a la fruta no con hastío, si no con
algo que Claire reconoció como hambre.
Tomó la
manzana y se la llevó a los labios, sus dientes escondidos tras la fruta en una
sonrisa secreta.
—Acepto con
una condición: háblame de tu “magia”.
La confusión
de Blake se borró tras un parpadeo.
—Creía que le
preguntaste sobre ello en el hospital —intervino Claire, recordando su
entusiasmo de entonces.
—Iba a
hacerlo, pero se escabulló diciendo que era un tema privado —bajó la manzana,
sus labios cerrados en una sonrisa pícara—. Los de delante están centrados en
sus magias también. No tienes excusa y ofrezco un buen trato, ¿no crees?
Blake aceptó a
regañadientes. Echó un receloso vistazo al frente y, tras comprobar la
distancia con Ángela y su acompañante, contó las restricciones y dones de Pacto, su Habilidad.
Grey, a
cambio, explicó los peligros y ventajas que encajaba la suya, tal y como ya
hizo con Claire. Blake reaccionó con un consternado asombro similar al de la
Elegida, y Grey alabó la utilidad de Pacto, con el consecuente gesto
humilde de su compañero.
—Ahora estamos
en igualdad de condiciones —anotó el tirador—. Si somos un equipo tenemos que
empezar a actuar como tal, empezando por saber nuestras fortalezas y
debilidades.
—Desde luego
será útil saber que debemos llevar cuidado al hacer magia contigo —dijo Blake,
aún consternado—. De verdad, suena horrible. Espero no tener que verlo jamás.
—Bueno, algún
“calambrazo” me he llevado alguna vez —tanto Blake como Claire abrieron los
ojos y Grey solo se encogió de hombros—. Duele como el infierno, pero si no es
muy grave me puedo recomponer. He tenido suerte hasta ahora.
Blake deseó
que siguiera teniéndola. Claire asintió y pensó en compartir también sus
descubrimientos sobre su posible su Habilidad, pero Grey se adelantó:
—¿Y Ángela?
¿Lo de su fuego va como lo nuestro?
Blake negó con
la cabeza. Delante, Ángela justo parecía estar comentando el tema con Firo.
—Según nos
contó, su fuego se manifestó de repente en su infancia, sin asistir a clases ni
nada. Nació con el Talento desatado, como el resto de “nosotros”, pero solo por
su Habilidad. Sus madres son noma, no heredó el fuego de ellas.
—Extraño
—comentó Grey—. Entonces, si las llamas no son su don nato, ¿cuál es?
—Quién sabe
—esta vez, Blake fue quien se encogió de hombros—. Nunca me habló de que
tuviera otro tipo de magia además del fuego y la Sanación que aprendimos
juntos. Lo cierto es que la relación de Ángela con sus poderes nunca fue
demasiado buena. Es un tema delicado. Si quieres preguntarle, hazlo con
cuidado.
Grey asintió.
Parecía comprender los límites de aquella conversación y decidió respetarlos.
Claire, por su parte, recordó la animada charla que tenían Ángela y él sobre
cualquier cosa y le sorprendió que no saliera aquel tema a colación… Lo que le
llevó a preguntarse hasta qué punto el “don de gentes” de Ángela habría
actuado.
De la
extrañeza de Blake al hablarlo, de tratar con Firo y escuchar al shiriza que
los atacó, Claire había comprendido que las emociones que se le revelaban al
mirar ojos ajenos eran una particularidad suya. Una pieza más del puzle que
conformaba su recién descubierta (¿reencontrada?) Habilidad. De ella
veía sus similitudes en el nombrado Mentalismo de Firo, en el Pacto de
Blake y las sensaciones que Ángela le despertaba.
—Creo que es capaz
de hacer algún tipo de manipulación emocional —dijo Claire, y tanto Blake como
Grey se sorprendieron—. Siempre me siento más alegre cuando ella lo está a mi
lado. Me infundió valor cuando luchamos en el lago y sé que gritaría si le
hicieran daño —miró a uno y a otro—. No sé mucho de estas cosas, pero me
encaja.
Blake, con una
sonrisa cálida, terminó asintiendo:
—Creo que me
siento igual.
Mientras que
Grey, tras mirar a ambos, escondió una risita bajando la cabeza.
—Bueno, ¿y no
será que os gusta?
—¡¿QUÉ?!
El grito de
Blake hizo que tanto Firo como Ángela se detuvieran. Claire, quien logró
mantener la compostura, les indicó que todo iba bien con un gesto y su amiga
reanudó el paso sin ocultar su deseo de información. Blake, ahora con voz baja,
repitió:
—¿Qué?
—No sé,
lleváis mucho tiempo juntos y la empatía y otros… sentimientos se desarrollan
fácilmente cuando tu círculo es pequeño —ni Blake ni Claire encontraron
respuesta y Grey se reajustó las gafas con fingido dramatismo—. Si estas
condiciones y camaradería se reparten en nuestra empresa, espero que lloréis
por mí si intercepto una bala por vosotros.
—Ni siquiera
te dolería —sonrió Claire, sarcásticamente.
—Y tampoco la
pararía —apuntó Grey—. Me atravesaría limpiamente. ¡Lo siento!
Por un
momento, Claire pensó que había algo más sugerido por Grey, pero Blake
curiosamente comenzaba a colorarse… y Ángela dedicó un par de miradas recelosas
hacia ellos.
—Cambiemos de
tema, anda —zanjó Claire. No se le escapó el alivio de Blake—, los secretos en
reunión no son de buena educación.
—Oh, ¿en
serio? —rio Grey—. De verdad que no te gustan los cotilleos.
—Me gustan
cuando son cosas útiles. Ayer, por ejemplo, pasamos un buen rato con Ángela
hablando de todo un poco.
—Fue la
conversación más divertida que he tenido en años —rio él, llevándose la mano a
la boca con picardía—. Aunque te largaste con los sosos cuando se animó la
cosa.
—¿Ah sí?
—Digamos que
se comentó quién era el más guapo del grupo.
Claire puso
los ojos en blanco.
—Cielo santo,
¿y eso es interesante?
—¡Para mí sí!
¿Qué no quieres saber lo que tu amiga opina de ti?
—Créeme cuando
te digo que me llama guapa a la mínima que puede. Tiene buen gusto, ya la oíste
anoche.
—Permíteme
discrepar porque también llamó guapo al nuevo.
Claire
trastabilló.
—¿Qué dices?
—exclamó al recuperar el equilibrio—. ¡Pero si está febril el pobre!
—Y ella
también, con ese gusto. Mira que no elegirme a mí… Aunque tampoco la escogí yo
a ella.
Claire volvió
a quedarse sin habla. Comprendiendo. Recordando. Contando. Curiosamente, fue
Blake quien reunió el aplomo para tomarle el relevo.
—Así que te
parecemos los más guapos del grupo, ¿eh?
Y Grey se
escondió tras las gafas. Le había salido el tiro por la culata, y le tocó
excusarse con que no podía alabar la belleza de su interlocutora de entonces o
quedaría en evidencia.
Como estaba
ocurriendo ahora.
Blake,
entretenido, le dijo que le parecía mono y coincidió en que tanto Firo como
Claire eran bastante guapos. Esta añadió que Grey le preguntó si era modelo al
conocerse y ya con eso terminó de descarriar la charla. Blake protestó con que
él también podría servir para aquella profesión. Firo y Ángela parecieron
aminorar la marcha, tal vez para intentar escucharlos. Grey asentía ante los
argumentos de Blake fingiendo atención y vergüenza, más preocupado en guardar
su manzana con admirable disimulo. Claire, quien jamás sería acusada de
chivata, simplemente cortó lamentando el rumbo de la charla.
—Se queja
quien ha sido nombrada la más guapa —sonrió Blake, pasando un brazo por sus
hombros—. No pasa nada, seguro que Firo puede apoyarme en mi candidatura a
modelo. Eh, ¡los de delante!
Los otros
habían aminorado tanto el paso que apenas se notó cuando se detuvieron del
todo. Ninguno se volvió a verlos. Ángela, con su mirada perdida entre las hojas
y árboles de la travesía, Firo, expectante.
Un grito y el
cuerpo de un shiriza cayó al suelo entre llamas naranjas, retorciéndose de
dolor. Ángela dio la voz de alarma.
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